El Museo de Arte Moderno (MAM) presenta Rafael Lozano-Hemmer: Jardín inconcluso, una exposición nocturna integrada por nueve instalaciones interactivas de gran escala que responden al calor corporal, la voz, el pulso y el movimiento de los visitantes. La muestra, que permanecerá hasta el 25 de abril de 2026, se despliega en la Sala Gamboa, el redondel y el Jardín Escultórico del recinto, y marca el regreso del artista mexicano-canadiense a un museo nacional tras una década. El recorrido funciona como un paseo nocturno que activa el espacio natural del bosque de Chapultepec a través de luz y sonido.
Rafael Lozano-Hemmer dijo que las obras requieren la participación del público para completarse y que su estrategia consiste en que las piezas estén “inconclusas y fuera de control”. Durante el recorrido comentó que esta es una posición tanto estética como política.
“La idea de lo inacabado es un espacio para que el público sea parte integral de la obra de arte. Marcel Duchamp decía que la mirada es la que hace al cuadro; no estamos creando en un vacío, sino conscientes de que la obra observa, escucha y siente al público”, relató.
Estética de lo inacabado
El artista contó que el objetivo de una obra incompleta es potenciar la experimentación sin tener un desenlace predeterminado.
“Lo interesante es no ser teleológico, es decir, no tener un objetivo de qué es lo que quieres transmitir, sino permitir que la gente experimente de formas que el artista no puede controlar. Esto le da un potencial igualitario de poder disfrutar la obra desde muchos puntos de vista diferentes”, relató.
Sobre el concepto de estar “fuera de control”, comentó que busca evitar convertirse en una policía del público, ofreciendo en cambio una invitación a la autorrepresentación.
Lozano-Hemmer relató que en su trabajo no utiliza el término “herramienta” por considerarlo utilitario, prefiriendo la noción de “entorno” u “ocasión”.
“El artista crea una plataforma donde pone la luz, el sonido y los micrófonos, pero adentro de ese espacio la gente tiene la libertad de autorrepresentarse. Lo que digan no es algo que deba controlar el artista”, dijo.
Como ejemplo, mencionó la pieza “Calzada de voces”, donde dos micrófonos permiten grabar mensajes que se visualizan en luces centellantes, registrando desde dedicatorias y poesía hasta propuestas de matrimonio.
El artista comentó que las decisiones de diseño en el arte interactivo deben priorizar interfaces intuitivas para evitar que las instrucciones se conviertan en obstáculos para el visitante.
“Buscamos que la interacción sea sustancial y conectiva, no colectiva. Es decir, que la gente vea que su participación tiene una respuesta que se puede comprender de inmediato”, relató.
Mencionó que en la pieza “Corazonadas”, el espectador comprende que es él quien anima la secuencia de cuatro mil focos.
“Esa intimidad es lo opuesto a la intimidación tecnológica; queremos que te sientas representado y responsable, no apantallado”, dijo.
Sobre la gestión de la incertidumbre en las piezas, Lozano-Hemmer contó que el proceso de sintonización de las obras ocurre una vez que se instalan en el campo.
“No es hasta que las pones en el campo y ves cómo reacciona la gente que tienes información veraz de cómo se comporta el público. Me gusta mucho cuando las piezas tienen un desenlace que yo no me imaginé”, comentó.
Relató que en experiencias previas con sombras proyectadas, descubrió que el público prefería jugar y empoderarse en lugar de sentir el miedo siniestro que él había planeado originalmente en el diseño de la pieza.
El cuerpo como agente
El artista dijo que el uso de parámetros fisiológicos como el calor y el pulso es una continuación de la historia del arte.
“La invención de la perspectiva o el manierismo ya entendían dónde situar al observador. Siqueiros utilizaba una dramaturgia del punto de vista en sus murales para crear una poliperspectiva”, relató.
Comentó que los sensores permiten a la obra sentir al público para convertirlo en protagonista y hacer visibles fenómenos que normalmente no son tangibles.
Lozano-Hemmer contó que su formación como científico influye en su interés por registrar fenómenos reales como la firma térmica que los humanos emiten constantemente.
“El cuerpo humano no termina en la piel; continúa a través de feromonas, de calor, de voz y de poesía. Eres tu cuerpo y tu entorno”, dijo.
Relató que en el caso de los rayos cósmicos, le interesa mostrar el dispositivo contador de Geiger para contar una historia sobre la fragilidad humana.
“La radiación cósmica es dañina, pero gracias a ella ocurren las mutaciones que permiten la evolución. Nos invita a pensar en nuestra insignificancia en medio de un vasto universo”, comentó.
En cuanto a la integración de lenguas indígenas y archivos de la Fonoteca Nacional, el artista dijo que maneja estos temas con cuidado para evitar una misión extractivista.
“Para trabajar con lenguas originarias se necesitan consentimiento, compensación y crédito”, relató.
Comentó que su obra “Caudales resurgentes” es una colaboración con diez poetas contemporáneas para abrir espacios en museos que normalmente no representan esa diversidad.
“No venimos de la nada, venimos de una historia compleja y estas memorias nos permiten entendernos en relación con el pasado”, dijo.
En este sentido, el artista también ha reflexionado sobre la imposibilidad del vacío absoluto, una idea que atraviesa tanto la ciencia como la experiencia perceptiva. Señaló que, desde la física cuántica, incluso en los espacios aparentemente vacíos existen fluctuaciones constantes de energía que generan partículas de manera momentánea. Esto implica que el vacío nunca es realmente una ausencia total, sino un campo activo, aunque imperceptible.
Añadió que esta noción puede pensarse también desde otros ámbitos: en el lenguaje, por ejemplo, no es posible situarse fuera de él para comprender el mundo, del mismo modo en que en la percepción solo accedemos a fragmentos de la realidad. Bajo esta perspectiva, tanto en la ciencia como en el arte, lo que parece vacío o ausente está siempre atravesado por procesos invisibles.
Conectividad y memoria
Lozano-Hemmer relató que el objetivo del arte es crear comunidad, citando al compositor estadunidense Frederic Rzewski sobre la idea de “juntarse”.
“El arte es un entorno para que la gente pueda conversar entre sí. Frente a las burbujas digitales de los teléfonos, intento ofrecer alternativas que inviten a una conexión compartida”, comentó.
Dijo que busca una atmósfera que no sea neutral, sino que esté conformada por los ecos sociales de quienes participan en la instalación.
Finalmente, el artista comentó que prefiere situarse dentro de tradiciones de experimentación histórica que pretender originalidad. Relató que en la exposición destaca un homenaje a Manuel Felguérez, pionero de la computación en México a finales de los años sesenta.
“Es más interesante decir que esto tiene que ver con una tradición de hace cincuenta años que hablar de conceptos actuales de inteligencia artificial. Quiero que se normalice la tecnología como una tradición experimental mexicana”, concluyó.
La exposición Jardín inconcluso cuenta con visitas los miércoles y jueves de 19:00 a 23:00 horas, y los viernes y sábados de 19:00 a 00:00 horas. El acceso tiene un costo de $170 pesos y se realiza de manera programada con entradas disponibles cada 15 minutos en la taquilla del recinto.
¿Quién es Rafael Lozano-Hemmer?
Rafael Lozano-Hemmer es un artista electrónico mexicano-canadiense con formación en química y artes visuales. Ha representado a México en eventos internacionales como la Bienal de Venecia y su trabajo forma parte de colecciones permanentes en instituciones como el MoMA de Nueva York y el Tate de Londres. Su práctica se centra en la creación de instalaciones que combinan arquitectura y performance mediante el uso de tecnologías de vigilancia y biometría.
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