El Palacio de Bellas Artes es, para el tenor Ramón Vargas, algo más que un escenario, es su casa. “Estoy muy contento de regresar”, dice con una sonrisa que delata nostalgia y alegría simultáneas.
“Claro que los recuerdos reviven, aunque he estado viniendo siempre, pero ¡estoy feliz, feliz de regresar!”. Esta presencia coincide con una de las interpretaciones más significativas de su carrera: Werther, de Jules Massenet, obra basada en la novela de Johann Wolfgang von Goethe.
Ramón Vargas, con más de 35 años de carrera, que le han permitido interpretar más de 50 papeles en teatros de ópera, como el Teatro alla Scala de Milán, la Staatsoper de Viena, el Metropolitan Opera House de Nueva York, la Ópera de París, el Gran Teatre del Liceu y el Teatro Colón de Buenos Aires, encarnará el papel protagónico de Werther, los días 28 y 31 de mayo, así como el 4 de junio, con la Compañía Nacional de Ópera del Inbal.
El tenor refiere que Werther es un personaje marcado por la pasión y el sufrimiento, pero sobre todo por una inteligencia emocional que lo conecta profundamente con su propia trayectoria.
Ramón Vargas, quien tuvo su debut internacional en 1992 como Edgardo en ‘Lucia di Lammermoor’ en el Metropolitan Opera House de Nueva York, en sustitución de Luciano Pavarotti, comparte con MILENIO su emoción, en un momento de su carrera en el que la pedagogía comienza a tomar más espacio que los escenarios, el tenor mexicano sigue siendo un testigo privilegiado de la transformación de la ópera en el siglo XXI.
Su mensaje es claro: “La ópera no es un lujo, es una necesidad. Es una enseñanza muy importante”, repite, como si quisiera que cada palabra se grabe en la memoria de quienes tienen la responsabilidad de decidir sobre la cultura en México.
Werther, con su amor épico y su sufrimiento intelectual, encuentra en Vargas no sólo un intérprete, sino un espejo de madurez. Y en ese espejo, se ve reflejada no sólo la historia de un personaje del siglo XIX, sino las preguntas que la sociedad contemporánea se hace sobre el amor, el tiempo, la tecnología y el sentido de la vida.
¿Cómo influye en su actuación un personaje tan marcado por la pasión y el sufrimiento como Werther?
De una manera muy intelectual, porque él no se enamora eróticamente de Charlotte; se enamora de lo que ella representa, la perfección, la bondad, la belleza, todo lo que a él le gustaba. Su obsesión es por lo que ella significa: un amor épico. La ópera se hizo casi 120 años después de que saliera la novela en 1892.
¿En qué se identifica con Werther?
Somos un poco así, me identifico no sólo con eso, sino con que es una persona que sabía de las convenciones sociales y decidió ir contra lo que la gente piensa, contra todo lo que la sociedad dice que uno debe ser.
La producción ubica la trama en un museo con cuadros vivientes. ¿Qué le sugiere esa imagen?
La sociedad aparenta tener libertad, pero tal vez no existe la libertad real donde uno quiere. Werther trata de entender, a través de sus cuadros idealizados románticos, que ese mundo de convenciones sociales, que no es el suyo. Él quiere llevar a Charlotte por ese camino, pero ella no lo entiende hasta el final. La puesta en escena de Juliana es excelente, muy, muy, muy buena.
¿Cómo enfrentar una sociedad afectada por la tecnología y la adicción con una ópera que está lejos de ser un like fugaz?
Actualmente la gente tiene menos capacidad de concentración, y los jóvenes son menos inteligentes que generaciones anteriores. Las redes sociales te distraen cada 10 segundos. La ópera es una buena medicina para que la gente entienda que la concentración en un tema específico que puede dar gratificaciones reales.
¿Cómo definiría su relación con el tiempo en esta etapa de su vida y carrera?
Vivimos en una velocidad del rayo, donde todo tiene que ser rápido: decisiones amorosas, emocionales, de trabajo. Pero algunas decisiones requieren tiempo de meditar, de entender. Una de las cosas que he sabido hacer es darme tiempo para decidir. También he aprendido a conocer mis límites: cada quien tiene sus capacidades.
¿Qué papeles le gustaría interpretar en este momento?
Además de Werther, ahora estoy tomando un camino bastante fuerte hacia la pedagogía, hacia la enseñanza. Eso me da mucho gusto: trabajar en el desarrollo de la nueva generación, dar consejos. Después de tantos años tengo mucha experiencia para ayudar a los chicos para que se pongan más diestros.
¿Qué consejo le hubiese gustado recibir joven y que hoy usted ofrece?
No tuve un mentor que me guiara; mi maestro Rodolfo Celletti falleció cuando yo era muy joven y me quedé solo, buscando. Hoy les digo a los jóvenes: ‘Cuidado, no hagas cosas automáticas, no te canses, no te ahorres esfuerzos’. Hay áreas que ya conozco y puedo decirles: ‘Ten cuidado aquí, espera, y así se hace’.
¿Cómo concilia la actividad internacional con su compromiso en México y con su familia?
Una persona con posición internacional no tiene medias tintas, tiene que abarcar todo. Me ha costado renunciar a fechas importantes con la familia, como cumpleaños de mis hijos. Somos como los médicos: trabajamos mientras otros descansan. Ha habido momentos difíciles donde tienes que valorar si vale la pena el sacrificio.
¿Qué opinión le merece la situación cultural y política en México?
Nunca se ha tenido una política cultural integral. Con la señora Carmen Romano, quien era esposa del presidente José López Portillo, se lograron cosas muy positivas: creó instituciones como la Filarmónica de la Ciudad, el Centro Cultural Ollin Yoliztli porque era amante de la ópera y logró impulsar al Festival Internacional Cervantino que tuvo su mayor auge cuando ella estuvo al frente. No ha habido desde entonces una política para saber cómo manejar la cultura.
La ópera es la esencia de las artes: literatura, danza, ballet, orquesta sinfónica y solistas. Todo en conjunto, un espectáculo absolutamente inigualable. La gente tiene que concientizarse de eso.
¿Cuál sería su propuesta a las autoridades ante esta falta de apoyo?
Tiene que haber respeto por esta forma de arte. Parece que para muchos no tiene sentido económico, pero la ópera no es elitista. Nació como movimiento intelectual después del descubrimiento de América, recreando el teatro griego. En Nueva York ves gente de todas las clases sociales, en jeans, cada quien en su lugar y nadie se falta al respecto.
Es costoso hacer ópera, pero es un esfuerzo que vale la pena porque junta tanto arte en un espectáculo único. Es del pueblo, para todos.
MGR