• Gianni Infantino, el rey desnudo de la FIFA que se llenó de poder

En 2016, Gianni Infantino prometió reformar a una FIFA cimbrada por escándalos de corrupción. Una década después enfrenta críticas por la concentración de poder e intereses políticos.

Ciudad de México /
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DOMINGA.– La llamada fue breve. Ocurrió pocas horas después del partido entre Estados Unidos y Bosnia en la fase de grupos del Mundial 2026. De su contenido se conoce apenas lo que contaron sus protagonistas: que Donald Trump, presidente de Estados Unidos, llamó al magnate suizo, Gianni Infantino, presidente de la FIFA. “Sí, lo hice, hablé con Gianni [...]. Lo único que hice fue pedir una revisión, porque no creí que fuera una falta”, dijo Trump con desparpajo, fiel a su estilo. Se refería a la expulsión del delantero Folarin Balogun, sancionado con tarjeta roja tras una jugada que, dijo, fue sólo un choque entre dos jugadores.

Balogun fue sancionado con una tarjeta roja tras pisar al jugador de Bosnia, Tarik Muharemovic | AP/ Martin Meissner


Aunque Trump no sabía lo que era una tarjeta roja, pidió revisar su atribución. Luego introdujo un matiz: “No le dije qué tenía que hacer. No le puedo decir qué tiene que hacer”. Aun así, puso en entredicho la versión de Infantino, quien aseguró que se limitó a explicarle el funcionamiento de un proceso independiente, gestionado por los órganos judiciales de la FIFA, pero nunca mencionó que el estadounidense le pidió directamente revisar la sanción. Lo que pasó después de esa plática aparentemente banal, movió los cimientos de un organismo ya ampliamente desprestigiado.

Por primera vez en más de medio siglo, la FIFA suspendió la aplicación de una tarjeta roja en pleno torneo. La sanción a Balogun quedó sin efecto y el delantero pudo disputar el siguiente partido. Estados Unidos perdió 4-1 ante Bélgica, pero el resultado deportivo pasó a segundo plano. La controversia estaba instalada.

No se trató sólo de una decisión arbitral revisada. Fue una intervención extraordinaria, sin precedentes recientes y sin un proceso visible que la explicara. Lo que estaba en juego no era una tarjeta roja, sino la idea misma de que las reglas del futbol son iguales para todos. Además de Trump, en el proceso intervino la propia Casa Blanca y su servicio legal, presionando al organismo rector del futbol mundial. El episodio fue tan inusual que, días después, cuando Francia solicitó retirar una tarjeta amarilla a Michael Olise, la FIFA rechazó el pedido. No hubo más excepciones, ni interpretaciones flexibles, ni gestiones al más alto nivel.

“Si Estados Unidos hubiera ganado ese partido, la integridad del torneo habría quedado seriamente comprometida”, advirtió Bonita Mersiades, exdirectiva de la federación australiana y una de las principales denunciantes de las prácticas internas de la FIFA. “Al igual que en otros casos, no hay ningún proceso visible, ningún razonamiento hecho público, ni constancia de quién decidió qué […]. Es, en realidad, un fallo de transparencia: el de una organización que se ha vuelto incapaz de demostrar su integridad”, dijo en entrevista con DOMINGA.

Este caso no fue un accidente aislado. Fue el síntoma de una enfermedad que parte de la cabeza y ha hecho metástasis en el cuerpo del ente rector del futbol.

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Durante el Mundial que se jugó en Estados Unidos, México y Canadá, otros episodios reforzaron la impresión de que la FIFA estaba dispuesta a doblegarse ante decisiones políticas del más poderoso de sus anfitriones. La agencia migratoria de Estados Unidos impidió la entrada de un árbitro somalí acreditado para el torneo, en una decisión unilateral. Y la selección iraní, por su parte, fue obligada a pernoctar en Tijuana, México, y a desplazarse entre sedes con recorridos más largos de lo previsto, ante el rechazo de Estados Unidos de acogerla en su territorio.

El mayor ridículo ocurrió el día de la final entre España y Argentina –vista por cientos de millones de personas–, el pasado 19 de julio, cuando Trump, luego de su entrada triunfal a la cancha, entregó medallas en compañía de Infantino y Claudia Sheinbaum. Enseguida, pese a la petición tímida del patrón de la FIFA –exhibido como el juguete de un político que hace lo que quiere sin importarle el costo reputacional–, decidió aparecer a la fuerza en la fotografía oficial en la que los jugadores celebran su trofeo, contrario a cualquier protocolo.

Gianni Infantino trató de retirar a Donald Trump de la foto oficial de los campeones del Mundo | AP Photo/Jacquelyn Martin


Acumulados, estos incidentes dibujaron un patrón: la flexibilidad de unas reglas deportivas que entran en contacto con el poder político. Ese patrón ya se había asomado antes. Cuando Infantino entregó a Trump el primer “premio FIFA de la paz”, en diciembre de 2025, un galardón inexistente hasta entonces. El gesto se presentó como un reconocimiento simbólico, pero ocurrió pocas semanas antes de que Washington lanzara ataques militares sobre Venezuela e Irán, enredándose en un lodazal del que no ha podido salir.

Gianni Infantino, en tanto, parece atornillado a su trono más que nunca, y se dispone incluso a postularse para un cuarto mandato al frente de la FIFA. Mientras las acusaciones por corrupción se cursan aún en contra dirigentes en varios países, la única amenaza que le acecha es una demanda interpuesta por su exjefe, el legendario Michel Platini, por haber presuntamente urdido una trama para apartarlo y allanar su camino al poder: el pecado original que –según la acusación– le permitió ascender al poder que hoy ostenta sin pudor alguno, bajo la sombrilla de poderosos políticos, pese a las burlas de quiénes creen que está desnudo, en alusión a la célebre frase de Hans Christian Andersen, “El rey va desnudo”, una metáfora que se utiliza cuando alguien dice en voz alta una verdad muy clara que todos ven, pero que nadie se atreve a admitir por miedo.

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Fascinación por el poder

Nada de esto resulta del todo sorprendente para quienes han seguido de cerca la trayectoria del presidente de la FIFA. Infantino tiene una fascinación enorme por el poder, explica el periodista de investigación Romain Molina. Por Trump, por Vladimir Putin, por cualquier líder que encarne autoridad. En privado el dirigente suizo, dice Molina, describe a Trump como el hombre más poderoso del mundo y agrega orgulloso que se sienta a su mesa. La frase resume la ambición de quien anhela algún día ser secretario de la ONU.

A diferencia de sus antecesores, Gianni Infantino no se ha limitado a administrar el futbol global. Ha buscado posicionarse dentro de una red más amplia de poder político y económico, donde el deporte funciona como plataforma de influencia. Para entender cómo llegó hasta ahí, hay que retroceder una década.

En 2015, el escándalo conocido como FIFAGate sacudió los cimientos de la organización. Entonces, siete dirigentes fueron detenidos en Zúrich en una operación impulsada por el FBI, que apuntó a otros más. Las investigaciones revelaron una red de sobornos que supera los 150 millones de dólares, vinculada a la comercialización de derechos y a la asignación de torneos. La crisis obligó a Joseph Blatter, presidente de la FIFA durante casi dos décadas, a renunciar y su caída abrió una disputa por la sucesión en un momento en que la credibilidad del organismo estaba erosionada.

El principal candidato para la sucesión era Michel Platini, entonces presidente de la poderosa Unión de Asociaciones Europeas de Futbol, en la cual se generan 70% de los ingresos de las selecciones nacionales, según el propio Infantino. Pero su carrera se derrumbó tras una acusación de pagos irregulares vinculados a Blatter. Mientras Platini enfrentaba procesos judiciales que se extenderían durante casi una década, su segundo al mando emergió como el nuevo emperador del futbol mundial.

Joseph Blatter fue acusado y juzgado por cargos de fraude, malversación y gestión desleal | Reuters/Arnd Wiegmann


Ese segundo al mando era Gianni Infantino. Su ascenso fue rápido. Se presentó como un reformista, prometiendo transparencia, buena gobernanza y una ruptura con las prácticas del pasado. En 2016, asumió la presidencia con ese discurso. Casi una década después el balance es, cuando menos, negativo. Lejos de limitarse a limpiar la estructura, Infantino consolidó un sistema propio. Uno basado en dos mecanismos: la distribución masiva de recursos y la concentración del control interno.

En cuanto al primero, a través del programa FIFA Forward, el organismo incrementó de forma significativa los fondos destinados a sus 211 federaciones miembros. Para el ciclo 2027–2031, prometió distribuir 2 mil 700 millones de dólares, de los más de 14 mil millones que espera generar en este ciclo. La cifra representa un aumento del 20% respecto al ciclo anterior y multiplica por ocho los montos asignados una década atrás. El efecto de esa política es evidente. Las federaciones –cada una con derecho a voto– dependen en mayor medida de esos recursos. Y esa dependencia se traduce en apoyo.

“Está inflando demasiado el globo y un día va a reventar”, dice el periodista Ezequiel Fernández Moores. “Pero la verdad es que el globo no revienta, el futbol […] sigue teniendo ese atractivo, teniendo esa locura que produce”, generando dinero que reparte entre sus federaciones. “Entonces están todos contentos con la plata y los que están por allí descontentos son los que tienen algún reparo ético”.

El segundo mecanismo, menos visible, es igual de importante. Tras asumir el cargo, Infantino intervino los órganos de control de la FIFA. No renovó el mandato de figuras clave en los comités de ética e investigación, incluidos quienes habían liderado sanciones durante el FIFAGate. La decisión es interpretada por Mersiades como una manera de reducir la capacidad de fiscalización interna, blindando el sistema desde el interior.

En conjunto, ambos movimientos –más dinero hacia afuera, menos control hacia adentro– configuraron un sistema de poder difícil de desafiar. Sus efectos se perciben hasta en las atribuciones de las Copas del Mundo, que Infantino organiza a su antojo. Para 2030, la FIFA diseñó un inédito torneo distribuido en tres continentes: Europa, África y Sudamérica. El formato se presentó como una celebración histórica. Pero tuvo una consecuencia concreta: al ocupar simultáneamente tres regiones, las dejó fuera de la carrera por la sede de 2034.

El resultado fue que sólo quedaban elegibles Asia y Oceanía. Así, convenientemente Arabia Saudita anunció su candidatura en cuestión de minutos y, al no tener competidores, obtuvo el torneo sin una votación efectiva. “Si no puedes decir quién votó, no fue una decisión: fue un anuncio”, resume Mersiades. “No necesitas manipular una votación si has construido un sistema donde sólo hay una opción posible”.

El cuarto mandato de Gianni Infantino en la FIFA


Más un fantasma que resurge del pasado amenaza con agrietar este sistema tan perfecto. En 2025, Michel Platini fue absuelto definitivamente de las acusaciones que habían frenado su carrera. Esa decisión le permitió pasar a la ofensiva. Su entorno legal ha impulsado nuevas denuncias que apuntan directamente a Infantino y sus aliados por presunto tráfico de influencias y denuncia calumniosa.

La absolución de su cliente, dice la abogada Najwa El Haïté por correo, abre la necesidad incómoda de “determinar, de conformidad con los requisitos del Derecho penal, la identidad del denunciante, el contenido exacto de la denuncia y su conocimiento de la falsedad de los hechos denunciados”. Acerca de esto, afirma, existe “un conjunto de indicios que apuntan en una misma dirección”.

La demanda, interpuesta en Francia luego de ser archivada en Suiza, apunta específicamente a una posible conspiración que habría sido potencialmente urdida en 2015 por Infantino y el entonces responsable del servicio jurídico Marco Villiger, para apartar del camino a Platini y labrar el camino de su antiguo “número 2”. En paralelo, el caso del exfiscal suizo Michael Lauber –quien renunció tras revelarse reuniones no registradas con Infantino durante investigaciones sensibles– puso en evidencia la proximidad entre la FIFA y los órganos encargados de supervisarla.

Ese pecado original amenaza ahora con alcanzarlo de manera tardía, cuando Infantino se alista a postular a un cuarto mandato, teóricamente prohibido por los estatutos de la FIFA. Él asegura sin embargo que su primer mandato, al ser incompleto, no debe ser considerado, y cuenta con votos casi asegurados de las confederaciones de Sudamérica, África y Asia.

Gianni Infantino llegó a la presidencia de la FIFA el 26 de febrero de 2016. | REUTERS/Jonathan Ernst

Desde la FIFA, la lectura es que su modelo ha democratizado el futbol global como nunca antes, con 211 federaciones con el mismo peso formal, mayores ingresos redistribuidos y una expansión deliberada del juego hacia territorios históricamente periféricos. Programas como el FIFA Forward no sólo han multiplicado los recursos, afirma, han permitido a federaciones pequeñas construir infraestructuras, profesionalizar sus estructuras y, en algunos casos, simplemente existir con cierta estabilidad.


Pero para sus críticos, diez años después de la llegada de Infantino al poder, prometiendo más transparencia y menos política, la organización se caracteriza más bien por persistentes acusaciones de opacidad, concentración de poder y, quizá como nunca, alineamiento con intereses políticos y económicos.

Mientras tanto, la fortuna personal de Giovanni Vincenzo Infantino, nacido el 23 de marzo de 1970 en Brig, Suiza, en una familia de raíces italianas –y estimada en unos 20 millones de dólares por el sitio Celebrity Net Worth–, no deja de crecer, con una remuneración de cerca de seis millones de dólares anuales. Nada extraño para un abogado políglota especializado en administración deportiva, que supo esperar en la sombra su momento para pasar a un primer plano que ahora rechaza dejar ir.

Lo cierto es que las decisiones clave tomadas bajo su presidencia –como la que permitió a un jugador expulsado volver al campo tras una llamada presidencial– siguen produciéndose en un espacio donde las reglas parecen flexibles y las explicaciones son escasas. En este sistema, “el silencio no es una falta de respuesta. El silencio es la respuesta”, dice Mersiades. Consultados para este artículo, ni la FIFA ni Infantino aceptaron responder a los cuestionarios formulados sobre el organismo en general y sobre las amenazas judiciales que lo acechan en particular, mientras se codea con los políticos más poderosos del planeta.

GSC/ ASG

  • Diego Legrand
  • Periodista franco-mexicano. A sus 35 años vive viajando de coyuntura en coyuntura entre varios países de centro y Sudamérica. Investiga y narra lo que no está siendo suficientemente visibilizado.

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