• Messi antes y después de Maradona. La sombra del padre futbolístico de Argentina

Messi parecía jugar dos partidos: uno con el Barcelona y otro con Argentina. Esta crónica explora la hipótesis del peso simbólico, de cómo la muerte de Diego cambió la historia del 10 argentino.

Buenos Aires, Argentina /

DOMINGA.– Messi hay uno solo. Uno que a los 38 años, en vez de pensar en el retiro o en el estado de salud de su padre en Rosario, en el primer partido de la selección argentina en el Mundial 2026, luego de que le anularan un gol por offside, metió otro y uno más y un tercero que, además de dejarlo en el podio histórico de goleadores, hizo que el técnico de Argelia, Vladimir Petkovic, mirara a su banco y sintiera en el aire la sensación de incredulidad: “No porque estuviéramos perdiendo, sino porque estábamos presenciando algo especial que quizás no vuelva a repetirse”.

Porque hay una distancia, allí, en lo que sucede cuando Lionel Messi recibe la pelota: un alejamiento entre lo que podemos imaginar y lo que vemos. Y en esa equivocación, en esa falla en la previsión del espectador, interviene la magia: la destreza, el virtuosismo, el talento del jugador que con la remera albiceleste nos sorprende una y otra vez. Pero no siempre fue así.

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La relación del jugador con la selección de Argentina tuvo sus idas y, también, tuvo sus vueltas. En el comienzo, como en todo mito de nacimiento del héroe, hay versiones encontradas: en un Mundial juvenil de 2003 (¿el Sub-17 en Finlandia o el Sub-20 en Emiratos Árabes Unidos?), un español (¿el cocinero de la selección o un delegado del Valencia?) le hizo una pregunta al técnico argentino (Hugo Tocalli):

—¿Por qué no trajo al jugador del Barcelona? Es mucho mejor que todos los que están acá —dijo. Todos los que estaban ahí eran jugadores de primer nivel. En las dos versiones, angustiado, el técnico argentino se preguntó quién era ese chico al que llamaban “Lionel”.

Desde hacía tiempo, la selección española intentaba convencer a Messi de que se uniera a la escuadra. Según la normativa vigente en ese entonces, si un jugador debutaba en un seleccionado no podía jugar para otro. A pesar de los dieciséis años y la timidez furiosa, en España el rumor de que Messi era distinto no paraba de crecer: en el equipo cadete del Barça había hecho 38 goles en 31 partidos. Sin embargo, cada vez que lo llamaban, el padre en representación del hijo decía que no. Pero los españoles seguían insistiendo. A la vuelta del Mundial juvenil, Tocalli le dijo al gerente de las selecciones argentinas Omar Souto:

—Tenés que traerme al chico del Barcelona.

—¿A quién?

—A Leo Messi.

Durante un buen tiempo, la escuadra española pidió al astro argentino unirse a la escuadra | REUTERS/Marcelo del Pozo


Lo primero que se preguntó Souto, en aquella época en la que los celulares se usaban para hablar por teléfono, fue cómo encontrar a alguien de quien sólo sabía el apellido. En un locutorio pidió la guía de Rosario. Entró en la cabina, arrancó la página de los “Messi” y marcó cualquier número. Cuando atendieron, cortó. Quería robarse la página: no le interesaba hablar sino disimular el pequeño hurto.

Un rato más tarde, desde la Asociación de Fútbol Argentino, recorrió la lista. Fue llamando uno por uno hasta llegar a Eusebio Messi. Al atender, Rosa María Pérez le dijo que sí, que ese chico era su nieto y le pasó el número de su hijo Jorge.

—Buenos días, Jorge, te habla Omar, del departamento de selecciones de Argentina y quería hablar con Leonardo.

—¡Por fin llaman! —dijo el padre antes de corregir el nombre de su hijo: no era Leonardo sino Lionel.

Lo que siguió fue el armado de dos partidos amistosos para asegurar al crack como jugador argentino.

Lionel Messi en la Justa Olímpica del 2008 en Beijing, China | AFP PHOTO/STR

​​La dupla de Messi con Maradona

La relación comenzó idílica: en 2005, Argentina ganó la Copa Mundial Sub-20 en Países Bajos, ahí Lionel Messi fue goleador y figura del torneo. Tres años después, con veintiún años recién cumplidos, ganó la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de Pekín con el equipo Sub-23. Pero en 2010, tuvo lugar el gran encuentro.

En el Mundial de Sudáfrica, dos potencias se saludaban. Lionel en la cancha, Diego Armando Maradona en la dirección técnica. Podría haber sido el comienzo de una dupla maravillosa, los dos mejores futbolistas de la historia hablando de técnica y estrategia, complementando sus saberes: ¿Quién podría pararlos? Y sin embargo, aunque jugó todos los partidos hasta la eliminación en cuartos de final, como si algo lo hubiera bloqueado, Lionel no pudo marcar un solo gol.

La situación se complicó el año siguiente, cuando en la Copa América de 2011, disputada en Argentina, la selección anfitriona no logró llegar a la semifinal. Messi jugó los cuatro partidos como titular pero a pesar de que en el Barcelona arrasaba y que varias veces pateó al arco, la pelota seguía sin entrar.

Durante esos años, en Argentina se hablaba de él como de dos personas diferentes. Un jugador desdoblado, un doppelganger de sí mismo: un solo cuerpo, dos actitudes. Pero en el Barcelona era un crack imparable. Fantasía, gambeta, precisión y gol: diez campeonatos de la Liga española, ocho supercopas de España, tres supercopas de Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol, cuatro Champions League, siete Copas del Rey y tres Mundiales de Clubes; eso sin contar los balones y las botas de oro, los Pichichis y otros trofeos.

Pero en la selección argentina, a pesar de los pases inexplicables, las gambetas imposibles y algunos goles, en las finales algo lo detenía.

Un hincha en Argentina coloca posters de Lionel Messi y Diego Armando Maradona | REUTERS/Rupak De Chowdhuri


​Los periodistas deportivos y ciertos hinchas se ensañaban: lo criticaban porque no cantaba el himno o porque no tenía sangre, porque podía en España y en Argentina no. Porque no era lo que ninguno de ellos ni siquiera imaginaría ser: la frustración interna suele catalizarse en insultos hacia afuera. De un lado y otro del Atlántico estaban, también, quienes trataban de entender qué le sucedía. “A la Argentina le ha faltado jugar como equipo”, decía el histórico líder del Barcelona Carles Puyol y resumía: la selección dependía de su mejor hombre, mientras que en el Barça había “grandes jugadores haciendo historia y con cuerda para rato”.

Por un lado: el goleador, carismático, el que todos soñaban ser. Y luego, el gemelo bloqueado. Con características similares, diferencia en la definición. Uno festejaba eufórico cada gol. Al otro, como se decía en el Río de la Plata cuando la moneda todavía no estaba tan devaluada, “siempre le faltaban cinco para el peso”.

Las notas periodísticas se sucedían con títulos catastróficos. Narraban los inicios en el club Newell’s Old Boys de Rosario en marzo de 1994, a los seis años: luego de pasar por Abanderado Grandoli y Central Córdoba. Repetían el rumor, incesante, de los padres y las madres que iban a ver a sus hijos y se sorprendían con ese nene, chiquito, que pisaba la pelota, haciendo que los rivales cayeran o siguieran de largo, que encaraba sin que nadie pudiera detenerlo, que llegaba hasta el área y pateaba fuerte: los arqueritos la veían pasar. En los cinco años que jugó en el club rosarino, en 176 partidos Messi hizo 234 goles.

Hablaban, también, de la enfermedad hormonal que le habían diagnosticado de niño y de cómo el Barcelona se había hecho cargo del tratamiento. Decían, quizás por eso, tal vez, allí se sintiera más cómodo. Había hipótesis, especulaciones, dudas, esbozos de explicaciones y, sobre todo, presión para un futbolista que, se notaba, ponía en la cancha lo mejor de sí. Cuando las cosas no le salían Messi sufría y eso, cuando las cámaras lo enfocaban, lo veíamos todos. Nadie podía decir que en cada partido no entregaba el cuerpo. Sin embargo, esto no alcanzaba. Parecía que nada podía hacer que esas dos personalidades, tan distantes, se hicieran una.

Tres finales perdidas: la del Mundial de Brasil en 2014 y las de las Copa América, en 2015 en Chile y 2016 en Estados Unidos. Fue entonces cuando el dueño de ese cuerpo escindido dijo basta. “Ya está. Para mí, la selección se terminó”, declaró el 26 de junio de 2016, tras perder por penales contra Chile en el MetLife Stadium de Nueva Jersey. Pero un mes y medio después volvió. Y al año siguiente, luego de hacer tres goles frente a Ecuador en el último partido de las eliminatorias, consiguió que Argentina clasificara al Mundial de Rusia.

En 2018 fue el máximo goleador de la liga española con 34 goles en 36 partidos. Sin embargo, durante la Copa del Mundo, ese mismo año, hizo un solo gol. En octavos de final, Argentina quedó eliminada.

En 2016, tras perder la final de la Copa América, Messi anunció su renuncia a la Selección Argentina | REUTERS/Dylan Martinez

Dos juicios por la muerte de D10s

El 25 de noviembre de 2020, a los sesenta años, debido a un edema agudo de pulmón secundario a una insuficiencia cardíaca crónica reagudizada, murió Diego Armando Maradona. Si bien el ídolo máximo del fútbol vivía en el país y dirigía al club Gimnasia y Esgrima de La Plata, no se publicaban entrevistas ni le hacían notas: sus declaraciones eran escuetas y se circunscribían a las conferencias de prensa posteriores a los partidos. Y si un periodista intentaba buscar la posibilidad de llegar hasta él, una barrera sutil pero firme lo detenía. Decían: había un entorno muy cerrado que lo rodeaba y le cubría el perímetro.

La autopsia reveló que padecía una miocardiopatía dilatada –su corazón pesaba unos 503 gramos, el doble de lo normal– y que había sufrido una descompensación mientras se encontraba en una internación domiciliaria precaria: un cuarto improvisado, las ventanas tapiadas. Los resultados del estudio indicaron que el futbolista había muerto por un “edema agudo de pulmón secundario a una insuficiencia cardíaca crónica”, luego de agonizar durante al menos doce horas sin recibir asistencia médica adecuada. Impulsada por las denuncias de las hijas, la Justicia abrió una investigación de oficio para determinar la responsabilidad penal del equipo médico a cargo de su salud. La fiscalía argumentaba que los acusados habían cometido el delito de “homicidio simple con dolo eventual”.

Pablo Dimitroff, exdirector médico de la Clínica Olivos, declaró en el juicio por la muerte de Maradona (Imago7)


En marzo de 2025, comenzó el proceso. Tras veinte jornadas de audiencia se supo que una de las integrantes del jurado, la magistrada Julieta Makintach, con más ansias de fama que de justicia, protagonizaba una serie documental sobre el proceso. Justicia Divina iba a ser el título. En los avances se la veía, de minifalda y tacos, avanzando por un pasillo, subiendo a un ascensor, entrando a un despacho. El proceso fue anulado en mayo de ese año. La jueza, destituida seis meses más tarde.

El segundo juicio comenzó en abril de este 2026: en paralelo a la Copa del Mundo, se están llevando a cabo las declaraciones. Los imputados son un neurocirujano, una psiquiatra y un psicólogo: equipo médico personal del jugador, que tenía trato cotidiano con él. Un enfermero y su jefe, un médico y la coordinadora de la prepaga. Acusados de negligencia y abandono de persona, en caso de ser culpables podrían ser condenados a penas que van desde los ocho a los veinticinco años de cárcel.

Messi y Maradona: ¿bloqueo psicológico o ángel de la guarda?

En el resto de Latinoamérica y España, por lo general, cuando alguien cuenta que va al psicólogo, agrega: “pero no es grave”, como si así quisiera poner distancia de la locura. En Argentina, eso no pasa. Por el contrario, es común referirse a una persona diciendo de modo negativo: “se nota que tiene muy poco análisis”. Si bien no hay datos actualizados, en el país hay más psicólogos por persona que en cualquier otro lugar del mundo y esta tradición, de alguna u otra manera, moldea la forma que los argentinos tenemos de ver la realidad.

Según Freud, la muerte del padre es el motor inconsciente de la evolución personal. Desde esa óptica, alguien podría decir que, de un modo metafórico y simbólico, fue el fallecimiento del padre futbolístico lo que permitió que en el hijo la magia fluyera. Otro, menos dogmático, podría pensar en una compañía desde el Cielo, una guía futbolística y espiritual.

Los hechos: seis meses después de que Diego Armando Maradona muriera, comenzó en Brasil la Copa América. Como si algo dentro del cuerpo de Messi se hubiera destrabado, las dos personalidades se hicieron una. Como si tras la muerte del otro ídolo futbolístico, un bloqueo mental se hubiera disipado, cortando una racha de veintiocho años sin campeonatos oficiales para la selección mayor, Lionel fue el máximo goleador del torneo que ganó Argentina.

Diego Maradona habla con Lionel Messi luego del triunfo de Alemania sobre Argentina en 2010 | REUTERS/Dylan Martinez


Fantasía, gambeta, precisión y gol: la finalísima frente a Italia, la Copa del Mundo de Qatar, otra Copa América y el triplete frente a Argelia.

Después del fallecimiento de Maradona, Messi logró lo que nunca antes había podido conseguir: ser él mismo usando tanto la camiseta de su club como la de la selección argentina. Si fue por un desenlace inconsciente o por la compañía de un ángel protector es algo que, a fin de cuentas, no importa demasiado mientras siga maravillándonos en esa distancia entre lo que podemos imaginar y lo que vemos, durante esa pausa fugaz, cada vez que recibe la pelota.


GSC/ASG


  • Federico Bianchini
  • Periodista. Trabajó como redactor en los diarios argentinos 'Clarín' y 'La Razón', y como editor en la revista 'Anfibia'. Colaborador de medios internacionales como 'Gatopardo', 'El País Semanal' y 'The New York Times', entre otros.

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