DOMINGA.– “Qué… ¿no vamos a luchar?”, pregunta Irma González a su hija Irma Aguilar. A sus casi 90 años, su mente vive en otra parte pero la mayoría de las veces regresa a ese ring de la lucha libre donde hizo una carrera de más de 50 años.
“Hoy es día libre, mamá. Hoy es lunes, los lunes no hay lucha”, le responde su hija para distraerla de esa temporalidad sin tiempo en la que vive su madre. Todos los días son lunes. No hay que ir a luchar. Pero si fuera por ella, se enfundaría de inmediato con su traje, calentaría y se echaría unos lances y unas llaves también.
Las Irmas son dos luchadoras, madre e hija. Reciben a esta reportera en la colonia Campestre Aragón, en una casa con una pared de donde cuelgan reconocimientos, fotografías, recuerdos y muchos trofeos. Irma González es una grande de la lucha libre femenil. Inició por destino o casualidad y se convirtió en leyenda. Su nombre real es Irma Morales, el González vino después. No debutó en el pancracio, lo hizo a temprana edad en un circo porque era contorsionista en el Circo Oriente Hermanos Morales, de su familia, en Zacatecas.
Cuando el circo se quemó, vino la desgracia. Llegaron a refugiarse con la abuela paterna, en la colonia Peralvillo, en el entonces Distrito Federal. Ella tenía 13 años cuando conoció a Magdalena Caballero, luchadora mejor conocida como La Dama Enmascarada, quien la invitó a pelear por primera vez.
Irma comenzó en la lucha amateur y nunca imaginó que para su debut profesional, los torneos femeniles estarían prohibidos en el Distrito Federal por Ernesto Peralta Uruchurtu, el Regente de Hierro. Pero aun con la prohibición, las mujeres seguían luchando y salían a las periferias de la ciudad y en el interior del país.
La Dama Enmascarada sabía de la necesidad que atravesaban en casa de los cirqueros y un buen día, que le faltaba una luchadora, le hizo la invitación. Irma estaba fuerte de brazos y piernas por el ejercicio en el circo, parecía que estaba mandada a hacer. “Quería que nos agarráramos, que nos cacheteáramos”, cuenta de aquellos recuerdos. Como le parecía que eso iba a doler y dejaría marcas, propuso “mejor puros aventoncitos, horcaditas y piquetes de ojos”.
“Tú nada más párate ahí, no te va a pasar nada, ¡no tengas miedo!”, le dijeron, pero la surtieron de todas formas. Irma se defendió como pudo y aquello no fue un encuentro perdido sino el inicio de su trayectoria. Los centavitos del pago fueron a parar a la bolsa de su mamá para apoyar la economía familiar y entonces sí, aquello parecía un negocio que convenía. Ese fue el inicio de todo.
La prohibición de las mujeres en la lucha libre
Irma González nació en 1936, un año antes, se tiene registro del primer enfrentamiento entre mujeres en la Arena Modelo –donde hoy se encuentra la Arena México, en la colonia Doctores–, cuando debutó Natalia Vázquez, quien es considerada la primera luchadora mexicana.
En este país, la historia de la lucha libre inició cuando Salvador Lutteroth creó la Empresa Mexicana de Lucha Libre, hoy conocida como el Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL), y dicha compañía celebró su primera función en 1933. Para ese entonces era un territorio incipiente pero un deporte que llenaba arenas, era espectáculo para el pueblo. Y en los duelos se contaba con personalidades de talla internacional. La historia de la lucha libre mexicana apenas comenzaba.
Fue en 1954 cuando llegó la prohibición para las mujeres luchadoras. Peralta Uruchurtu, el Regente de Hierro (entre los años de 1952 y 1966), considerado así por su afán férreo sobre las conciencias, emprendió la “Cruzada de la Decencia Teatral” a través de la oficina de Espectáculos del Distrito Federal. La cruzada venía con prohibiciones para combatir la indecencia y Luis Spota, periodista y escritor mexicano, se encargaba de recorrer los espectáculos y supervisar su calidad moral.
Iban, sobre todo, por eventos donde se mirara el cuerpo de las mujeres y también, sobre los que podían resultar provocativos, como bailar. Amparo Sevilla escribe en la revista Alteridades de la UAM que, mientras Uruchurtu hacía una reforma urbanística importante para la ciudad, prohibió besarse en la calle, decir algún piropo, ni hablar de los desnudos en el cine ni en el escenario; disminuyó los horarios para las cantinas, los cabarets, en los salones de baile y sí, también vetó a las mujeres de subirse a un ring.
Irma González lo dice muy claro: “Uruchurtu no quería mujeres en el ring, no quería que trabajáramos”, suelta un “¡ora, éste!” y luego agrega: “Mi mamá decía… ese las va a mantener y a sus familias porque teníamos un hijo por año, sin fallar”.
Su debut profesional ocurrió en 1955, un año después de instaurarse la prohibición; para entonces las mujeres habían sido exiliadas para terminar peleando en las periferias del Distrito Federal y arenas del interior del país. Irma tenía 17 años.
De la prohibición se decían muchas cosas, su hija Irma Aguilar tiene dos versiones; una que dice que el Regente de Hierro estaba en un enfrentamiento de lucha libre entre mujeres, cuando una luchadora le cayó encima y lo prohibió en venganza. La otra versión, culpa a la Liga de la decencia, un grupo de señoras conservadoras que se organizaban en la preservación de la moral y las buenas costumbres, ellas señalaban los contenidos y una mujer en un ring de lucha libre les parecía lo menos recatado para la época.
“Viene de esa época donde era un mundo de hombres, había mucho machismo y la lucha libre de mujeres no era una cosa bien vista”, puntualiza Irma Aguilar. Si se decía que los encargados de censurar y prohibir la lucha libre femenil eran Uruchurtu y Luis Spota, ella sabe que Rafael Barradas Osorio, secretario de la Comisión de Box y Lucha Libre, creada en 1959, era el que operaba. “El señor Spota ni metía las manos y le dejaba todo al señor Barradas, que fue el que puso por sus calzones que las luchas de mujeres estaban prohibidas”, asevera Irma Aguilar.
El 25 de junio de 1954, en el periódico El Nacional apareció una nota que rezaba en el encabezado: Niegan permiso para la lucha libre femenina.
“La Oficina de Espectáculos del Departamento del Distrito Federal, negó ayer el permiso que solicitó el empresario Salvador Lutteroth para presentar funciones de lucha libre de mujeres en la arena Coliseo. El permiso de referencia se negó por estimarse que en la lucha libre en que participan mujeres, no es un espectáculo deportivo, sino que se presenta con el interés de explotar la morbosidad del público”.
Las costumbres se hacen leyes, dice el luchador Baby Richard. “No era que fuera una cosa oficial. Nada más porque a ellos se les dio la gana y ya”, expresa Irma Aguilar, la hija, de una época donde si el gobierno daba una orden, tenía que acatarse.
En el portal superluchas.com encuentro el recorte de una nota, de una revista antigua, que cita al arquitecto Enrique Meyrán, presidente de la Comisión de Box y Luchas en el Distrito Federal: “Lo moralista es lo de menos, pero la lucha se ha convertido en algo familiar y ello se acabará con un espectáculo no apto para niños y familias, aparte de que considero que la mujer pierde feminismo con ese trabajo”.
En resistencia, las mujeres se fueron a pelear a las periferias y a otros estados. Morelos, Puebla, Hidalgo, Veracruz, Monterrey, Guadalajara y otros más que eran los escenarios para las giras femeniles. Aunque encontraron la libertad fuera, el machismo no sólo estaba delimitado por la tercera cuerda, estaba en todo el ambiente.
Irma González le contaba a su hija que “era como una cosa aberrante ver a una mujer hacer o tratar de hacer un deporte, de contacto muy fuerte, peligroso”. Los compañeros estaban celosos de su trabajo y las mujeres recibían consignas: “Váyanse a lavar los calzones de sus maridos. ¡Váyanse a hacer las tortillas!”.
El amor romántico en el ring
En las Arenas las discriminaban o les hacían “travesuras”. Les escondían el equipo o se los rompían, “cosa que duele”, recuerda Irma, pero ellas aguantaban y aguantaban. Alguna vez encontraron las pertenencias de las luchadoras clavadas en la pared del vestidor, les amarraban los suéteres y les pegaban los zapatos, eso sucedió hasta que un día doña Irma dijo: “Basta”.
Se quejó con los promotores que le habían robado, que había desaparecido un dinero que tenía. Pero pronto se dejó ir la revancha, Irma lo había inventado todo para que dejaran de fastidiarlas. “Adefesios del averno”, les llegaron a decir.
Irma necesitaba un nombre que nada tuviera que ver con esos gritos de “prófugas del metate”. Irma era monumental y aunque arriba del cuadrilátero era una, su carácter hacía que la llamaran “Irma, la dulce”. Hasta que un promotor la nombró como “Irma González” y así se quedó su nombre artístico. González, justo como el segundo apellido de Salvador Lutteroth, el padre de la lucha libre.
En el cuadrilátero fue donde Irma creyó encontrar el amor. Conoció a un hombre asiduo a las luchas que la comenzó a cortejar y a envolverla hasta que la convenció. Irma le decía: “Ay, señor, yo a usted no lo quiero”, pero éste tenía una respuesta preparada: “Me vas a querer, muñequita”. Aquel no era un gran partido, era mujeriego y le gustaba la tomadera y quién sabe… tal vez hasta los golpes.
Irma no quería entregar prenda pero pensaba que si la pedían en matrimonio, entonces sí. Y se casó de blanco. Pero pronto le prohibió volver al cuadrilátero. Ella, que todavía debía llevar dinero a la casa familiar, comenzó a luchar enmascarada para que nadie lo supiera y se hizo llamar La Novia del Santo. Irma González le pidió permiso personalmente al Enmascarado de Plata para usar ese nombre para sobresalir en el pancracio. Pero con todo y máscara, le gritaban: “¡Dale, Irma!” porque su cuerpo y personalidad eran inconfundibles.
Aquel marido, aunque no figuraba en la Liga de la decencia, tenía su propia campaña: se llevó a la gran Irma González a vivir a Minatitlán, Veracruz, para alejarla de las arenas y le dio una mala vida, eran épocas donde “la mujer tenía que soportar”. Lo bueno fue que pronto le dijo: “Mira, Irma, voy a salir del país, en tanto te vas a ir con tu mamá”, y le armó unas cajas con sus cosas mandándola de regreso a la capital. Iba ya con una niña en la panza. Ella no sólo regresaba a la ciudad, también lo haría en el ring.
Tenía sed de aprender y, para callar las voces machistas, les decía a los compañeros luchadores: “Señor, ¿me podría enseñar esa llave?” y así destacó. Su llave favorita es La Tapatía, que se la enseñó el mismísimo Rito Guerrero.
La luchadora, además de llevar el nombre de la Novia del Santo, utilizó el de Flor Negra, Rosa Blanca, La Tirana, la Dama del Enfermero o Emperatriz Azteca, pero siempre brilló como Irma González.
El amor de Irma Aguilar
Que Irma González viviera de gira y lejos de casa fue algo que resintió muy intensamente su hija Irma Aguilar. “Por eso yo crecí sola, bueno, con mi tía y mi abuela, porque mi mamá ya no podía estar aquí, entonces salían a luchar a Guadalajara, Monterrey, que eran los lugares donde había más trabajo”.
Para ella, los largos periodos de ausencia debido a la prohibición eran dolorosos. “Siempre crecí con esas ganas de tener a mi mamá en casa”. Recuerda que en el barrio de Peralvillo, había una mujer que vendía naranjas en un puestito y estaba rodeada de hijos, en su mente pensaba: “Yo quisiera tener así a mi mamá”.
Llegaba el momento de una nueva gira y ella suplicaba: “No te vayas, mamá”; y la respuesta era: “Sí, tengo que ganar dinerito para tu comida, para comprarte tu ropa”. Luego la mandaban por algo a la tienda y cuando volvía, su madre ya había partido. Irma Aguilar sólo se soltaba a chillar.
Cuando cumplió los 17 años, Ramón, la pareja de su madre, le dijo: “¿Por qué no te metes a aprender la lucha libre, lo que hace tu mamá? Ganas dinero y estás con ella”. Aquello le pareció una idea extraordinaria. “¿Quieres que te busque un lugar para que entrenes?”, y pronto encontró espacio en el gimnasio Los Providencia en el barrio de La Merced, atrás del del mercado de Mixcalco.
De inmediato le llamó la atención: las pesas, el ring, los sonidos, el ambiente. Se inscribió con el maestro Pedro Nieves, que era un buen luchador, y así empezó en esto de la lucha libre. La primera vez que entrenó llegó a casa con temperatura, su abuela le dio un mejoralito y en casa dijeron: “No vas a aguantar”.
Pero contrario a ello, Aguilar ahí estaba en el gimnasio al día siguiente y por los siguientes meses hasta que la invitaron a un enfrentamiento amateur. “No, yo apenas estoy aprendiendo”, les dijo. Pero eso no importó y para una lucha donde estaba anunciada su madre, la metieron a pelear.
Irma chica dice que se le hizo fácil aceptar. Cuando llegó el día, descubrió quién sería su rival, Chabela Romero, la contrincante y acérrima enemiga de su madre.
Aquella primera lucha tuvo lugar a principios de los años setenta en un pueblito cerca de Toluca. Aguilar recordaba la forma que Chabela le pegaba a su mamá y el coraje que le daba. “Pues ni modo, ya estoy aquí arriba”, recuerda. Se defendió como pudo pero eso no la salvó que la barrieran y sacudieran. Cuando le pagaron, vino lo bueno: 500 pesotes de un jalón. Ese día se dijo: “Sí, esto es lo mío”.
Doña Irma González se perdió la primera lucha de su hija por estar de gira en Alemania, ni se enteró. Y cuando regresó de viaje le cayó la noticia: “¡Mamá, ya luché!”. “¡Contra quién?”, se apresuró a preguntarle, y la respuesta la sorprendió: con la mismísima Chabela, la que pegaba duro y con la que siempre se daba unos buenos agarrones por el primer lugar.
Irma Aguilar siguió entrenando hasta que, en 1975, a su madre le hicieron la invitación de una lucha en Guadalajara y que el cartel mostrara a la campeona con su hija: pelearían en equipo, sería la sensación para la taquilla. Se subió al ring entrenada por su madre de cómo hacer las llaves y librarse de ellas. Era emocionante no saber cómo iban a reaccionar las contrincantes. La ovación le gritaba: “¡Dale, hija, defiende a tu mamá!”, y ella se prendía y se metía a defenderla.
“¡No te metas, tú no eres ruda, ese no es tu papel!”, le decía su mamá, pero Irma Aguilar daba espectáculo y se lanzaba a los golpes.
Aquello que Irma Aguilar soñaba, estar con su madre, se cumplió y pelearon 25 años juntas. Iban de arriba a abajo en terminales y aeropuertos. Tenían tiempo para compartir juntas y para la noche, se caracterizaban, “¡vámonos a la lucha!”
El fin de la prohibición
La prohibición en el Distrito Federal se extendió por casi 30 años. Para la década de los ochenta, había un vacío de mujeres en los carteles y las arenas de la capital; aunque pelearan y llenaran asistencia al interior del país o en escenarios internacionales, no era un territorio conquistado por las mujeres.
El levantamiento de la prohibición empezó con un par de llamadas entre los hombres del gremio, sí, los hombres. La Asociación Nacional de Luchadores, el Sindicato Nacional de Luchadores y el CMLL unirían esfuerzos para derrocar la prohibición. Todos los inmiscuidos conocían a Rafael Barradas y sus modos prepotentes, la Asociación ya había intentado que autorizaran a las mujeres, pero siempre hubo un no como respuesta. Entonces iniciaron la batalla legal.
Mientras tanto, Baby Richard, luchador y secretario de organización del Sindicato Nacional de Luchadores, organizaba a las mujeres para acudir a los medios de comunicación e iban al menos una vez por semana a la radio. Ahí Irma iba al frente como representante, junto a su hija, Toña La Tapatía, Marina Rey, Estela Molina, India Sioux, La Pantera Sureña, entre otras. Se encargaban de hablar sobre el “derecho al trabajo” y cómo unas “personas nada más porque sí, habían vetado a las mujeres en el Distrito Federal”, recuerda Aguilar. “Estamos luchando para trabajar aquí, en nuestra tierra”, consignaban. También hicieron charlas y comentarios para las revistas especializadas.
En la batalla legal, había una mujer a la que llamaremos La licenciada Arellano porque, como los hombres no tienen memoria, no recuerdan su nombre. Ella, tras dos años de lucha, llegó un día y les dijo: “¿Qué creen? Nos dimos cuenta de que la Comisión de Lucha Libre no es autoridad”, eso significaba que no tenía poder jurídico para vetar a las luchadoras en el Distrito Federal. Pronto comenzaron los preparativos para que las mujeres lucharan. El regreso de las mujeres al cuadrilátero ocurrió el 21 de diciembre de 1986 en la Arena Coliseo, sin embargo, hubo una antes en la Arena Apatlaco, en Iztapalapa.
Rafael Barradas le había dicho Baby Richard personalmente: “Mientras yo esté en el Distrito Federal, las mujeres no van a luchar en el Distrito”, pero un día, de igual forma se presentó para solicitar la autorización para la Arena Apatlaco. Barradas volvió a decirle que no. La licenciada Arellano se puso a trabajar con los demás abogados y amenazaron con una demanda directa por “usurpación de funciones”, sostenían que no tenía ningún poder para coartar la libertad y el derecho a trabajar.
La lucha en la Arena Apatlaco se llevó a cabo sin autorización. Pero la lucha en la Arena Coliseo todavía faltaba. Baby Richard fue de nuevo con Barradas para pedir autorización y aquella vez fue diferente. El exluchador iba sólo para calarlo. “‘Señor, vengo a que me autorice el programa para la función que vamos a hacer de mujeres’. Me agarró el papel, me lo firmó y me lo aventó. Y cuando lo agarré, le dije, ‘Señor, usted sigue estando en la comisión ¡y las mujeres van a luchar en el Distrito!’”
La semana siguiente tuvo lugar esa memorable pelea en la Coliseo con Irma González, Irma Aguilar, Chela Salazar, Mujer Salvaje, Martha Villalobos y Yuma.
Baby Richard lo recuerda como una función normal, sin embargo, los recuerdos de las Irmas están llenos de emoción, aquel fue un momento histórico que abriría camino a las mujeres en la ahora Ciudad de México. Ambas, madre e hija siguieron luchando juntas y finalmente, Irma González se retiró en 2000 y su madre, Irma González, en 2003, pero continuó como instructora de lucha libre.
Irma González ganó en cinco ocasiones el Campeonato Nacional Femenil en México, fue dos veces campeona en el Campeonato Mundial Femenino y, en 1990, ganó, junto a Irma Aguilar, el Campeonato Nacional de Parejas Femenil del CMLL.
Irma Aguilar, por su parte, ganó el Campeonato Mundial en el Toreo de Cuatro Caminos, ganó torneos nacionales y se le condecoró con el Cinturón de la capital en 1986. Si le preguntan a Irma González, qué significa para ella la lucha libre, responde:
“Todo. Toda la vida”.
GSC / MMM