M+.- Hay historias que pertenecen al pasado y hay otras que regresan porque todavía tienen algo que decir sobre nuestro presente.
Casi seis décadas después de la publicación de Cien años de soledad, la obra de Gabriel García Márquez continúa encontrando nuevos lectores y espectadores porque en el corazón de Macondo permanece una de las preguntas más profundas de América Latina: ¿qué ocurre cuando una sociedad decide olvidar su propia historia?
En la segunda parte de la adaptación de la serie de Netflix, la familia Buendía se acerca al destino que García Márquez trazó para ella, pero también a uno de los momentos más complejos de la novela: la llegada de la compañía bananera, la transformación económica de Macondo y la tragedia de los trabajadores que marcará para siempre a José Arcadio Segundo, el personaje que se niega a aceptar el silencio colectivo.
Esa tensión entre recordar y borrar la memoria es uno de los grandes temas que atraviesan esta etapa de la historia y que, según Julián Román, sigue teniendo una vigencia profunda.
El actor interpreta a los gemelos José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo, dos hombres que nacen unidos por la sangre, pero que terminan representando caminos opuestos dentro de la estirpe Buendía: la abundancia y el exceso frente al peso de la historia y la necesidad de recordar.
En la novela, Aureliano Segundo vive junto a Petra Cotes una etapa de prosperidad. La relación entre ambos está marcada por una de las imágenes más recordadas del realismo mágico de García Márquez, porque mientras están juntos, todo parece multiplicarse. Pero, esa riqueza también representa una ilusión pasajera, una época de abundancia que termina cuando Macondo entra en decadencia.
“Un poco lo que pasa con Aureliano Segundo, también en el libro, es que su fortuna no es tan clara. Se dice que cada vez que hace el amor con Petra todo se multiplica. Otras voces dicen que era un cuatrero. Entonces, este personaje es maravilloso por eso, por ese acercamiento”, explicó el actor.
Frente a esa vida marcada por la celebración aparece José Arcadio Segundo, quien queda atrapado en la otra cara de Macondo: la violencia y el olvido. En la novela, es él quien presencia la masacre de los trabajadores de la compañía bananera, episodio inspirado en la Masacre de las Bananeras ocurrida en Colombia en 1928, cuando el ejército abrió fuego contra trabajadores en huelga de la United Fruit Company.
“José Arcadio es al que le cae la tragedia de tener que cargar con el peso de los Buendía, con el peso de su tío, el coronel Aureliano Buendía”, explicó Román sobre la tragedia del personaje no termina con haber sobrevivido a la violencia; y es que, su verdadero conflicto es intentar conservar una memoria que el resto del pueblo prefiere negar.
La tragedia de José Arcadio Segundo no es solamente haber sobrevivido a la violencia, sino descubrir que la sociedad que lo rodea prefiere negar lo ocurrido. En la novela, cuando intenta contar lo que pasó, nadie parece recordar la existencia de los muertos. Macondo convierte la tragedia en un rumor, en una historia imposible, en algo que nunca ocurrió.
Para Julián Román, esa parte de la obra sigue siendo profundamente actual, porque hay muchos sectores que dicen o afirman que "esa parte de la memoria no es real, que es un invento, que lo de las bananeras no existió, que eso tiene que ver con todo lo macondiano", afirmó el actor respecto a cómo la novela se convierte en un espejo de la realidad de aquella época y que aún hace eco en la actualidad.
El actor encontró en José Arcadio Segundo una de las reflexiones más poderosas de García Márquez sobre América Latina
“es un poco como lo que pasa hoy en Colombia y como pasa en Latinoamérica, donde hay historias que quieren ocultar de alguna manera y lo mejor es sacarlas de la memoria. ‘Aquí no pasó’, y si pasó, pasó poquito; y si pasó poquito, no fuimos nosotros; y si no fuimos nosotros, fueron otros”.
Para Román, el peligro de borrar la historia es que la verdad termina perdida entre versiones contradictorias, porque “eso genera que existan muchas versiones, y entre esas muchas versiones, la verdadera siempre termina hundiéndose en el lodo del olvido”, dijo respecto a una de las metáforas más poderosas de la novela, donde las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.
Pero la segunda parte de Cien años de soledad también está construida a partir de los contrastes entre quienes intentan controlar la realidad y quienes simplemente la viven. Ahí aparece Petra Cotes, un personaje que rompe con los modelos femeninos tradicionales de su época. La actriz Ángela Cano es quien le da vida y reconoce que Petra terminó dejando una huella imborrable en ella.
“Uno como actor viene con una mirada, y acoplar esas dos formas resulta ser un proceso de aprendizaje muy valioso. Yo me voy con muchas enseñanzas de Petra Cotes. Estoy muy agradecida con que haya llegado a mi vida”.
En contraste está Fernanda del Carpio, una mujer que llega a Macondo con la intención de imponer un orden basado en la tradición, el linaje y las apariencias. Carla Baratta explicó que esa desconexión es una de las claves del personaje porque “a ella no le interesa lo que pasa de la casa hacia afuera. Vive encerrada en sus creencias y en ese mundo de fantasía que creó para no ver lo que la rodea”.
Para la actriz, una escena resume esa incapacidad de Fernanda para aceptar el deterioro de Macondo: cuando intenta enviar cartas y Úrsula le recuerda que el cartero lleva un año sin aparecer, “eso muestra esa locura y esa abstracción de la realidad que tiene Fernanda. Para ella, todo está bien, pulcro y perfecto hasta el fin de los tiempos, aunque la casa esté completamente destruida”.
Quizá ahí se encuentra una de las razones por las que Cien años de soledad sigue siendo una obra vigente, porque detrás de los elementos fantásticos existe una reflexión sobre la manera en que las sociedades enfrentan sus pérdidas, sus errores y sus recuerdos, “la obra de Gabriel García Márquez sigue siendo tan vigente que duele”, concluyó baratta.