• Un mexicano estaba de vacaciones en Nueva York y terminó narrando el 11-S por teléfono

Ariel Moutsatsos tenía 26 años y estaba de vacaciones cuando el equipo de Ricardo Rocha le pidió mirar por la ventana de su hotel. Así comenzó una cobertura de 11 horas que lo convirtió en corresponsal.

Ciudad de México /
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DOMINGA.– “¡No manches, gordo! ¡Mira lo que está pasando en Nueva York!”, me dijo Ricardo Ávila, El Bubu, el operador de audio frente a uno de los monitores que teníamos en una cabina construida a manera de pecera. Transmitíamos Detrás de la Noticia desde el décimo piso de la Torre Insurgentes, al sur de la Ciudad de México. El periodista Ricardo Rocha era el conductor del noticiario y yo –quien escribe esta crónica–, el productor del programa. Han pasado cinco lustros. Al menos dos generaciones que han crecido bajo la sombra de aquel 11 de septiembre de 2011.

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Eran las siete de la mañana con 46 minutos. Estaba incrédulo por la imagen de última hora que nos sorprendía ese día de septiembre frente a nuestros ojos. Estábamos en un corte comercial y le dije a Ricardo por el talk back: “Mira el monitor. Algo pasó en Nueva York”. Rocha giró la mirada. Se quedó pensativo. Las primeras imágenes mostraban una de las Torres Gemelas echando humo. Nadie entendía qué ocurría. Se hablaba de una avioneta, de un accidente, de alguna falla imposible sobre el cielo despejado de Manhattan. Quieto, sobándose su famoso bigote, Ricardo se puso los audífonos y me soltó: “Esto es un ataque terrorista”.

Me parecía una tesis anticipada de Rocha pero recordé que Ariel Moutsatsos, nuestro colaborador, estaba de vacaciones allá. Tenía veintiséis años, acababa de graduarse de Comunicación en el Tecnológico de Monterrey y colaboraba con nosotros en temas de tecnología e información internacional. Había viajado a Nueva York para descansar, pero también para conocer universidades porque quería estudiar una maestría en Relaciones Internacionales. Le pedí a Nayeli González, asistente de producción, que lo encontrara a toda costa y en calidad de urgente.

Hoy sólo con cerrar los ojos recuerda a la perfección lo que ocurrió, cuando una llamada lo despertó para decirle que el horror había entrado por la ventana. Con la inquietud del periodismo global en las venas, vivió y relató a los mexicanos en vivo un momento que marcó al planeta y que inauguró dramáticamente el siglo XXI.

“Creo que hablé con la mamá de Ariel para que me dijera dónde estaba para poderlo localizar y que me dijeran en qué hotel se encontraba, porque Ariel no me contestaba el celular. Entonces hablé con la mamá y ya después logré localizarlo en su teléfono”, recuerda Nayeli. Esta experiencia también fue un parteaguas en su carrera.

“Me di cuenta que noticias es lo mío. Ese rush de estar transmitiendo esa noticia de última hora, la verdad es que es incomparable, o sea, el rush que sentimos en ese momento. Bueno, por lo menos que sentí yo”.

Nayeli llamó una y otra vez hasta que finalmente consiguió comunicarse. Ariel dormía. El teléfono de su habitación sonó hasta arrancarlo de la cama y, cuando entramos con él, recuerdo haberle repetido una instrucción que entonces parecía elemental: “Asómate a la ventana”. No entendía. Volví a decírselo. “Ariel, asómate a la ventana. Parece que un avión se estrelló contra las Torres Gemelas”.

Ariel Moutsatsos se encontraba de vacaciones en Nueva York cuando aconteció el atentado contra las Torres Gemelas | Cortesía

Salir a cubrir el atentado sin WhatsApp ni videollamadas


Estaba hospedado en el Hilton de Times Square. Corrió las cortinas, desde ahí tenía una vista casi directa hacia el sur de Manhattan y lo primero que vio fue humo, mucho humo. Encendió la televisión tratando de entender lo que veían sus ojos. Lo pusimos al aire con Ricardo Rocha, sin pensar que apenas comenzaría a describir la escena cuando, a las 9:03 de la mañana, el vuelo 175 de United Airlines apareció frente a aquella ventana y se incrustó en la Torre Sur. Ariel lo vio entrar. Millones lo vieron por televisión. Nosotros en México escuchamos a Ariel narrarlo.

“Esto es un ataque”, dijo prácticamente de inmediato. La misma conclusión a la que llegó Rocha. Pero en la sorpresa lo dijo al aire. No como Ricardo, que sólo lo dijo en corto en la cabina.

Veinticinco años después, Ariel reconoce que quizá fue una declaración demasiado arriesgada para un periodista tan joven. No había comunicado oficial, reivindicación terrorista ni explicación gubernamental. Habían transcurrido apenas diecisiete minutos desde que el primer avión, el vuelo 11 de American Airlines, impactó la Torre Norte. Pero dos aviones comerciales estrellándose contra dos edificios contiguos, que además eran todo un ícono en Manhattan, dejaron muy poco espacio para seguir creyendo en la casualidad. Ricardo Rocha titubeó unos segundos antes de asumir al aire la dimensión de aquello.

El ataque a las Torres Gemelas marcó el comienzo de otra época a inicios del siglo XXI | REUTERS/Sara K. Schwittek


Y comenzamos a entenderlo: no estábamos narrando un accidente aéreo, era el comienzo de otra época. Empezaríamos a quitarnos los cinturones al pasar por los filtros de seguridad en los aeropuertos, los estadios, restricciones y demás protocolos antiterroristas y de políticas de seguridad que forman parte de la normalidad.

La paradoja es que Ariel había estado arriba de aquellas torres dos días antes. El domingo 9 de septiembre llevó a unos amigos al World Trade Center. Una de sus acompañantes era fotógrafa y quería hacer imágenes desde el mirador. Él llevaba una cámara de video. Grabó la entrada al edificio, el elevador, el mirador, las escaleras y finalmente la azotea. Por alguna razón que todavía no puede explicar, no detuvo la grabación. Construyó sin saberlo un largo plano secuencia de un edificio al que le quedaban menos de 48 horas de existencia.

El martes, la cámara tenía enfrente otra historia. Ariel Moutsatsos salió del hotel todavía enlazado con México. En 2001 no existían WhatsApp, las videollamadas ni los teléfonos capaces de transmitir imágenes en directo. El aparato de su habitación tenía dos líneas. Dejó una conectada con la cabina y utilizó la segunda para llamar a su celular, haciendo una conferencia telefónica rudimentaria que le permitió abandonar el hotel sin perder la transmisión. La llamada duraría horas y terminaría costando más de setenta mil pesos de aquella época. Tomó un taxi rumbo al sur de Manhattan hasta donde pudo avanzar y después siguió caminando

Fue entonces cuando vio algo para lo que ninguna universidad prepara a un reportero. Con el telefoto que le prestó una fotógrafa comenzó a distinguir figuras en los pisos superiores de las torres. Eran personas atrapadas por el humo y el fuego. Algunas tomaban la decisión imposible de saltar al vacío. Las vio caer y siguió narrando. Veinticinco años después evita recrearse en aquella imagen. Tampoco quiere describir demasiado el sonido de los cuerpos al llegar al suelo.

“Hasta la fecha me afecta un poco”, admite. Aquella fue la mañana en que un joven mexicano salió de vacaciones y regresó convertido en corresponsal. También fue la mañana en que una generación entera descubrió que el terror podía atravesar una pantalla, modificar fronteras y cambiar para siempre cosas tan ordinarias como abordar un avión. Para Ariel, sin embargo, ocurrió de una manera todavía más brutal: el siglo XXI no comenzó frente a un televisor. Entró por la ventana de su habitación.

Ariel regresó a México convertido en el corresponsal del ataque a las Torres Gemelas | Cortesía

Una nube gris envolvió las calles de Manhattan


La batería del teléfono comenzó a agotarse mientras Ariel Moutsatsos avanzaba por Manhattan. Necesitaba electricidad, televisión y un lugar desde donde seguir transmitiendo. Encontró un café cuyo nombre no recuerda, sacó cien o doscientos dólares y pidió que le permitieran utilizar una toma de corriente y controlar el televisor. Conectó el celular, subió el volumen y siguió trabajando. Por momentos miraba hacia la calle y narraba lo que aparecía en la televisión estadounidense. Nueva York se había convertido en un escenario de emergencia.

Ariel miraba la tele del café cuando detectó algo extraño en una de las torres. No supo exactamente qué era pero salió corriendo hacia la calle para comprobarlo con sus propios ojos. En la carrera arrancó accidentalmente el teléfono del cargador y perdió la comunicación. Cuando llegó afuera, el edificio comenzó a doblarse sobre sí mismo hasta desaparecer detrás de una nube. Volvió a enlazarse y siguió narrando. Después cayó la otra torre. El polvo avanzó por las calles de Manhattan y llegó hasta donde se encontraba. No recibió de frente la gigantesca nube gris que envolvió las cuadras inmediatas, pero terminó cubierto por una capa gruesa para descubrir, horas después, que el shampoo no hacía espuma cuando intentaba bañarse.

Manhattan quedó envuelta en una nube de polvo tras la caída de ambas torres | Agencia Notimex


A las 8:46 de la mañana, el vuelo 11 de American Airlines había impactado la Torre Norte. A las 9:03, el segundo avión golpeó la Torre Sur. Después llegaría la noticia del ataque al Pentágono y del cuarto avión que terminaría estrellándose en Pennsylvania. A las 9:59 ocurrió lo que hasta ese momento parecía inimaginable: la Torre Sur comenzó a colapsar. La estructura tardó apenas unos segundos en desaparecer. A las 10:28 cayó la Torre Norte. Las cuatro aeronaves habían sido secuestradas por diecinueve integrantes de Al Qaeda. Al final del día, 2 mil 977 personas habrían sido asesinadas.

No había tiempo para pensar. Regresó al hotel, se quitó el polvo, puso a cargar el teléfono y las baterías de las cámaras y volvió a salir. Su siguiente destino fue el St. Vincent’s Hospital, adonde comenzaban a llegar heridos y familiares que buscaban información. Para cuando miró el reloj eran ya las seis o siete de la tarde. Habían transcurrido casi once horas desde la primera llamada y Ariel tenía la sensación de haber vivido apenas unos minutos. El shock también altera la percepción del tiempo.

Esa mañana no pensó en morir. Eso llegaría después, durante los días siguientes, cuando en Nueva York se vivía un ambiente denso, se podía percibir la incertidumbre en el aire. Ese 11-S ni siquiera tuvo espacio mental para sentir miedo. Hay un detalle casi trivial que hoy utiliza para explicarlo: no existe una sola fotografía suya reportando con las Torres Gemelas detrás. En una época anterior a las selfies, alguien habría podido tomarla. Él mismo pudo haber pedido una. Nunca se le ocurrió. Estaba demasiado ocupado tratando de comprender lo que veía.

Su carrera periodística acababa de comenzar. Otros corresponsales llegaron al 11-S después de décadas de oficio. A él le ocurrió al revés: recibió el acontecimiento que marcaría a una generación de periodistas cuando apenas estaba aprendiendo a ser uno. Y aprendió también a equivocarse.

Los atentados a las Torres Gemelas y al Pentágono, reivindicado por el grupo terrorista Al Qaeda, trajeron un cambio en la geopolítica | Notimex

Ante la desinformación, enlaces sin apartarse del guion

Dos días después de los atentados, el 13 de septiembre, desayunaba en un restaurante cercano al hotel mientras escuchaba la radio con unos audífonos. Un locutor interrumpió la programación para anunciar que aviones de la Fuerza Aérea estadounidense sobrevolaban Afganistán ante la posibilidad de un ataque. Ariel dejó el desayuno, corrió al hotel y llamó a México. El noticiario interrumpió su programación para recibir el reporte. Él advirtió que se trataba de información todavía no confirmada pero la dijo al aire.

Minutos después volvió a colocarse los audífonos y escuchó al mismo locutor corregirse. Había cometido un error: los aviones no sobrevolaban Afganistán sino Estados Unidos. Ariel sintió que las piernas dejaban de sostenerlo. Acababa de reproducir en vivo, ante millones, una información falsa. Llamó inmediatamente a su jefe de información y recibió un regaño merecido. A partir de entonces tendría que escribir sus reportes antes de salir al aire y no apartarse del guion.

Preparó el siguiente enlace devastado por su propio error. Antes de hacerlo encendió la televisión. En pantalla un conductor de noticias, las imágenes de los ataques a las torres en un recuadro y un cintillo informativo que le erizó la piel. Cambió de canal para cerciorarse. Después cambió otra vez. En las horas transcurridas desde su equivocación, aviones estadounidenses habían comenzado efectivamente vuelos de reconocimiento sobre Afganistán. 

Cuando Ricardo Rocha le dio entrada, Ariel respiró y dijo: “Como lo reportamos antes que nadie...”. La suerte también forma parte del oficio, aunque ningún manual de periodismo lo admita.

Mordida, la gran manzana sigue ahí


Ariel regresó muchas veces a Nueva York. Durante meses prácticamente vivió entre México y Manhattan. Después se fue a Europa, estudió la maestría que había ido buscando aquella semana y se convirtió en corresponsal. Cubrió guerras, conflictos diplomáticos, procesos judiciales y algunas de las historias internacionales más importantes de las siguientes décadas. Pero ninguna consiguió desplazar aquella mañana del lugar que ocupa en su memoria.


Nunca buscó terapia para procesar el 11-S. Es partidario de ella y la ha utilizado en otros momentos de su vida, pero no por aquello que vio en Manhattan. Encontró otra manera de regresar al lugar. Cada vez que viaja a Nueva York y sus coberturas lo llevan al sur de la isla, suele caminar hacia el memorial construido donde estuvieron las Torres Gemelas. Ahí existen ahora dos enormes cavidades que reproducen las huellas de los edificios, la ahora nombrada “Zona Cero”. El agua cae permanentemente por sus paredes y alrededor están inscritos los nombres de quienes murieron.

Ariel Moutsatsos ha hecho cobertura de guerras, conflictos diplomáticos y procesos judiciales | Cortesía


No intenta convertir su caminata en una ceremonia solemne. Dice que la visita le produce nostalgia, memoria y una especie de evocación emocional que, de alguna manera, le hace bien. Es miembro fundador del memorial y continúa contribuyendo con él. El periodista que estuvo allí cuando desaparecieron las torres mantiene, un cuarto de siglo después, una relación personal con el vacío que dejaron.

El 11 de septiembre no terminó aquel martes. Está todavía presente en los aeropuertos donde nos quitamos el cinturón antes de pasar por seguridad; en los arcos detectores de los estadios; en las restricciones para subir líquidos a un avión; en las cámaras, revisiones, bases de datos y protocolos antiterroristas que hoy forman parte de la normalidad. Una generación completa ha nacido después de los ataques y vive bajo reglas creadas como consecuencia de una mañana que no conoció.

También está presente en las guerras que siguieron, en Afganistán, Irak, y en una política de seguridad estadounidense que modificó buena parte de las relaciones internacionales del siglo XXI. La respuesta de Washington permitió golpear y debilitar las redes de Al Qaeda y endureció los sistemas de seguridad frente al terrorismo, pero produjo también abusos que siguen proyectando su sombra sobre la justicia que buscaban las víctimas. Ariel terminó encontrándose personalmente con esa contradicción.

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Años después viajó a Guantánamo para cubrir los procedimientos contra Khalid Sheikh Mohammed, señalado como el principal arquitecto operativo de los atentados del 11-S. Entró a una sala y esperó. Cuando Mohammed apareció, algo ocurrió que Ariel no esperaba. Durante unos instantes dejó de observar como periodista. Frente a él caminaba un hombre al que durante años había conocido como nombre, fotografía, expediente y responsable de una tragedia. De pronto tenía cuerpo, movimientos, expresión.


Cuando yo le pregunto por aquel momento, su primera respuesta es el silencio, tal vez haciendo una rápida reflexión sobre lo que fue, y luego se le corta ligeramente la voz. Nunca lo había contado públicamente de esa manera.


Dice que se le fue el aire. Durante unos segundos el resto de la sala desapareció. Su atención quedó concentrada en aquel hombre que avanzaba frente a él. El muchacho de veintitrés años que había visto entrar el segundo avión por la ventana ahora estaba, décadas después, mirando a uno de quienes habían concebido el ataque.


Pero la escena tampoco ofrecía el cierre que podría esperarse de una película. El proceso judicial permanece atrapado en una maraña estadounidense. Las torturas, los llamados “interrogatorios mejorados” –eufemismo que utilizó el gobierno de George W. Bush para referirse a su programa de tortura sistemática implementado por la CIA tras los atentados de 2001–, la ausencia de abogados durante etapas de detención y el limbo jurídico de Guantánamo contaminaron procedimientos y evidencias. Para Ariel, que ha hablado con familiares de víctimas, esa imposibilidad de cerrar judicialmente la historia es una de las heridas que permanecen abiertas.

11-S, veinticinco años después


El 11 de septiembre, el mundo puso sus ojos a las torres que, tras resistir unos minutos de pie, cedieron tras el impacto de los aviones | Notimex


Hay una parte de esta historia que también me pertenece. Aquella mañana yo estaba en México. Ariel estaba en Nueva York. Nayeli consiguió despertarlo. Ricardo Rocha lo puso al aire. Nosotros escuchamos desde una cabina cómo un colaborador que había viajado de vacaciones se convertía, en minutos, en los ojos de un noticiario frente a uno de los acontecimientos más importantes de nuestra generación. Ninguno sabía entonces qué iba a ocurrir con nuestras vidas ni con el mundo después de aquella mañana. Hoy, Ariel Moutsatsos es corresponsal en Estados Unidos. Veinticinco años son suficiente tiempo para que un recuerdo se convierta en historia. El problema con el 11-S es que todavía no termina de hacerlo.


Ariel lo dice con incredulidad. No concibe que haya pasado un cuarto de siglo. Le sorprende encontrar adultos que no habían nacido cuando las torres cayeron. Para ellos, el 11 de septiembre pertenece al mismo territorio de los documentales, los libros y los archivos históricos. Para quienes lo vimos en directo existe todavía una memoria sensorial difícil de explicar: el cielo azul sobre Manhattan, el humo negro, los papeles flotando, las personas corriendo, los rostros cubiertos de polvo y dos edificios que parecían indestructibles desmoronándose frente a millones de telespectadores.


En unos días Ariel volverá a Nueva York para cubrir el aniversario veinticinco. Caminará nuevamente por los lugares que recorrió aquella mañana. Regresará al memorial. Mirará las dos grandes huellas donde estuvieron los edificios y escuchará los nombres de las víctimas. La conmemoración volverá a detenerse a las 8:46, cuando el primer avión golpeó la Torre Norte; a las 9:03, cuando el segundo impactó la Torre Sur; a las 9:37, por el ataque al Pentágono; a las 9:59, por el derrumbe de la Torre Sur; a las 10:03, por el vuelo 93; y a las 10:28, cuando cayó la Torre Norte.


Cuando le pregunto qué le diría hoy al muchacho que estaba en aquel café con el teléfono conectado a la corriente, viendo correr a la gente y tratando de narrar lo imposible, Ariel responde desde el oficio. Le diría que tuviera cuidado con cada palabra porque aquella narración se convertiría en la insignia de su carrera. Que sería corresponsal. Que vería muchas otras cosas. Que tendría la fortuna de dedicarse a aquello que quería hacer. Quizá también podría advertirle algo que entonces ninguno sabíamos. Que las Torres desaparecerían pero aquella mañana no.

La narración del 11/S se convirtió en una de las insignias de la carrera periodística de Ariel | Cortesía


Ariel conserva las imágenes que grabó el 9 de septiembre desde lo alto del World Trade Center. Ahí está todavía aquel Nueva York anterior al ataque. Las personas entran y salen de los elevadores. Los turistas recorren el mirador. Una fotógrafa acomoda su equipo. El muchacho mueve lentamente la cámara mientras registra la ciudad desde un lugar que dos días después dejará de existir. En la grabación nadie corre, ni mira al cielo. Nadie se imagina lo que sucederá dos días después. Nadie.


Quizá ahí radica una de las dimensiones más perturbadoras de ese 11 de septiembre. En unos días Ariel regresará al mismo lugar donde comenzó su carrera. Ya no encontrará las Torres Gemelas al abrir las cortinas. Encontrará dos huecos enormes, agua corriendo sobre piedra y miles de nombres grabados alrededor.


GSC/ASG


  • Enrique Hernández Alcázar
  • Periodista, columnista y conductor de noticiarios con más de 25 años de trayectoria en medios de comunicación. Desde el 2005 conduce el informativo vespertino en W Radio

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