M+.-El candidato progresista de Brasil logró una hazaña nunca antes vista: en 21 días y con la ayuda de un ejército de simpatizantes y militantes de izquierda, Luiz Inácio Lula da Silva sumó 10 millones de votos extra a los obtenidos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales.
La épica del rival de la familia Bolsonaro no sólo consiguió su cuarto mandato en el Palacio de Planalto, sino que contuvo la ola derechista que avanzaba en el continente americano.
El foco está en la proeza de un hombre que tuvo que trabajar desde muy joven, creció para liderar las luchas de sus compañeros, enfrentó a la dictadura militar que lo encerró en prisión y formó un partido político con el que perdió tres veces las elecciones presidenciales.
Su perseverancia rindió frutos hasta los comicios de 2002, cuando accedió al poder en Brasil, consiguiendo la reelección en 2006. Luego fue encarcelado nuevamente en un proceso que el Tribunal Supremo consideró viciado, pero salió de la celda para conseguir una tercera victoria y, finalmente, a los 81 años y contra todo pronóstico, encabezó una remontada histórica.
Con este resultado no solo se convierte en la primera persona que triunfa en segunda vuelta tras haber perdido la primera, sino que también en la primera que obtiene cuatro mandatos populares para ejercer como presidente del Brasil.
Sin embargo, junto a él comparte mérito la gesta histórica de millones de brasileños que salieron a buscar voto por voto, a convencer a los escépticos, los desilusionados, los flojos y los negligentes de la importancia de entregar su voto válido a la democracia, extrayendo sufragios de la tierra reseca para consolidar la participación electoral más alta de la democracia brasileña.
Dichos esfuerzos derivaron en un resultado contundente: si Flávio Bolsonaro añadió 3.6 millones de papeletas, provenientes de otros candidatos que le dieron su apoyo, Lula sumó 10 millones.
De esta cifra, 1.3 millones provinieron de personas que no habían votado en la primera vuelta y 2.9 millones de ciudadanos que sí lo habían hecho, pero en blanco o nulo.
Muchos de ellos, jóvenes y personas con poca instrucción, a quienes fueron a buscar personalmente los activistas movilizados por el canal de WhatsApp 'O Exercito do Lula' (El Ejército de Lula) y también la sorprendente alianza Fandoms do Brasil, formada por muchos clubes de seguidores de artistas y deportistas, tanto nacionales como internacionales.
De esta forma, pudieron derrotar a la coalición ultraderechista de Bolsonaro, formada por grandes empresas y consorcios de medios, un movimiento evangélico y pentecostal que cuenta con iglesias hasta en las más pequeñas localidades, así como una variedad de cacicazgos regionales, con la intervención (actualmente investigada por la Fiscalía) de la empresa Meta (con Facebook y otras plataformas) y el apoyo expreso de los mandatarios de Estados Unidos e Israel.
Un freno al avance de las derechas en el continente
Esta exitosa resistencia paró en seco la llamada Ola Naranja, por el color atribuido a quien la impulsa, Trump, a fin de imponer su Doctrina Donroe (combinación de “Donald” con la bicentenaria Doctrina Monroe), que en menos de dos años logró cambiar el color político de varias naciones.
“Mucha gente a la que logré hacer elegir”, dijo el mandatario estadounidense en septiembre de 2026.
Ante dicha declaración, se sumó Benjamin Netanyahu el 14 de octubre al celebrar que “algo extraordinario está sucediendo en América Latina”, cuando creía anticipar una victoria de Bolsonaro, quien sumaría al Brasil a otros países que se alinearon a Tel Aviv.
Washington logró incorporar a su esquema el llamado Escudo de las Américas a 18 países del continente, a los que se añaden dos que están bajo su control, Venezuela y Haití, para sumar 20.
Aunque el veloz crecimiento de la mancha naranja por América generó la percepción de una ola incontenible, alcanzó su clímax sin haber llegado a controlar al menos la tercera parte de la economía continental (excluyendo la de Estados Unidos) debido a que el PIB de esa veintena de países gobernados por las derechas suma 2.8 billones de dólares.
Por su parte, las tres mayores economías de las naciones con regímenes identificados con el centro progresista o izquierda casi alcanzan esa cantidad: Canadá y Brasil con 2.3 billones, respectivamente, y 1.8 billones de México.
A ello habría que añadir a Uruguay y otros países del Caribe. En total, 14 naciones que no están alineadas con Estados Unidos acumulan un PIB de 6.3 billones. Triplican, bajo esta óptica, a los de la Ola Naranja.
Trump está abiertamente enfrentado con los mandatarios de Canadá y Brasil (Mark Carney y Lula) y sus favoritos fracasaron en derrotarlos electoralmente, mientras que la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, aunque se mantiene en buenas relaciones con el estadunidense, no ha permitido el ingreso de su país a territorio azteca. Su partido Morena, encabeza con amplio margen los sondeos de preferencias.
Paralelamente, las encuestas pronostican una derrota de Trump y la pérdida de ambas cámaras del Congreso en las elecciones legislativas de la siguiente semana, lo que probablemente limitará su margen de acción.
El Ejército de Lula y los clubes de fans
El viernes 23, el canal O Exercito do Lula, dirigido por el diputado federal André Janones, se convirtió en el segundo mayor del Brasil, con un crecimiento relámpago que lo hizo pasar de unos 50 mil seguidores, tras la derrota de Lula en la primera vuelta del 4 de octubre, a 10 millones en sólo tres semanas. Esta es una medida de la movilización excepcional de la campaña lulista.
Janones enviaba audios con instrucciones concretas: "compartan esta publicación, inviten a tres personas, participen en esta conversación, respondan a este contenido".
Muchos otros grupos sociales intervinieron en la apresurada campaña de emergencia para contener a Bolsonaro. Por ejemplo, los colectivos feministas y de la comunidad LGBTQIA+ advirtieron sobre la misoginia y la homofobia, características del bolsonarismo, así como su disposición a recortar sus derechos.
Pero la sorpresa la dieron los fandoms, las agrupaciones de seguidores de artistas y deportistas que, por lo general sin consultar o involucrar a sus ídolos, también activaron el modo electoral.
No es la primera vez que los grupos de fans del K-Pop, muy organizados a través de redes sociales, intervienen en política. En Estados Unidos, lograron sabotear y vaciar los mítines de Donald Trump en 2020. En Colombia, en 2022 y 2026, apoyaron a Gustavo Petro.
Pero lo de ahora alcanza otro nivel. El movimiento Fandoms pelo Brasil reunió a cientos de comunidades en el país y en el extranjero para emerger como un aliado capaz de alcanzar a nichos desmovilizados de la juventud.
AG