M+.- La primera vez que Miguel Yáñez, un ingeniero en software, escuchó que alguien “nunca había conocido a un mexicano” fue en el centro de esta ciudad del estado de Pensilvania, al noreste de Estados Unidos.
Ocho años después, tal afirmación no solo sería increíble, sino imposible.
“Aquí se necesita a muchos tipos de migrantes para su proyecto de ciudad”, dice Yáñez, quien dejó su trabajo en BBVA, en la Ciudad de México, cuando se enteró de que PNC Bank buscaba un perfil como el suyo y peleó por esa vacante. “En Pittsburgh hacen falta desde científicos hasta constructores”.
No es una exageración. Tras el desplome de la industria del acero, que redujo casi a la mitad la población de Pittsburgh entre las décadas de 1970 y 1990, la ciudad apostó por la tecnología, la investigación científica y la salud para reinventarse.
Carnegie Mellon y la Universidad de Pittsburgh, con presupuestos de investigación que rondan los mil 500 millones de dólares anuales, forman el talento que alimenta ese ecosistema, en el cual operan empresas como Google, Apple, Amazon, Microsoft, Intel, Bosch, Meta, Caterpillar.
Se buscan desde albañiles hasta ingenieros
Carnegie Mellon construye además el Robotics Innovation Center, mientras UPMC consolidó uno de los mayores sistemas hospitalarios del país, con más de 40 hospitales, 100 mil empleados, cinco mil médicos y más de cuatro millones de asegurados.
En medio de esa transformación, la ciudad necesita perfiles del estilo de Miguel Yáñez tanto como albañiles capaces de ampliar hospitales, levantar laboratorios, construir viviendas y acondicionar las oficinas donde trabajan los ingenieros, electricistas, pintores, personal de limpieza y restauranteros.
“Esta ciudad ha vuelto a crecer gracias a una nueva inmigración”, reconoce Guillermo Velázquez, director ejecutivo de la Corporación de Desarrollo Hispano, quien llegó aquí desde México en 2007 mediante un programa de intercambio para jóvenes emprendedores y hoy despacha en una oficina acristalada salpicada de banderas latinoamericanas.
Durante los años ochenta, noventa y principios de los 2000 —recuerda—, la población latina de Pittsburgh era mínima.
Principalmente, eran profesionistas con estudios universitarios que llegaban contratados por empresas, investigadores o estudiantes que decidían quedarse.
“Eran personas bilingües, con recursos y poca necesidad de organizaciones de apoyo. El cambio llegó con la crisis inmobiliaria de 2008. Mientras gran parte del país frenó la construcción de vivienda, Pittsburgh mantuvo un mercado activo y comenzó a desarrollar nuevos complejos habitacionales”.
El interés por atraer empresas y retener el talento que formaban sus universidades incrementó también la necesidad de trabajadores de la construcción, un sector en el que los latinos tienen amplia experiencia.
Provenientes de estados como California, Indiana, Kentucky y Tennessee, llegaron de forma temporal, pero terminaron estableciéndose.
“Descubrieron que el costo de vida era mucho más bajo que en otras ciudades estadounidenses. Primero llegaba uno de los integrantes de la familia y, con el tiempo, trasladaba al resto”, describe Velázquez.
Mexicanos, puertorriqueños, colombianos, venezolanos, guatemaltecos, hondureños, salvadoreños y dominicanos terminaron por transformar el rostro migratorio de la ciudad.
Crece población hispana
Ese cambio también quedó registrado en los censos. De acuerdo con un análisis del Centro de Investigación Social y Urbana de la Universidad de Pittsburgh, la población hispana local creció 67% entre 2010 y 2020, mientras que otras zonas del condado de Allegheny registraron incrementos superiores al 80 por ciento.
Según otros cálculos, mientras la población total de Pittsburgh siguió disminuyendo —alrededor de 1.3%—, la de migrantes internacionales creció 19 por ciento.
Hoy representan el 18% de los trabajadores en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas; el 16% en educación; el 13% en manufactura y más del 30% en la construcción.
“En el caso de los latinos, el problema no es encontrar trabajo, sino quién les rente una vivienda”, dice Guillermo Velázquez.
Sin historial crediticio, muchas familias son rechazadas por los propietarios. Por ello, la Corporación Hispana de Desarrollo sirve como intermediaria entre ambas partes. Así ha ayudado a más de mil latinos a conseguir vivienda, mejorar su inglés, incorporarse al sistema bancario, cumplir con sus obligaciones fiscales e incubar negocios.
La organización ha acompañado a unas 250 empresas: 30% pertenece al sector de la construcción, 27% a restaurantes y alimentos y 18% a servicios de limpieza, que en conjunto han generado una derrama económica cercana a 50 millones de dólares en un año.
“No queremos que nos vean como migrantes —aquí todos tienen un pasado de inmigración—. Queremos que nos vean como empresarios, como familias que generan riqueza y contribuyen a la economía regional”, afirma Velázquez.
ICE mete sus narices
El 9 de julio, Mike Morales y su equipo de nueve trabajadores pintaban el interior de una casa y acarreaban piedra en Chippewa Township, una comunidad residencial ubicada a 64 kilómetros de Pittsburgh, cuando llegaron seis agentes de la policía local acompañados por otro tanto de ICE y se llevaron a ocho trabajadores.
“Cayeron de sorpresa y yo no pude hacer nada porque uno de ellos me apuntó con un arma muy cerca de mi cabeza y dijo: ‘Levanta las manos y tírate al suelo’”, cuenta en entrevista con MILENIO en el lugar de los hechos, donde ahora intenta sacar adelante la obra.
“Yo no me resistí, aunque soy legal, porque ya han matado a otros, como hemos visto”.
Aquel día, las autoridades rodearon la casa con las armas desenfundadas y dejaron inconcluso el trabajo. En esa comunidad se construyen entre 100 y 115 viviendas; ya terminaron unas 60 o 70 y todavía faltan alrededor de 15 para concluir esta etapa.
“El plan era que todo quedara listo en agosto, pero ya se retrasó: ya no hay nadie que quiera venir aquí”, lamenta Mike Morales, quien fundó su empresa hace cinco años, después de un largo proceso para regularizar su situación migratoria desde que llegó de Sultepec, Estado de México.
Para contratar a alguien, solicita ciertos documentos y un seguro que él mismo ayuda a tramitar para declarar correctamente los impuestos al final del año. Como pequeña empresa, no está obligado a verificar el estatus migratorio de sus trabajadores.
Aunque hay escasez de mano de obra, tampoco existen plazas para traer personal de México con visas H-2B. “El problema es que no las están dando”.
Ahora Mike pinta solo una obra pensada para diez personas. Su empresa participa en distintos proyectos de construcción y, cuando tiene disponibilidad, trabaja como subcontratista para otras compañías. Así ocurrió en Chippewa, como en tantas otras obras.
“Nunca nos había pasado algo como lo de ahora”, lamenta frente a una sección del complejo residencial que quedó a medio construir.
A lo lejos se alinean otras casas terminadas, blancas, con techos a dos aguas, pequeños porches de madera con vitrales y jardines impecables, donde arbustos de distintos tamaños, plantas ornamentales y grava oscura forman un paisajismo colocado por manos migrantes.
Las viviendas habitadas lucen macetas con flores y plantas colgantes. Mike Morales está convencido de que desde alguno de esos hogares llamaron a La Migra. Él mismo grabó un video el día de la redada en el que aparece una pareja que salió al encuentro de los agentes para saludarlos.
“Estaban riéndose con los policías y con los agentes de ICE”.
Aunque ICE ha operado durante años en el oeste de Pensilvania, líderes comunitarios y organizaciones de apoyo a migrantes coinciden en que fue a partir de 2025, con el endurecimiento de la política migratoria federal, cuando su presencia se volvió mucho más agresiva en la región: en promedio, detiene a 14 personas al día en el estado.
En el condado de Beaver, el sheriff firmó el acuerdo federal 287(g) para colaborar con ICE, igual que el vecino condado de Butler y otros 28 de los 67 condados de Pensilvania.
Pittsburgh no lo ha firmado, pero tampoco puede impedir la presencia de la autoridad migratoria.
Miguel Yáñez, el ingeniero mexicano, resume la postura de los habitantes de la región con una metáfora: “Es una cebolla de tres capas”.
La primera es la de las universidades, donde existe una amplia apertura hacia la multiculturalidad y la diversidad. La segunda abarca el centro de la ciudad y las zonas cercanas a los ríos, donde otras culturas son aceptadas, aunque todavía existe cierto recelo. La tercera corresponde a los condados, donde viven muy pocos latinos.
“Ahí está la principal resistencia”, concluye.
Aun así, Mike Morales recibió algunas muestras de solidaridad en aquel suburbio, quizá de estadunidenses recién llegados de otros estados. Después del operativo, algunos vecinos se acercaron para decirle que no estaban de acuerdo con lo ocurrido.
Le preguntaron en qué podían ayudar. Mike respondió que ya era tarde, que se habían llevado a todos sus compañeros. Entonces comenzaron a recoger las herramientas que habían quedado tiradas por toda la obra tras la redada.
Con tiempo a contrarreloj y aferrados
A lo lejos del lugar de la redada, otra obra sigue operando a contrarreloj. Dos centroamericanos suben y bajan por escaleras de madera, colocan cables y manejan el taladro.
“Hay un riesgo, pero necesito el trabajo”, dice el más joven, vestido con bermudas de mezclilla, playera de algodón y una gorra echada hacia atrás.
“Ando a la que Dios quiera porque en todos lados está igual; hay riesgo en todas partes”, dice antes de volver a lo suyo, con una estrategia lista por si tiene que salir huyendo: guantes en mano, mochila ligera y una posible ruta de escape por las ventanas que todavía no tienen cristales, las mismas que algún día ocuparán jóvenes profesionistas de la industria tecnológica.
Porque ni siquiera los inmigrantes altamente calificados tienen garantizado su futuro en Pittsburgh. Miguel Yáñez recuerda que una de sus primeras experiencias al llegar fue cuando se sentó junto a otra persona en un autobús y, de pronto, el hombre comenzó a gritarle.
No entendía qué sucedía y se asustó, hasta que alguien le explicó que el pasajero no quería que se sentara a su lado porque, cuando hay asientos disponibles, en el transporte público estadounidense la gente suele evitar sentarse junto a otra persona.
“Yo no conocía esa costumbre y simplemente ocupé un asiento libre. Más tarde entendí que, además de esa diferencia cultural, probablemente influyó el hecho de que yo fuera latino”.
En el terreno migratorio, el panorama tampoco es terso. Los cambios de gobierno modifican constantemente las reglas y resulta difícil planear el futuro a dos o tres años, reconoce. Esa incertidumbre condiciona decisiones tan importantes como comprar un automóvil, indispensable para enfrentar el invierno.
“Comprar un automóvil o una casa implica preguntarte cuánto estás dispuesto a perder si la visa no se renueva o si un permiso migratorio se retrasa”, explica.
Hace algunos años incluso era más barato comprar una vivienda que pagar renta durante todo un doctorado, pero muchos estudiantes no podían hacerlo porque, si perdían su estatus migratorio, apenas disponían de unos 60 días para abandonar el país.
Las oportunidades para continuar con un posdoctorado, realizar investigaciones o integrarse a proyectos entre universidades y empresas también dependen del estatus migratorio. Muchas compañías prefieren no contratar a alguien cuya permanencia legal es incierta dentro de uno o dos años.
Como sea, si no nacieron en Estados Unidos, no la tienen sencilla, aunque la ciudad haya intentado amortiguar los golpes: prohibió a sus empleados colaborar con ICE, creó una Oficina de Asuntos de Inmigrantes y Refugiados y lanzó el programa que facilita a los inmigrantes el acceso a servicios públicos “Welcome to Pittsburgh”.
RM