DOMINGA.– Lo que más le sorprendió de la guerra no fueron las explosiones ni el silbido de las balas. Fueron los sonidos del cuerpo al quebrarse. El chorro de sangre que brota de una herida abierta. La carne desprendiéndose de manera inevitable. Sonidos que, dice, nunca abandonarán su memoria. “Se escucha diferente. No como te lo muestran las películas. Se escucha crudo”.
Comando CM habla desde Ucrania. Estoy ante uno de los mexicanos que integran la Brigada Jartia –también conocida como Khartiia–, la unidad de élite de la Guardia Nacional creada en 2022 en la región de Járkov y que recluta voluntarios extranjeros para combatir la invasión rusa. Deportado de Estados Unidos en 2025, llegó a México y, como siempre quiso ser militar, a inicios de este año decidió unirse a un grupo de asalto cuya función táctica es romper líneas defensivas enemigas, tomar trincheras, limpiar edificios fortificados y recuperar posiciones estratégicas.
En la mano derecha, lleva tatuados los huesos de sus falanges. Es una mano descarnada, la mano de la muerte, con la que este joven de unos veinte años empuña un fusil AK para defender una tierra que no es la suya, en uno de los frentes de batalla más crueles del mundo. La imagen funciona como una metáfora inevitable: la muerte es también la mano con la que combate a los rusos.
“La guerra se escucha y se ve muy fea en persona. Es algo que uno no está acostumbrado a ver. Pero después te acostumbras porque eso ves a cada rato: cuerpos tirados, cuerpos mutilados, cuerpos muertos… de todo”, dice.
Vivir la guerra también es aprender a reconocer sus sonidos. El estampido seco de un fusil. El silbido de un proyectil antes del impacto. El estruendo de la artillería que hace vibrar la tierra. Eso le recuerda la primera vez que llegó a Ucrania, durante su entrenamiento se alojó en una casa situada a unos veinticinco kilómetros del frente de combate. La distancia, sin embargo, era una ilusión. El rugido de los cañones hacía parecer que los enfrentamientos ocurrían apenas del otro lado de la puerta. Cada explosión sacudía los muros. Cada detonación hacía temblar el piso, era el terremoto de la guerra recorriendo la casa.
“Se escuchan muchísimos disparos, bombas… Al principio lo que más me impactó fue la artillería. Aunque nosotros estábamos lejos del frente, las casas se movían como si estuviera temblando, se iban de un lado a otro, igual que en los sismos que vivimos en México”.
El conflicto, que comenzó con la anexión rusa de Crimea en 2014 y se intensificó de manera drástica con la invasión a gran escala de 2022, ha dejado más de un millón de muertos entre militares y civiles. Las estimaciones sitúan las bajas rusas entre 400 y 450 mil militares, mientras que las bajas ucranianas oscilan entre 125 y 150 mil soldados. A ello se suman más de 15 mil civiles muertos cuya identidad ha sido confirmada por las Naciones Unidas.
“Todos nacimos para morir”, dice Comando CM, sin alterar el tono de su voz. “Así que no tiene sentido vivir con miedo. Uno sabe a qué viene, sabe que puede perder la vida, pero no puede pelear pensando en eso. Yo siempre entro con una sola idea: que voy a salir bien”.
La guerra en Ucrania recluta latinos en TikTok
La puerta de entrada a la guerra en Ucrania no es una oficina de reclutamiento ni un cuartel militar, es la pantalla de un teléfono celular. Así fue cómo Comando CM y otros latinoamericanos encontraron el camino hacia el conflicto bélico que inició Putin en contra de la nación de Zelenski. “Pues me enteré del escuadrón por TikTok. Veía videos y ahí te informas de todo. Me comuniqué con la brigada y ellos me explicaron todo. Desde ahí me pidieron un WhatsApp y comenzamos a platicar”.
Desde 2022, el gobierno ucraniano puso en marcha el Centro de Reclutamiento para Extranjeros (Foreign Recruitment Center), una plataforma oficial que busca incorporar voluntarios de otros países a las Fuerzas de Defensa de Ucrania. A través del portal de JoinUArmy y de perfiles en TikTok, Facebook, Instagram y otras redes sociales, la campaña difunde videos de combate, testimonios de soldados extranjeros y ofertas para incorporarse a unidades militares.
Jaguar es otro combatiente mexicano que en un video dice estar retirado de la Marina y destaca la capacitación que ha recibido como voluntario, sobre todo en tema de tecnología: “tenemos que recordar que ahorita Ucrania es, se podría decir, el pionero en la guerra de drones, entonces la capacitación que se lleva aquí es muy buena, muy importante y a la vanguardia”. El mexicano asegura luchar por la libertad para “crear un futuro mejor para la gente que viene atrás de nosotros, en este caso pues los niños, luchar por un futuro mejor para todos”.
En la página web, el ejército ucraniano ofrece contratos para infantes, operadores de drones, ametralladores, zapadores, conductores y otros perfiles. Los aspirantes deben tener entre dieciocho y sesenta años, carecer de antecedentes penales, aprobar evaluaciones físicas y médicas, además de firmar un contrato de servicio. También se promete entrenamiento militar, uniforme, alimentación, atención médica, vacaciones pagadas y apoyo logístico. Cada misión puede durar desde cinco hasta veinte días, depende de la efectividad del equipo y la dificultad del territorio; una vez que se ha cumplido reciben unos días de descanso en una casa segura mientras esperan otra misión. Ese concepto, casa segura, se refiere a espacios secretos alejados del frente de batalla, del que los rusos no saben su ubicación.
Los videos publicados por la propia campaña muestran a combatientes provenientes de Perú, Colombia, Brasil, México, Argentina y otros países latinoamericanos narrando sus experiencias en el frente, la mayoría tiene experiencia previa como soldados, marinos o policías, pero también hay profesionistas que se suman en labores propias de su formación, como médicos, enfermeros y cocineros. El mensaje es claro: cualquier extranjero dispuesto a combatir puede convertirse en parte de las fuerzas ucranianas. De acuerdo con el Ministerio de Defensa de Ucrania, América Latina es de las principales regiones de origen de estos voluntarios.
Mientras la información publicada por la Legión Internacional –cuyo sitio web ha sido cuestionado incluso por su veracidad– señala que los voluntarios deben cubrir inicialmente los gastos de su traslado hasta Polonia, para luego recibir apoyo logístico rumbo a Ucrania. Comando CM asegura que, una vez aceptado por la Brigada Khartiia, prácticamente todo el recorrido fue financiado por la propia unidad.
“Tuve que pagar mi vuelo de México a Bogotá. De ahí en adelante ellos me pagaron los boletos, el hotel, la comida... todo, hasta llegar aquí. Y ya estando aquí siempre te pagan todo. Es lo bueno”. La explicación parece encontrarse varios miles de kilómetros antes del frente de batalla.
Desde el inicio de la invasión rusa, Colombia se convirtió en uno de los principales puntos de reclutamiento para las unidades internacionales. Cientos de exmilitares colombianos, con décadas de experiencia en combate interno, comenzaron a viajar hacia Europa del Este para incorporarse a brigadas como Khartiia o la Unidad Guajiro. Con los meses, algunos ascendieron a sargentos e instructores y hoy forman parte de la estructura encargada de recibir, entrenar y trasladar a nuevos voluntarios provenientes de distintos países de América Latina.
Para muchos mexicanos, el viaje no comienza en Kiev, sino en Bogotá, con el aliciente de ser recibidos por una brigada que tiene el español como idioma.
Hasta 180 mil pesos para combatir la guerra en Ucrania
La primera vez que Comando CM viajó a Ucrania salió de México sin saber cómo sonaba una guerra. El 7 de febrero de este año abordó un vuelo desde Cancún con destino a Madrid. Después vinieron otros aviones, escalas y horas de espera hasta llegar a Polonia. Ahí comenzó el último tramo del viaje: dos o tres días en autobús atravesando carreteras europeas rumbo a Kiev, la capital ucraniana.
El 12 de febrero cruzó la frontera. Un sargento lo esperaba para llevarlo a una casa donde comenzaría el entrenamiento, no en un cuartel, sino en una vivienda adaptada para recibir a los voluntarios extranjeros. Ahí pasó entre quince y veinte días aprendiendo a sobrevivir antes que a combatir. “El entrenamiento es muy duro. Te preparan para todo tipo de ocasiones. Hay gente que se especializa en drones, otros en artillería, otros en trincheras. Yo estoy en un grupo de asalto. Vamos a reventar trincheras”, dice sin temor, con una sonrisa en el rostro que contrasta con sus palabras.
Su primera estancia duró tres meses. El tiempo suficiente para descubrir que la guerra no sólo deja cicatrices en el cuerpo, sino también en la memoria. “Lo más fuerte es ver gente muerta. Pero uno se acostumbra, ¿sabe? Lo más difícil es perder amigos. Convives con ellos todos los días, como si fueran hermanos, y después ya no están”, dice y se le borran las arruguitas de sus ojos, donde tiene tatuado un corazón.
Regresó a México pero apenas fue un paréntesis. En junio de este mismo año volvió a emprender el mismo camino hacia Europa del Este. Esta vez ya no viajaba con la incertidumbre del primer voluntario. Conocía el estruendo de la artillería, el olor de la pólvora, el miedo que provoca el zumbido de un dron sobre la cabeza… la muerte susurrando su nombre al oído, erizándole la piel.
“Hay que tener la mente fría siempre. Andar precavido de los drones, porque eso es lo que más miedo da. Un dron te detecta desde kilómetros. Te mutila, te destroza. Siempre hay que estar escuchando todo”, dice. Ahora integra la Brigada Latina de Khartiia junto a otros combatientes. “La verdad es de lo mejor porque estás con gente que habla tu mismo idioma”.
“Todos los ucranianos son muy buenos con nosotros por ser extranjeros que peleamos por su país”, sigue narrando. Quizá por la emoción o compromiso, pero Comando no se queja de las diferencias climáticas o culturales con aquel país, sobre todo por estar cobijado por otros latinoamericanos. “Al clima te acostumbras, los inviernos son muy fríos, pero trabajo es trabajo; la comida en mi Unidad la hacen los latinos, así que no hay mucha diferencia en eso”.
Esta segunda ocasión, CM firmó un contrato por tres años, aunque puede solicitar la baja después de seis meses de servicio. Su sueldo depende del tiempo que permanezca en el frente y del tipo de misiones que realice, pero dice que un combatiente puede recibir entre ocho y diez mil dólares mensuales cuando participa en operaciones de asalto, es decir, hasta 180 mil pesos, lo suficiente para convertir la guerra en una oportunidad económica imposible para los jóvenes latinoamericanos.
Hace apenas unos meses salió de Cancún sin saber cómo sonaba una guerra. Hoy regresó al frente y habla de drones, trincheras y compañeros muertos con la naturalidad con la que otros recuerdan su primer empleo. La guerra también cambia el idioma de quienes sobreviven.
Nadie sabe cuántos mexicanos están en Ucrania
Comando CM no es un caso aislado. Desde hace al menos dos años, mexicanos han viajado a Ucrania para incorporarse como voluntarios a distintas unidades militares. Sin embargo, nadie sabe con certeza cuántos son. No existe un registro público sobre el número de mexicanos que combaten en el frente, cuántos permanecen desplegados, cuántos han regresado al país o cuántos han muerto. Tampoco existe una postura pública clara del Estado mexicano sobre un fenómeno que ocurre a miles de kilómetros de distancia, pero que involucra directamente a ciudadanos nacionales.
Como parte de esta investigación, DOMINGA solicitó a la Secretaría de Relaciones Exteriores información sobre el número de mexicanos identificados en la guerra, las acciones de protección consular implementadas y la postura oficial respecto a quienes se incorporan voluntariamente a las fuerzas armadas ucranianas. Hasta ahora la dependencia no ha respondido a la solicitud. Los pocos casos conocidos han salido a la luz por circunstancias excepcionales.
En 2025 se confirmó la muerte de dos mexicanos en combate. El primero fue Carlos Jesús González Mendoza, un joven de veinte años originario de Juventino Rosas, Guanajuato, quien había considerado ingresar a la Guardia Nacional antes de viajar a Ucrania y enlistarse en la Legión Internacional. Murió durante un bombardeo ruso pocas semanas después de incorporarse al frente.
Meses más tarde falleció Mario Alberto Lover Martínez, exintegrante de la Policía Federal y originario de Ciudad Ixtepec, Oaxaca. Combatió durante ocho meses antes de morir en otro ataque ruso. Su familia enfrentó durante semanas los trámites para localizar y repatriar el cuerpo. Sin embargo, de acuerdo con el flujo de personas que se han unido, la cifra real podría ser mayor, pues muchos utilizan alias militares y algunos fallecimientos nunca llegan a hacerse públicos en México.
Apenas unos días después de que Comando CM regresó a Ucrania para iniciar su segundo periodo de servicio, otro nombre mexicano volvió a aparecer en la guerra. El 7 de julio de 2026, un tribunal de la autoproclamada República Popular de Donetsk, territorio ocupado por fuerzas prorrusas, condenó en ausencia a Gilberto Ramos Arreguín a catorce años de prisión por el delito de mercenarismo. Según las autoridades rusas, el mexicano combatió junto a las fuerzas armadas ucranianas entre 2022 y 2026 y recibió una remuneración económica por ello. La sentencia también ordenó el decomiso del dinero que presuntamente obtuvo durante su servicio.
Pero estos casos son apenas nombres dispersos. Detrás de ellos existe un fenómeno mucho más amplio del que no hay estadísticas oficiales, diagnósticos gubernamentales ni investigaciones públicas. Mientras la guerra continúa, los mexicanos siguen llegando al frente. Pero en su propio país casi nadie habla de ellos.
Elegir volver a México y dejar la guerra de Zelenski
La última vez que pude hablar con Comando CM había regresado al frente. Los mensajes llegaron con pausas, entre periodos de silencio. Un día antes de salir a su descanso, un dron ruso impactó la cuatrimoto en la que viajaba junto con otros compañeros. El vehículo volcó entre la tierra removida por las explosiones y él salió con quemaduras y lesiones menores.
En la guerra, salir caminando ya es una forma de suerte. La muerte, que lleva tatuada en su mano derecha, volviéndose una con su cuerpo, es la otra cara de la moneda. “Muchas cosas se pasan aquí. Van y vienen personas. Se pierden amigos. Se pierde gente que quieres como hermanos porque convives con ellos todos los días y estás lejos de tu tierra. Pero uno viene a hacer su trabajo. Siempre hay que estarse cuidando, para todo”. La guerra ha terminado por normalizar lo insoportable. “Lo más fuerte es ver gente muerta, [...] perder amigos... es lo más duro. Ver a las personas con las que convives y saber que después ya no están. Pero, bueno, es lo que toca”.
Pienso entonces en la primera conversación que tuvimos. En aquel joven que salió de México sin saber cómo sonaba una guerra. En la paradoja de su mano tatuada con los huesos de la muerte y del corazón dibujado junto a sus ojos. En los drones que aprendió a escuchar antes de poder verlos, como forma de supervivencia.
Mientras termino de escribir estas líneas, él sigue allá, a más de diez mil kilómetros de distancia, junto con más voluntarios mexicanos y latinoamericanos que eligieron vivir la guerra, una de las peores pesadillas que la humanidad no ha podido aniquilar. Quizá al momento de que lees esta crónica, CM patrulla una trinchera. Quizá espera el zumbido del siguiente dron. Quizá piensa, otra vez, que va a salir bien.
GSC