M+.- La primera navidad que Loy Joseph pasó en Argentina no hizo mucho más que llorar. La segunda también. La décima no.
Era diciembre de 2024. Esa noche se paró frente a doce músicos y cantantes argentinos. Dio la señal y empezó a sonar el coro góspel que dirige.
“El arte me salvó de la depresión que vivía cuando me empezaba a pesar la realidad del migrante”, dice ahora a MILENIO, con 29 años, desde su casa en Río Negro, una provincia de la Patagonia.
Para Jasmine Daphinis, después de una llegada difícil, angustiante, se reconstruyó haciendo amigas argentinas y puliendo un número de stand-up para burlarse del racismo.
“Conozco el preámbulo de la Constitución, tomo mate amargo, hago mi propio asado, tengo la foto en el Cerro Arco”, dice, como una habitante más de Mendoza, una provincia limítrofe con Chile.
En la experiencia de Maxonley Petit, la llegada a Córdoba fue, ante todo, confusa. Fue estafado al llegar: tenía 19 años y había viajado con la promesa de que todo estaba arreglado — los trámites migratorios, la inscripción en la facultad de medicina—. Pero no, no había nada.
En ese momento, Argentina no pedía visa a los haitianos, algo que cambiaría recién en 2018, y era uno de los países de la región donde más rápido podían resolver su situación. Alcanzaba para apostar. Años después escribió el libro La travesía de los olvidados, sobre esta experiencia.
“Somos una comunidad medio invisible”, dice, explicando su título.
Eddyson Damas tenía un problema en común con otros haitianos que habían llegado a estudiar: para entrar a la universidad necesitaban convalidar el título secundario, lo que implicaba rendir cinco materias: historia, geografía, español, literatura y educación ciudadana.
Entonces varios se juntaron a estudiar, en grupo. De ese grupo nació el Konbit Club Cultural Haitiano, un espacio en la capital cordobesa. El 18 de noviembre de 2017 organizaron su primera actividad pública: el aniversario de la Revolución Haitiana.
“Faltaba un espacio de abrazo para los recién llegados”, recuerda.
Carina Trabalón, investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) que estudió la comunidad haitiana en Córdoba y Rosario, describe la migración de aquella década como un proyecto familiar y generacional: se trataba mayormente de jóvenes que llegaron para estudiar en la universidad pública.
Ninguno de los haitianos y haitianas de esta historia llegó a la Ciudad de Buenos Aires, la capital argentina. Esa es, quizás, la primera cosa que sorprende de su migración en este país.
La segunda: el censo de 2022 contó apenas mil 524 haitianos instalados en Argentina, menos que los nacidos en Japón o en Portugal. Entre 2013 y 2025, 972 decidieron quedarse para siempre: tramitaron la ciudadanía argentina.
Un país que abre sus brazos y después los cierra
El terremoto de 2010, que dejó 200 mil personas muertas y 2 millones desplazadas, provocó una mayor migración de haitianos hacia otros países; además de República Dominicana, Estados Unidos y países francófonos (como Francia o Canadá), fueron los destinos más comunes. Se abrieron otros flujos migratorios hacia Brasil, que otorgó visas humanitarias, y, en menor medida, hacia Chile y Argentina.
En 2004, Argentina había sancionado una ley migratoria pionera en el mundo: declaraba que el derecho a migrar es esencial e inalienable, y garantizaba el acceso a educación y salud independientemente del estatus migratorio.
Además, hasta que la legislación cambió en agosto de 2018, durante el gobierno del conservador Mauricio Macri, no exigía visa consular para el ingreso de personas haitianas en calidad de turistas.
Eso explica en pocas palabras por qué Argentina era "para estudiar" en el imaginario haitiano que recuerdan Eddyson y Maxonley. No era solo una percepción: había leyes que lo respaldaban. En ese momento, la llegada a ese país estaba focalizada en las ciudades de Buenos Aires, pero también en Córdoba y Rosario, en el interior del país.
En 2017, tras el huracán Matthew en Haití, Argentina creó un régimen especial de regularización humanitaria, otorgando residencias temporales a personas haitianas que hubieran ingresado al país como turistas antes del 1 de marzo de 2017 y “no pudieran encuadrar en alguno de los demás criterios establecidos en la Ley de Migraciones para acceder a una residencia temporaria”.
Más de 700 personas lo usaron y obtuvieron un DNI válido por dos años. El problema fue que el programa no contempló renovación ni camino a la residencia permanente.
En 2025, el gobierno de Javier Milei modificó por decreto la ley de migraciones, endureciendo controles migratorios y aumentando las exigencias para el acceso a la ciudadanía. Además, limitó el acceso a la educación y salud gratuitas, un gran polo de atracción para personas extranjeras buscando un mejor futuro en el país.
“Sus considerandos están llenos de frases comunes, estigmas hacia los migrantes y estadísticas tergiversadas”, dice Pablo Ceriani Cernadas, exvicepresidente del Comité ONU de Derechos de Trabajadores Migrantes y Familias.
“Este DNI dificulta lo que mejor funcionaba, que era reducir al máximo la irregularidad migratoria, al imponer exigencias discriminatorias y absurdas para acceder a la residencia, especialmente dadas las condiciones económicas del país”.
Esto, explica el especialista, genera personas en situación de irregularidad, y “es el Estado el que busca vincular la irregularidad con la ilegalidad”.
“Si no tenés un recibo de sueldo de más de un millón de pesos argentinos (13 mil pesos mexicanos), no van a resolver tu caso”, dice Eddyson.
“Empujan a las personas a vivir en una situación irregular”.
Otro de sus impactos, explica Laura Paredes, coordinadora del Área de Capacitación de la Comisión Argentina para Refugiados y Migrantes (Caref), es el miedo en la población migrante.
“A ser detenido, a ser expulsado, a participar de una marcha, incluso acercarse a un hospital”, dice.
“La población haitiana históricamente atraviesa dificultades para el acceso a la documentación argentina por no poder radicarse bajo el criterio de nacionalidad, que es para personas que pertenecen a los países del Mercosur”.
¿Por qué a las provincias?
Argentina no es sólo Buenos Aires. Eso la comunidad haitiana lo sabe bien. Su llegada podrá pasar por esa ciudad pero pronto sigue hacia Córdoba, a Rosario, a Resistencia, a Cipolletti, a Mendoza.
Las ciudades más pequeñas, en las provincias, tienen un parecido con Haití. Lo sienten.
Para Maxonley Petit, el vínculo con los argentinos es distinto según la provincia. En una fiesta en Resistencia, capital de la provincia de Chaco, puede haber la mitad de argentinos y la mitad de haitianos. En las fiestas en Rosario puede no haber ningún argentino. En Buenos Aires “es más difícil, todos andan ocupados, las amistades son más distantes”.
Después de 10 años, Loy puede distinguir entre un neuquino y un rionegrino, dos provincias patagónicas vecinas.
“Cuando llegás, todos los argentinos son iguales”, dice, riendo.
Aunque no hay mucho parecido entre el Caribe y la cordillera de los Andes, Jasmine siente que Mendoza y su país son muy parecidos:
“Yo digo que esta provincia me recuerda mucho a mi país, porque yo me crié en una familia muy religiosa y me hace pensar mucho en las amigas de mi mamá. Siempre hago chiste de las amigas de mi mamá y yo digo que son como las Patricias Mendoza, porque son señoras pipi cucu [fresa]”.
Cuando hace stand up en bares de Mendoza, se para firme en el escenario, con sus trenzas largas, su arito en la nariz, y dice:
“Soy Jasmine, soy de Haití, y no, Haití no está en África. No hago vudú, no soy trabajadora sexual”.
“Con eso la gente siempre queda como un hielo”, se ríe.
Jasmine, que además es lideresa de la Red Migrante Haitiana de Argentina, conoce a Eddyson y a Maxonley a la distancia, pero a veces viajan para eventos culturales que hacen en Córdoba o en Buenos Aires.
En los últimos años de la escuela secundaria, Eddyson Damas se reunía con sus compañeros a pensar dónde migrar. Podemos imaginarlos: chicos de 17 años en ronda, hablando de países, de posibles paisajes, teniendo ideas de cómo serán, cuál será su cultura, algunos compartirán la experiencia de algún conocido que haya migrado a Francia, a Estados Unidos.
Pero hablando con una amiga que ya estudiaba en Córdoba, aún siendo un joven adolescente dudoso, se decidió, porque ese país de Sudamérica no pedía visa y tenía una ley migratoria que le permitía estar en una situación regular más rápido.
“No me gustan las grandes ciudades, me generan un tipo de malestar. Elegí Córdoba como una opción un poco más tranquila y más diversa. Acá hay mucha gente que viene por razones culturales”, explica.
Actualmente estudia ingeniería, pero empezó con sociología, que dice que aplica siempre que puede, pero no cree que se pueda vivir de ello.
Al poco tiempo de habitar Córdoba creó el Centro Cultural Konbit, ya que había cerrado el consulado haitiano en la provincia y él creía que faltaba un espacio organizativo en el cual quien llegara, pudiera ir a preguntar desde cómo pasar la burocracia migratoria hasta dónde alojarse.
Empezó siendo sólo un lugar donde juntarse con otros haitianos a estudiar las materias para validar su título de colegio secundario. Pero con el tiempo, el Konbit terminó siendo un lugar de encuentro, de compartir y festejar la revolución, de difundir la historia y la cultura haitianas.
¿Por qué Argentina y no Estados Unidos?
Cuando llegó Donald Trump a la presidencia, para los haitianos que ya estaban en Estados Unidos nació un miedo general.
“Usaban noticias falsas para acusarnos, decían que estábamos comiendo mascotas. Elon Musk usaba sus redes para asociar a los migrantes haitianos con parásitos, caníbales. Eso generó una situación de miedo en el país y fue afectando a los migrantes haitianos con o sin documentación”, dice Robenson Glésile, que nació en Puerto Príncipe. Él migró a Argentina en diciembre de 2011.
Nunca había reflexionado sobre la migración hasta que él mismo emigró. Al llegar, fue entendiendo este fenómeno tan complejo: “todo el tiempo analizar, observar, interpretar, silencio”.
“Hay discursos antimigrantes en los gobiernos, en el mundo, porque los migrantes es el grupo débil. Se asocian con delincuencia, con que queremos aprovecharnos del sistema de salud, de proyectos sociales”, dice.
Y Argentina, el país que eligió, también está cambiando. No es el abrazo del principio. Pero en el resto del país la fuerza antimigratoria todavía no se siente con la fuerza con la que se expresa en la capital, donde distintos poderes del estado han llevado a cabo redadas, emulando las de ICE en Estados Unidos.
“Córdoba ya es mi casa, siento que soy parte de esta ciudad”, dice.
“Argentina nunca va a ser mi hogar, mi hogar va a ser siempre Haití, pero es mi casa. Los procesos migratorios son permanentes, uno nunca deja de migrar, pero de vez en cuando hay que sentarse y elegir”.
Además, ama que siempre haya una investigación sobre algo en Argentina. La ciencia, el conocimiento.
Muchos de sus amigos que habían venido con él, emigraron hacia Estados Unidos, ilusionados, atravesando el Darién, pasando por muchos países y riesgos; por el narcotráfico, por los animales salvajes, por la patrulla fronteriza, confiando en que Trump iba a hacer las cosas distintas. Pero no.
La pandemia puso en duda la continuidad de muchos haitianos en Argentina, por lo económico, por lo social. Y siempre, dice Maxonley, hay una ilusión de creer que afuera se está mejor.
“Los haitianos nunca fueron bienvenidos en Estados Unidos. Nunca. Y todo lo que podemos decir es que todas las causas son históricas: sabemos que Haití se atrevió con su independencia, que nunca fue bien vista, y hasta ahora sigue siendo un motivo de castigo por haber roto con la esclavitud”, piensa Maxonley.
El mejor amigo de Eddyson migró a Francia para hacer una maestría. Vivió primero en Argentina y después se fue. Cuando llegó de visita, le dijo que no siente lo mismo, que la calidez argentina no la encuentra allá.
“Acá si necesito un poquito de yerba (para el mate) le golpeo la puerta al vecino y me va a atender”.
Ahora, Eddyson trabaja en una empresa que vende repuestos, mientras estudia. Ha trabajado como voluntario en un organismo de niñez, hace traducciones para organizaciones de creole a español o de francés a español.
Maxonley ya lleva el mismo tiempo viviendo en Argentina, en distintas provincias.
“La etapa más consciente la viví acá, maduré acá”, dice.
Lo que les permitió vivir acá fueron los vínculos. Los haitianos forman una red, están siempre en contacto, no importa cuán lejos vivan. Y en eso de habitar distintas provincias, cada quien desarrolla una particularidad distinta, pero siempre cerca del arte: el canto, la escritura, la cultura en comunidad.
Una cultura compartida
La última gran actividad del Centro Cultural Konbit fue la presentación de La travesía de los olvidados. Para Maxonley, el libro llegó como una necesidad. Se trata de una crónica novelada con siete historias sobre el desarraigo, la discriminación y la esperanza de los migrantes haitianos en Sudamérica.
Ahora está inserto en la sociedad argentina. Sin embargo, cree que gran parte de la sociedad argentina no tiene idea de que viven tantos haitianos en el país.
“Yo quería visibilizar la comunidad y sus desafíos, dificultades, y lo bueno también. Muchos de nosotros hemos adoptado al país y lo vivimos como propio”, dice.
Loy Joseph llegó a Cipolletti, provincia de Río Negro, a estudiar psicología.
Canta góspel, soul, afroamericano, funk y R&B. Actualmente tiene el coro de góspel de la Navidad de 2024 que dirige, porque desde chica sabe cantar:
“Acá canté en la iglesia bautista, después me fui e ingresé al coro de góspel de la Patagonia y al año armé mi propia línea”.
Empezó a dar clases de canto en 2020, y con esos ingresos logró comprarse su propio teclado. Su proyecto se llama Al mundo paz es navidad.
“Es mi proyecto, todos los demás son argentinos. Hay una re-movida de góspel”, dice.
Su idea es que no solamente canten en navidad, sino presentarse en otros momentos del año. Ahora está trabajando un góspel argentino, algo territorial.
Cada vez que se reunía con argentinos, Robenson Glésile tenía que dar charlas involuntarias. Todos le preguntaban: de dónde sos, cómo es tu país, dónde queda, qué pasó en el terremoto, hay pobreza, hay violencia.
Sucede todo esto, sí, contestaba, pero uno es mucho más que todo eso. Entonces empezó a hablar de cultura y de la mirada de la política sobre la migración haitiana, el racismo.
En su libro Papiyon Nwa, 'Mariposa Negra', recupera historias de su tierra para hablar sobre todo lo que no tenía tiempo de explicar entre preguntas apresuradas.
“En Haití, cuando fallece alguien, siempre aparece una mariposa negra que se mete en la casa, en el lugar donde vivía la persona […] La presencia de la mariposa negra en la casa nos hace sentir que la persona no se ha ido, su espíritu está visitando el hogar y a sus integrantes”, explica.
“Lo mismo puedo decir de Haití. Su espíritu nunca nos abandona. Es una fuerza que nos sigue a donde vayamos”.
MD