• Estados Unidos no supera el 11 de septiembre: las cicatrices a 25 años de los ataques | Crónica desde NY

A un cuarto de siglo de los atentados en Nueva York, las secuelas médicas por el asbesto, el aumento de la polarización política y el legado del miedo continúan redefiniendo la vida en el país.

Nueva York /
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Cerca de las 08:30 horas, en las inmediaciones del Memorial y Museo del 11 de Septiembre, en el sur de Manhattan, los familiares de las víctimas traspasan una valla y se adentran en el parque donde en unos minutos comenzará la ceremonia. 

Como todos los años, se leerán los nombres de las 2 mil 977 personas asesinadas en los ataques de 2001 y de las seis víctimas del atentado de 1993 contra el World Trade Center. En esta ocasión, cuando se conmemora el vigésimo quinto aniversario, están presentes los cuatro expresidentes vivos, el vicepresidente J. D. Vance y el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. 

Reporteros y camarógrafos llegados de distintas partes del mundo están apostados en la calle, transmitiendo sus informes. A las 08:46, hora en que el primer avión impactó la Torre Norte, comienza el ritual. Las calles aledañas se hunden en un silencio solemne.

Nueva York, en particular, y Estados Unidos, en general, conmemoran un punto de no retorno, el momento a partir del cual, para muchos, todo comenzó a empeorar.

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Polémicas en medio de la conmemoración

En los últimos días, la conversación pública ha girado alrededor de unas 170 mil páginas de documentos municipales divulgadas después de una larga batalla judicial. Los archivos muestran que, en 2001, se encontró asbesto en numerosos lugares inspeccionados y que funcionarios de la ciudad recibieron información preocupante sobre la contaminación producida por el derrumbe del World Trade Center, mientras las autoridades aseguraban públicamente que el aire era seguro. 

Un memorando de octubre de aquel año anticipaba incluso la posibilidad de que la ciudad enfrentara miles de demandas. Los documentos refuerzan las acusaciones de que las autoridades minimizaron los riesgos para acelerar la reapertura del distrito financiero y limitar su responsabilidad. El crecimiento de los casos de cáncer y enfermedades respiratorias ha reavivado las denuncias de encubrimiento y falta de responsabilidad pública.

También ocurrió que Rudy Giuliani pidió que Zohran Mamdani no asistiera a la conmemoración. Dijo sentirse ofendido por su presencia y aseguró, sin fundamento, que el alcalde no reconocía los atentados como una acción del terrorismo islamista. Llegó incluso a compararlo con sus responsables. Sus palabras despertaron otro debate sobre la islamofobia que han padecido los musulmanes en Estados Unidos desde 2001. Mamdani asistió de todas formas a la ceremonia y, cuando se encontró con Giuliani, ambos se saludaron cordialmente.

La conmemoración del 25 aniversario del 11-S reunió a figuras políticas y familiares de las víctimas en el sur de Manhattan. | Foto: AP

El 11-S como una ruptura en la historia

Pero, sobre todo, la ocasión sirve para plantearse una pregunta sobre el significado profundo del 11 de septiembre. En Estados Unidos, una parte del debate gira alrededor de una cuestión contrafactual: ¿los atentados cambiaron por sí mismos el rumbo de la historia o aceleraron transformaciones que ya estaban en marcha? Y también: ¿cuánto del actual malestar social, de la polarización y del crecimiento del populismo de derecha puede atribuirse a los ataques?

Muchos pensadores estadunidenses reconocen en el 11 de septiembre una ruptura histórica. En el ámbito internacional, representa el fin del optimismo surgido de la victoria occidental sobre la Unión Soviética en la Guerra Fría. A partir de los atentados, el gobierno de George W. Bush encontró un nuevo enemigo en las organizaciones terroristas y concentró sus esfuerzos en combatir no solamente a Estados hostiles, sino también a grupos transnacionales y a los países que los protegieran.

La primera consecuencia fue la invasión de Afganistán, presentada como un acto de legítima defensa contra Al Qaeda y contra el régimen talibán que le daba refugio. La doctrina Bush añadió después la idea de la guerra preventiva: Estados Unidos se reservaba el derecho de atacar antes de que una amenaza llegara a materializarse. 

Esa lógica sustentó la invasión de Irak en 2003, aunque Saddam Hussein no había participado en el 11-S, no existía una relación operativa entre su régimen y Al Qaeda y nunca aparecieron las armas de destrucción masiva anunciadas por Washington.

El combate antiterrorista también produjo una política exterior más militarizada y secreta. Estados Unidos estableció prisiones clandestinas, recurrió a métodos de interrogatorio posteriormente reconocidos como tortura y, en enero de 2002, abrió el centro de detención de Guantánamo. La guerra contra un enemigo concreto se convirtió en una campaña mundial, indefinida tanto en su duración como en sus límites geográficos.

Muchos pensadores estadunidenses reconocen en el 11 de septiembre una ruptura histórica. | Foto: AP

En agosto de 2021, ante el avance fulminante de los talibanes en Afganistán, Kabul cayó y Estados Unidos organizó una evacuación caótica desde el aeropuerto. La retirada concluyó veinte años de guerra y devolvió el poder al movimiento que había sido expulsado en 2001. 

El desenlace mostró la enorme distancia entre el objetivo inicial de combatir a Al Qaeda y el proyecto posterior de transformar Afganistán. El fracaso cerró simbólicamente el ciclo de política exterior inaugurado por el 11 de septiembre y exhibió sus enormes costos. Más que los atentados por sí solos, fueron las decisiones adoptadas en respuesta a ellos las que redefinieron el lugar de Estados Unidos en el mundo.

El Estados Unidos que quedó

El 11 de septiembre transformó también profundamente la vida interna del país. La Autorización para el Uso de la Fuerza Militar y otras medidas ampliaron el poder presidencial, permitiendo operaciones en el extranjero sin nuevas declaraciones de guerra. La Ley Patriota facilitó la intervención de comunicaciones, el acceso a datos privados y los registros secretos. Aunque algunas de sus disposiciones fueron limitadas o dejaron de tener vigencia, la infraestructura de vigilancia permaneció.

Las agencias de seguridad nacional y las nuevas estructuras de inteligencia creadas después de los atentados convirtieron medidas excepcionales en instituciones permanentes. La inmigración comenzó a tratarse como un asunto de seguridad nacional: aumentaron las detenciones, las deportaciones, los controles fronterizos y las bases de datos. Musulmanes, árabes, sudasiáticos y sijs padecieron la vigilancia y la discriminación.

La lógica de la guerra también llegó a las ciudades. La transferencia de equipo militar a las corporaciones policiales había comenzado antes del 11 de septiembre, pero los atentados aceleraron y legitimaron el proceso. Tácticas y tecnologías desarrolladas para el campo de batalla fortalecieron una concepción bélica del control de fronteras y espacios públicos.

A un cuarto de siglo, el atentado sigue teniendo un gran peso en la vida pública de Estados Unidos. | Foto: EFE

Pero no todos los males actuales son consecuencia del 11 de septiembre. En un ensayo reciente de The New York Times Magazine titulado Did 9/11 Really Change Everything?, el reportero Charles Homans señala que los atentados fueron, sin duda, un punto de inflexión: produjeron una vigilancia ubicua, guerras con objetivos indefinidos, mayor poder estatal y la militarización de la vida cotidiana. Sin embargo, no originaron por sí solos las fracturas actuales.

Pero según Homans, el extremismo de derecha, el nativismo, las milicias y la polarización ya estaban presentes en los años noventa. El movimiento de las milicias, los enfrentamientos de Ruby Ridge y Waco, el atentado de Oklahoma City y el nacionalismo de Pat Buchanan revelaban la existencia de una derecha radical, nativista y hostil al gobierno federal. Al mismo tiempo, la presidencia de Bill Clinton estuvo marcada por las guerras culturales, la aparición de medios abiertamente partidistas y una polarización creciente.

Los atentados interrumpieron temporalmente esas divisiones. Produjeron una explosión de patriotismo y un respaldo casi unánime al gobierno, pero la unidad fue breve. El 11 de septiembre fue, de manera paradójica, una pausa y un acelerador: permitió ignorar durante un tiempo los conflictos que dividían al país, hasta que regresaron con mayor fuerza.

Donald Trump encarna esa continuidad de la derecha. Su ascenso se alimentó de la islamofobia posterior a los atentados, de las teorías conspirativas sobre Barack Obama y del rechazo a las guerras de Irak y Afganistán, pero también retomó corrientes nacionalistas anteriores. La transformación del Departamento de Seguridad Nacional en un instrumento cada vez más poderoso de control migratorio combina estructuras creadas después de los atentados con ideas nativistas mucho más antiguas.

El Homenaje de Luz se aprecia desde los estanques reflectantes del Memorial del 11- S | Foto: Reuters

El ensayo añade que, para quienes nacieron después de los años ochenta, la gran ruptura histórica quizá no sea geopolítica, sino tecnológica. Internet, los teléfonos inteligentes y las redes sociales modificaron la convivencia, la privacidad y la percepción del pasado. Por eso, el 11 de septiembre aparece finalmente como un capítulo decisivo dentro de una transformación más amplia: aceleró procesos existentes y se mezcló con la revolución digital, pero no constituye el origen exclusivo del presente.

Estados Unidos ya no vive pendiente de un nuevo ataque de Al Qaeda, pero tampoco ha logrado salir del mundo que construyó como respuesta a los atentados terroristas de entonces. Las guerras terminaron o cambiaron de escenario; los poderes extraordinarios permanecieron. La vigilancia se volvió cotidiana y la inmigración comenzó a tratarse como una amenaza. 

Quizá los atentados no hayan creado todas esas fuerzas, pero les dieron legitimidad. Veinticinco años después, las torres ya no dominan el paisaje de Manhattan. Su ausencia, sin embargo, todavía organiza la vida estadunidense. Ese es el verdadero triunfo póstumo del terrorismo: no haber destruido a Estados Unidos, sino haberlo transformado por miedo.

El Homenaje de Luz se aprecia desde los estanques reflectantes del Memorial del 11- S | Foto: Reuters

AH

  • Guillermo Osorno
  • Guillermo Osorno es escritor y periodista. Es autor del libro Tengo que morir todas las noches. Hoy conduce el programa Por si las moscas que se transmite en Canal 22.

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