M+.- El arte de vender helado a −40 °C y recibir premios por destruir edificios: el ingenio mexicano llegó al Ártico
Venden paletas y helados incluso cuando afuera la nieve supera el metro de altura y la sensación térmica desciende a −40 grados centígrados. Demuelen edificios del Ejército estadunidense y privados sin que una sola piedra salga del perímetro, mientras procesan residuos tóxicos y ganan premios por hacerlo.
Así llegó el ingenio mexicano al Ártico: convertido en empresas.
Los inmigrantes en Alaska son fruto de distintas etapas migratorias: la de quienes llegaron hace décadas para trabajar en la pesca o el petróleo; la más reciente, atraída por la construcción; y la de aquellos empujados por razones que van más allá de la economía: salvar la vida.
Representantes de esas migraciones, Daniela y Jesús Villa, propietarios de la paletería La Michoacana, The Last Frontier, y Cuauhtémoc Rodríguez, fundador de Coldfoot Environmental Services, son también símbolos de la irrupción latina en el mundo empresarial.
El empuje empresarial latino ya se mide en miles de negocios. En Alaska hay 3 mil 657 pequeñas empresas de propietarios hispanos, alrededor del cinco por ciento de las 77 mil 814 que operan en el estado, según el Perfil de Pequeñas Empresas 2025 de la SBA.
La mayoría —unas 3 mil 200— son negocios que sus dueños levantan y operan por cuenta propia; otras 457 ya generan empleos.
Con inventiva, los Villa sofisticaron recetas clásicas, crearon otras propias y ya son una referencia en Anchorage, la ciudad más grande de Alaska: flor de cempasúchil, chiles en nogada, aguacate, pétalos de rosa y elote con queso, como el que se vende en las calles de México. Hoy tienen siete empleados.
—¿Maracuyá con mezcal? —pregunta Jesús Villa a una clienta estadunidense que observa la barra de sabores expuesta en botes metálicos y luego recorre el local con la mirada.
En los muros, pintados de rosa mexicano y amarillo, hay colibríes, flores y mariposas desorientadas por el muralista Francisco Ramírez Morales, quien las plasmó batiendo las alas hacia el norte de Canadá y no hacia Michoacán, como ocurre en su ruta migratoria real.
No faltan alusiones a la Danza de los Viejitos, una de las expresiones más emblemáticas de Michoacán, con sus máscaras de ancianos y listones de colores; tampoco a la catedral de Morelia ni a la mariposa monarca.
Al fondo del local, dos mujeres colombianas venden plantas. Están ahí porque los Villa permiten a otros emprendedores promocionar sus productos, en una suerte de solidaridad entre inmigrantes.
A pocos kilómetros, Cuauhtémoc Rodríguez hace algo parecido: levanta su emporio con el apoyo de su familia, sus tres hijos y trabajadores latinos.
Hace poco, él y su equipo demolieron en Fairbanks un edificio de unos 43 metros de altura mediante un proceso tan milimétrico que la Asociación de Contratistas Generales de Alaska (AGC), de la cual forma parte, le otorgó un premio.
“Había un edificio junto al nuestro cuyos dueños eran dos abogados. Yo sentía que estaban esperando a que les cayera una piedrita para demandarnos”, dice Rodríguez a esta enviada, camino a una de sus bodegas de maquinaria pesada. Su empresa posee hoy la excavadora más grandes de Alaska en una historia que pronto contará.
De reojo mira a su hijo Emiliano, de 20 años, quien desde los 16 opera maquinaria de la empresa y ahora conduce a su lado un tráiler sin remolque. Es uno de sus orgullos. “Lo que necesitamos ahora es gente que sepa hacer construcción. No puede haber solo profesionistas sin operadores”, comenta.
El derribo de Fairbanks no fue sencillo. Era la primera vez que demolían un edificio de esa altura en semejantes condiciones. No podían echarlo hacia un costado: tuvieron que cortar el concreto en secciones y utilizar una grúa para sujetar cada pieza, separarla, levantarla y bajarla al suelo.
Una vez fuera del área, otras máquinas equipadas con martillos hidráulicos quebraban el concreto de los muros. Comenzaron desde arriba, piso por piso, hasta que pudieron utilizar una excavadora única en Alaska.
“Le instalamos unas tijeras para concreto y comenzó a cortar, mientras las máquinas pequeñas trabajaban en el interior y en los techos”, recuerda el empresario.
“Las máquinas pequeñas avanzaban por dentro, cortando el concreto. Después, la máquina grande, con su brazo largo, demolió las partes exteriores. Cuando terminaban un piso, bajaban al siguiente y repetían el proceso”.
Era una orquesta calculada al milímetro: máquinas, movimientos y trabajadores. Principalmente latinos, por supuesto, acota Rodríguez.
“Estados Unidos tiene un problema muy serio con los trabajadores de la construcción: no hay. Y los políticos lo saben. La AGC les ha propuesto un plan de contratación temporal y lo han ignorado”.
Parte del éxito de Coldfoot Environmental Services radica precisamente en que aquí se habla español.
La familia primero
Daniela Villa se sonroja cuando su esposo Jesús bromea con que ella fue hasta Cuitzeo por él.
“Mis padres me trajeron a Alaska cuando yo tenía tres años, pero iba y venía a Michoacán y allá lo conocí”, explica. “Mis papás y sus papás son compadres”.
Sonríe de medio lado mientras acomoda banderines mexicanos entre las canastillas que adornan las mesas del negocio, inaugurado el 27 de abril de 2024. El objetivo era sencillo: ser dueños de su tiempo para cuidar a sus dos hijos.
Ahora ella trabajaba como asistente cardiovascular; él, en la construcción y en restaurantes. Comenzaron vendiendo carnitas de cerdo y después abrieron La Michoacana.
—No es franquicia —aclara Jesús, en referencia a las paleterías mexicanas que llevan el mismo nombre y se han popularizado en Estados Unidos.
A estas alturas, La Michoacana rebasa una región e incluso un país. Es, más bien, un estado de ánimo. Así lo siente Cecilia, quien llega a la paletería de Anchorage junto a una amiga. Ambas tiritan de frío, con gorros en la cabeza, aunque el otoño ronda apenas los cinco grados centígrados, todavía lejos de los mínimos de Alaska.
“No me gusta el frío, pero me encanta tomar café frío y comer helado cuando hace frío: es una aventura”, explica con un ice cream en la mano. “Vinimos a La Michoacana porque hay muchas similares en Arizona, que es de donde yo soy, y es bonito venir aquí y ver un pedacito de mi hogar”.
El abuelo de Daniela Villa se habría quedado petrificado de escuchar a Cecilia, una estadounidense anglosajona de Arizona que busca La Michoacana en Anchorage para sentirse en casa, ¡vaya entuerto!
José Mariano Villaseñor fue el primero de esta familia en emigrar a Alaska, en 1963. Un año después ocurrió el histórico terremoto que devastó parte del estado y sus manos fueron necesarias para la reconstrucción. Más tarde trabajó en la industria petrolera.
Aquí alcanzó la amnistía migratoria de 1986, que legalizó a miles de inmigrantes. Se quedó trabajando durante cuatro décadas hasta que se retiró y… ¡Regresó a Michoacán! Antes había arreglado los papeles de sus hijos y nietos, entre ellos Daniela.
“Tuvimos que huir de Michoacán porque intentaron secuestrar a mi papá”, recuerda frente a una pantalla de televisión que muestra imágenes del Centro Histórico de la Ciudad de México: danzantes con taparrabos, plumas y yoyotes lanzan copal en todas direcciones a un lado de la Catedral Metropolitana.
La familia huyó aunque la madre estaba embarazada. Cruzaron la frontera y, durante el trayecto hacia Alaska, nació la hermana de Daniela con solo cinco meses de gestación. Estaba formada, pero sus pulmones y su cerebro aún no se habían desarrollado por completo. Al suministrarle oxígeno, se le desprendió la retina y quedó ciega.
—Quedó dependiente de por vida —reconoce Daniela, al recordar una de las secuelas de aquella migración ligada a la violencia en México. Suspira. Por suerte, hay más historias positivas en su familia y así se exhiben en La Michoana Last Frontier.
Detrás del asiento donde Daniela se encuentra, destacan dos playeras de la selección nacional, una verde y otra negra. Llevan el número 18 y el apellido Vargas.
—Es mi primo —dice.
Obed Vargas es hijo de un migrante originario de Michoacán que soñó con ser futbolista profesional en México. Cuando ese camino se cerró, emigró a Estados Unidos y terminó en Alaska.
Su hijo nació en Anchorage en 2005 y creció jugando futbol en un estado con pocas oportunidades para desarrollarse profesionalmente. A los 14 años dejó Alaska para incorporarse a la academia del Seattle Sounders y, todavía adolescente, debutó en la MLS. Después de representar a Estados Unidos en categorías juveniles, eligió jugar por México.
La historia cerró así un círculo familiar.
El futuro se construye
Vestido de negro hasta en los lentes y con un chaleco fluorescente, Emiliano Rodríguez conduce un remolque reluciente en cuya puerta se lee el nombre de la empresa de su padre: Coldfoot Environmental.
Con los cachetes colorados y el pelo castaño, podría pasar por un hombre de raza blanca local y, hasta cierto punto, lo es por su madre. Pero tiene muy clara su ascendencia.
“No mucha gente puede pasar de no tener nada a, eventualmente, construir algo grande. Así que es muy, muy inspirador lo que mi papá ha hecho para levantar esta compañía, especialmente aquí, tan lejos de donde él viene”, comenta poco después de bajarse de la excavadora más grandes de Alaska.
Su padre lo guió esta mañana hasta Butte, una zona rural entre los ríos Matanuska y Knik, a unos 70 kilómetros de Anchorage, donde guardan parte del equipo frente a montañas cubiertas de nubes.
A Cuauhtémoc Rodríguez le gusta la naturaleza salvaje y gélida del estado, aunque sus abuelos provienen de un sitio más cálido aunque no menos agreste: la provincia zacatecana. Él nació en Los Ángeles, la soleada ciudad que dejó a los 18 años al enlistarse en el Ejército.
Fue trasladado de una base del norte de California a Elmendorf, en Anchorage, donde eleccionaba contratistas y supervisaba proyectos de principio a fin. Durante su servicio también participó en la rehabilitación de una base abandonada en Guam, utilizada posteriormente para recibir refugiados.
En Alaska ayudaba los fines de semana en un rancho con caballos, al norte de Anchorage. Compró un terreno y construyó su casa poco a poco. Estaba prácticamente terminada cuando dejó las fuerzas armadas. Decidió quedarse en Alaska por su afición a la pesca deportiva, la cacería y el hielo.
Al incorporarse a la vida civil, tuvo dificultades para encontrar empleo.
Más adelante, empresas de Texas y Nueva York comenzaron a subcontratarle proyectos completos. Eso lo llevó a fundar Coldfoot, especializada en el retiro de materiales peligrosos y demoliciones. Tiene, además, otra compañía dedicada a rentar y transportar contenedores para escombros.
Una antigua supervisora militar le abrió las primeras oportunidades de contratación en la base. La empresa creció con proyectos militares, federales y estatales y gracias a su participación durante nueve años en programas de la Small Business Administration.
“Aquí hay muchas oportunidades para crear tus empresas”, dice a MILENIO.
En eso coincide con los Villa, quienes levantaron La Michoacana investigando por su cuenta los reglamentos municipales. Pero hace falta algo más: audacia para asumir riesgos.
Cuauhtémoc Rodríguez estuvo cerca de perder su patrimonio cuando le cancelaron un contrato de 12 millones de dólares para el cual había comprado una excavadora de 1.5 millones. Pagaba entre 30 mil y 35 mil dólares mensuales por ella y agotó sus ahorros durante casi tres años de litigio.
Un acuerdo permitió cubrir lo reclamado y liquidar la máquina. Tiempo después, esa misma excavadora participó en la demolición en Fairbanks.
Alaska es territorio para creativos. Emiliano lo observa, aprende y se proyecta hacia el futuro: “Quiero hacer crecer esta compañía tanto como pueda. Para que, cuando llegue el momento, pueda heredársela también a mi hijo”.
IOGE