Cómo compartir de mejor manera la riqueza en EU

La “predistribución” contra la desigualdad implica ceder activos nacionales productivos a un gran sector de la población

Donald Trump toca la campana de apertura de la Bolsa de Nueva York desde la Casa Blanca en una imagen del pasado 6 de julio. AP
Rana Foroohar
Nueva York /
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La desigualdad económica es un tema político importante para los estadunidenses. De acuerdo con una encuesta de Gallup realizada en marzo, la mitad del país “tiene una gran preocupación” por la distribución de los ingresos y la riqueza. Tal vez esto se deba a que una proporción similar de la población carece de los recursos necesarios para cubrir las necesidades básicas, como vivienda, alimentación, medicamentos y atención de salud.

La economía de la IA, donde el ganador se lo lleva todo, lo único que hizo fue agravar estas preocupaciones. Por eso, la semana pasada Donald Trump hizo sonar la campana de la Bolsa de Nueva York y del Nasdaq en la Casa Blanca para promocionar sus nuevas “cuentas Trump”. Estas otorgarán a cada niño nacido entre enero de 2025 y diciembre de 2028 una contribución única de mil dólares del Tesoro, como una forma de, según él, hacer a muchos niños “muy, muy ricos”.

¿Lo logrará? En una palabra, no. Con una rentabilidad anual real de 5 por ciento, esos mil dólares se convertirán en 2 mil 400 cuando el niño cumpla 18 años. Muy bien, pero de ninguna manera es algo transformador. Aun así, el hecho de que incluso Trump (quien ha hecho todo lo posible por aumentar la brecha de riqueza) esté preocupado confirma el debate más amplio en EU sobre lo que algunos teóricos políticos y economistas llaman la “predistribución” frente a la “redistribución” de la riqueza, en un momento en que la desigualdad es mayor que en cualquier otro momento desde la Edad Dorada.

Los socialistas democráticos y muchos progresistas abogan por la redistribución, principalmente mediante impuestos sobre el patrimonio. Los conservadores y algunos demócratas moderados argumentan que la “predistribución” —es decir, dar a más personas una mayor participación en los mercados de valores y en el patrimonio inmobiliario desde el principio, en lugar de buscar una redistribución masiva mediante impuestos— es una mejor idea. Creo que será necesaria una combinación de ambas para preservar la cohesión social en un país que cada vez más se parece a un mercado emergente en su bifurcación de la riqueza.

En el corto plazo, la predistribución puede ser más tolerable políticamente. EU es, ante todo y primero que nada, una economía de activos. Los mercados son el perro que pasea al amo (el pequeño grupo que controla a la mayoría), y cada vez más estadunidenses invierten en ellos. Aun así, el 10 por ciento más rico de la población posee 93 por ciento de la riqueza en valores. La riqueza en activos de los más ricos (los que realizan la mayor parte del gasto de consumo) alimenta la inflación en áreas cruciales como la vivienda. Esto sólo empeorará, ya que todos los nuevos multimillonarios de la IA impulsarán aún más los precios, en especial en los principales mercados.

Si interpretamos a Thomas Piketty y asumimos que el crecimiento de la riqueza en activos casi siempre superará el alza en ingresos, creando importantes fracturas políticas en las sociedades, debemos pensar en maneras de incorporar a más personas al mercado. La alternativa es hobbesiana. La pregunta es cómo hacerlo mejor.

Las contribuciones gubernamentales de única ocasión con contribuciones voluntarias adicionales de las familias suelen replicar la desigualdad: las familias ricas pueden y aportarán más. Las investigaciones nos muestran que esto es así, por ejemplo, con el ahora abandonado Fondo Fiduciario Infantil de Reino Unido. Si bien era admirable, no fue suficiente para abordar la desigualdad, según el Instituto de Estudios Fiscales. Lo mismo ocurre con experimentos similares en Canadá y Australia.

El tipo de predistribución que marca la diferencia en la lucha contra la desigualdad implica la ambiciosa transferencia de activos nacionales productivos a un amplio sector de la población, no pequeñas subvenciones gubernamentales universales ni contribuciones familiares voluntarias.

Pensemos en las reformas agrarias de la posguerra en Corea del Sur, Taiwán y Japón, que eliminaron la agricultura de arrendamiento de subsistencia, aumentaron el poder adquisitivo de los agricultores (lo que impulsó otras áreas de la economía industrial) y redujeron los niveles generales de desigualdad. También se puede señalar la política de vivienda de Singapur como un buen modelo de predistribución que cambia el paradigma, el modelo impulsado por el Estado de propiedad de vivienda casi universal aumentó de manera significativa la movilidad intergeneracional. También existe el modelo de fondo soberano. El Fondo de Riqueza Permanente de Alaska, por ejemplo, ayudó a reducir la pobreza al compartir los ingresos anuales procedentes del petróleo con todos los ciudadanos.

El activo productivo obvio que hay que dividir en la actualidad es la propiedad intelectual y los datos (que representan la mayor parte de la riqueza corporativa) y, en particular, la inteligencia artificial, que es todo el gasto de capital corporativo neto. La riqueza de las grandes compañías de tecnología se basa en la extracción de información de los humanos. Por tanto, no es de extrañar que los demócratas que se encuentran en el punto medio en su postura como el gobernador de California, Gavin Newsom, no hacen un llamado a un ingreso universal básico, sino un capital básico universal tal vez en forma de fondos soberanos de riqueza basados en tecnología del tipo propuesto por OpenAI, el Instituto Berggruen y otros. Esto dará a los ciudadanos una parte de la enorme riqueza de la IA que se está creando hoy. Como dijo Newsom en un evento en mayo: “No necesitamos caridad, necesitamos propiedad”.

La última vez que EU escuchó tanto sobre la “sociedad de propiedad” fue a mediados de la década de 2000, cuando George W. Bush presionó por una propiedad de vivienda más amplia. Eso terminó en lágrimas, ya que los solicitantes de préstamos más pobres y menos solventes se convirtieron en los más afectados por la crisis financiera cuando esos préstamos fáciles se reiniciaron con tasas de interés exorbitantes.

Para que la predistribución funcione no debe consistir en tirarle un hueso al pueblo en forma de un bono de bebé de única ocasión o una hipoteca de tasa variable. Debe tratarse de distribuir la riqueza de forma mayor y más sostenible.


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