El boom de la IA y sus riesgos para la economía global

El auge puede volverse crisis: quiebre de empresas, desplome de valoraciones bursátiles y pérdida de inversión

La tecnología ya desató un aumento extraordinario del capital físico para satisfacer la demanda de enormes centros de datos. DANIEL COLE/REUTERS
Martin Wolf
Londres /
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La inteligencia artificial tiene múltiples implicaciones para la humanidad, la mayoría de ellas aún están muy lejos de ser comprendidas plenamente. Entre sus efectos se encuentra uno tangible y actual: desató un aumento extraordinario del gasto en capital físico para satisfacer la demanda de enormes centros de datos. De hecho, según un fascinante estudio titulado “Financiamiento del despliegue de la IA”, elaborado por Stijn van Nieuwerburgh, de la Columbia Business School, entre 2025 y 2032, la inversión en Estados Unidos promediará el equivalente a 3.6 por ciento del PIB. Esta cifra supera el promedio de 2.2 por ciento que se destinó a la construcción de los ferrocarriles entre 1870 y 1890, y es muy superior al 1.1 por ciento que se invirtió en carreteras entre 1956 y 1973. En realidad, se trataría del mayor auge de inversión registrado en un sector específico.

Algunas de esas transformaciones anteriores se prolongaron durante periodos mucho más largos. Sin embargo, este hecho hace que el despliegue de infraestructura para la IA esté aún más concentrado y, por tanto, que tenga efectos aún más disruptivos. Además, tal como explica Van Nieuwerburgh, el financiamiento de este auge está generando algunos riesgos clásicos, a pesar de la solidez de las grandes compañías —principalmente Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft y Oracle— que encabezan este enorme incremento del gasto.

Además, estos riesgos son de carácter macroeconómico. Los auges pueden transformarse en crisis: las valoraciones bursátiles se desploman, las empresas quiebran, las entidades de crédito sufren pérdidas y las inversiones previstas se desvanecen. ¿Será diferente esta vez? En última instancia, todo depende de la rentabilidad de los nuevos negocios y, en este caso, las expectativas son, sin duda, extraordinariamente altas.

Según el estudio, el gasto de capital conjunto de las empresas pasó de 97 mil millones de dólares en 2020 a 416 mil millones en 2025, con una previsión de 801 mil millones para 2026. En 2020, el excedente de flujo de efectivo operativo, una vez descontado el gasto de capital, fue de 155 mil millones de dólares. Para 2025 seguían contando con un excedente superior a 187 mil millones. Sin embargo, a lo largo de estos años, la proporción entre el gasto de capital y el flujo de efectivo operativo aumentó de 38 por ciento en 2020 a casi 69 en 2025. Para 2026, de acuerdo con las proyecciones, el gasto de capital superará al flujo en 93 mil millones de dólares, situando la proporción en 113 por ciento. Alphabet y Microsoft seguirán destinando al gasto una cifra ligeramente inferior a su flujo de efectivo. En cambio, en el caso de Oracle, el gasto superará dicho flujo en 138 por ciento; en el de Amazon, en 36 por ciento, y el de Meta se situará en niveles cercanos al flujo de efectivo.

Como resultado, se establecen acuerdos financieros más complejos. Así, un auge de inversión provoca expansión acelerada del apalancamiento financiero. Si bien la inversión de los hiperescaladores sigue siendo relevante, “el modelo de financiamiento marginal está cambiando. Desarrolladores especializados en centros de datos, fondos de inversión inmobiliaria, fondos de infraestructuras e inversionistas de capital privado construyen o adquieren instalaciones con mayor frecuencia, para luego arrendar capacidad a los hiperescaladores”.

El resultado, de acuerdo con el informe, es una estructura financiera cada vez más compleja y opaca. En particular, se señala que “la deuda con calificación pública representa apenas una parte pequeña del financiamiento de los centros de datos; volúmenes mucho mayores provienen de préstamos bancarios sindicados y líneas de crédito privado, sobre los cuales existe muy poca información disponible al público”.

En resumen, “el problema central no es que la infraestructura de IA esté expuesta a riesgos tecnológicos y operativos, sino que la estructura de financiamiento del sector puede transmitir y amplificar esos riesgos”. Se trata de un comportamiento que ya se ha observado en la historia financiera. Entre los riesgos para los propietarios de centros de datos figuran: la concentración tanto en los inquilinos como en las fuentes de demanda final; la obsolescencia tecnológica, que obliga a desechar y reemplazar equipos con relativa rapidez, y las dificultades políticas y operativas para hacer viables las inversiones.

Además, añade Van Nieuwerburgh: “Los diseñadores de chips, los proveedores de servicios en la nube, los operadores de centros de datos y los inversionistas en infraestructuras dependen cada vez más unos de otros a través de contratos a largo plazo, inversiones estratégicas y acuerdos de financiamiento”. Esta interdependencia genera fragilidad

El problema no sólo se limita a la IA. El auge de inversiones es tan importante como para tener grandes consecuencias macroeconómicas. Un informe de la Reserva Federal de EU señaló que el gasto en hardware, software y centros de datos contribuyó en más de un punto porcentual al crecimiento trimestral anualizado del PIB estadunidense durante el primer trimestre de este año; una cifra que en parte fue compensada por un aumento de medio punto porcentual del PIB en las importaciones netas de esas mismas categorías.

Tanto el informe Perspectivas de la economía mundial del FMI como un reciente análisis de Matt Klein en Substack arrojan luz sobre los efectos de contagio internacional del auge global de la IA, especialmente en lo que respecta a los productos de Taiwán y Corea del Sur.

Sin embargo, una pregunta es hasta qué punto la “fiebre” por la IA ha contagiado al mercado bursátil, sobre todo en EU. Aquí algunas de las vulnerabilidades resultan evidentes. En primer lugar, las Siete Magníficas (Alphabet, Amazon, Apple, Meta, Microsoft, Nvidia y Tesla) habían impulsado, hasta hace poco, al mercado de valores estadunidense hacia niveles cada vez más altas. En segundo lugar, el mercado presenta valoraciones que rara vez se habían visto antes: un rendimiento real de las ganancias, ajustado cíclicamente, se ubica apenas en 2.5 por ciento, una cifra ligeramente superior a la tasa de interés real actual.

Esto solo tendría sentido si las ganancias de las empresas estuvieran a punto de crecer a un ritmo mucho más rápido que nunca. Sin embargo, en el pasado, siempre que las ganancias han sido tan bajas en relación con los precios de las acciones, estos últimos han sufrido un desplome. ¿Esta vez será diferente el auge impulsado por la inteligencia artificial, con todas sus inevitables incertidumbres sobre la rentabilidad futura, el retorno de una inversión enorme y en rápido crecimiento, y, ahora, la compleja ingeniería financiera que lo acompaña?

A medida que se prolonguen el auge de inversiones y la ingeniería financiera que lo acompañan, mayor será, probablemente, el impacto económico negativo cuando todo llegue a su fin. Esto no significa que la IA, por sí misma, no sea la tecnología transformadora que parece ser; aunque, bien es cierto, sólo una especie a la que le encanta jugar a la ruleta rusa toleraría una empresa (como Anthropic) cuyo folleto informativo advierte que podría generar “riesgos catastróficos o existenciales para la humanidad”. Las nuevas tecnologías han provocado euforias bursátiles y auges de inversión que terminan en crisis. Las recientes turbulencias en los mercados sugieren que esto puede ocurrir ahora con la IA. El regreso a la realidad llegará cuando tenga que llegar. Lo importante es estar preparados.


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