Para entender cuán difícil es hoy la situación de Honda, hay que imaginar la euforia de trabajar como ingeniero para la compañía a finales de 1964: el año de los Juegos Olímpicos de Tokio, del primer tren bala y de la llegada global de Japón como un símbolo veloz y ascendente del futuro.
Pasas tus días en un nuevo y singular centro de I+D construido para consagrar la idea de que la empresa está liderada por ti, el ingeniero de espíritu libre. El prototipo del primer vehículo familiar de tu compañía está a punto de completarse en secreto.
El Honda RA271 acaba de competir, por primera vez, en una carrera de Fórmula 1 en Nürburgring. Los Beach Boys suenan en las listas con una canción —Little Honda— que celebra la suprema sensualidad de tus motocicletas.
Ahora imagina a un ingeniero de Honda a principios de 2026, con las ventas de autos tambaleándose en mercados clave y la compañía visiblemente en mala forma. En marzo, se informó a los ingenieros que regresarían a un centro de I+D reconstituido, revirtiendo caóticamente la decisión de desmantelarlo en 2020.
Los robots humanoides de China bailan, hacen piruetas y corren en el escenario mundial, pero en 2018 Honda abandonó el proyecto Asimo, que había sido pionero precisamente en esa tecnología. El tan anticipado regreso de Honda a la Fórmula 1 esta temporada ha sido, hasta ahora, humillante.
Ha sido una lección magistral de cómo una sucesión de errores de gestión puede drenar la energía y el espíritu de una corporación. Pero también hay una miseria más amplia para Japón.
Desde la década de 1960, Honda ha sido un auténtico faro: liderando (la mayor parte del tiempo) con un ejemplo brillante, aventurero y apasionado. El debilitamiento de esa luz deja a Japón con menos puntos luminosos de los que le gustaría.
El ánimo probablemente se oscurecería aún más si Honda es empujada, ya sea por tensiones financieras o por el activismo de los accionistas, hacia una mala fusión o una triste desintegración —ambas posibilidades hoy reales.
ÉL DICE...“Honda está atrapada en un torbellino continuo
De disrupción industrial provocado por aranceles de Estados Unidos y el impactante ascenso de los autos chinos baratos”.
Las fusiones defensivas, dicen los analistas, pueden ser la mejor opción incluso para las marcas japonesas más conocidas; los activistas se han envalentonado para cuestionar las estrategias de nombres cada vez más grandes.
Un tropiezo tras otro
Honda, como otros fabricantes de automóviles, está atrapada en un torbellino continuo de disrupción industrial provocado por guerras, aranceles de Estados Unidos y el impactante ascenso de autos chinos baratos y ferozmente competitivos, con tiempos de desarrollo aproximadamente la mitad de los de Japón.
Pero Honda parece estar lidiando particularmente mal con esta situación.
El mes pasado, Honda anunció de repente que cancelaría tres modelos de vehículos eléctricos que estaba a punto de comenzar a producir en América del Norte y advirtió que podría incurrir en pérdidas de hasta 15 mil 700 millones de dólares (mdd) en el proceso. Se suponía que estos autos liderarían su tecnología de conducción autónoma.
Unas semanas después, Honda y Sony abandonaron su desarrollo conjunto de un automóvil eléctrico destinado a exhibir la destreza de ambas en ingeniería, sensores y entretenimiento a bordo. El objetivo de la compañía de vender únicamente vehículos eléctricos y de hidrógeno para 2040 parece condenado.
El costo de este enorme giro coloca a Honda en camino de registrar, en sus resultados anuales la próxima semana, su primera pérdida neta anual desde que salió a bolsa en la década de 1950. Una prueba para Honda en los próximos meses y años será si podrá mantener su tradicional y sólida política de dividendos.
Pero de algún modo peor que esto fueron los comentarios reportados del presidente de Honda, Toshihiro Mibe, quien recientemente visitó una fábrica de autopartes totalmente automatizada y de costos formidablemente bajos en Shanghái y comentó: “no tenemos ninguna oportunidad frente a esto”.
Hubo matices, por supuesto, y Mibe está utilizando la amenaza para impulsar una mayor rapidez en la digitalización y para justificar la apuesta de que reunir de nuevo la unidad de I+D desmantelada ayudará. Aun así, es difícil no percibir derrotismo en esas palabras, y resultan aún más sorprendentes viniendo de una empresa que históricamente ha proyectado triunfalismo.
El problema central en Honda, según el analista automotriz de CLSA Christopher Richter, es que mientras su división de autos ha ido de tropiezo en tropiezo, su altamente rentable división de motocicletas sigue siendo el estándar de oro a nivel mundial.
Esa fortaleza, dice, ha permitido que una sucesión de directores ejecutivos use las motos como muleta mientras los autos y otras divisiones (¿alguien dijo jets de Honda?) han luchado. “Ha permitido complacencia, ha permitido que sean demasiado despreocupados”, señala Richter.
La combinación de todo esto —una empresa debilitada y desmoralizada, con un desajuste entre divisiones buenas y malas—, dicen Richter y otros, convierte a Honda en un objetivo ideal para la intervención de accionistas activistas.
Otro rasgo distintivo de Honda —a menudo convertido en virtud— es su terquedad. Podría enfrentar presiones para reinventarse radicalmente y explorar opciones que podrían revitalizar a un héroe nacional. No hay garantía de que las aproveche.
MGS