Kevin Warsh puede ser el banquero central que EU y el mundo necesitan

El presidente de la Fed debe cumplir con el objetivo de inflación, pese a altos déficits fiscales y de niveles de deuda, tasas de interés altas y cambios tecnológicos; para lograrlo requiere claridad sobre la situación económica

Kevin Warsh, presidente de la Reserva Federal (Fed). | Foto: AFP
Martin Wolf
Londres /
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¿Es posible que Kevin Warsh resulte ser el banquero central que Estados Unidos y el mundo necesitan? Después de su discurso en el simposio de Jackson Hole me siento menos pesimista al respecto que antes. Se avecinan decisiones difíciles, tanto desde el punto de vista intelectual como político. Sin embargo, su discurso, titulado “In our time” (En nuestros tiempos) fue a la vez claro como sensato: claro en cuanto a los objetivos de la política y sensato sobre cómo debe actuar la Fed. Esto es alentador. También puede resultar ser de gran importancia en el futuro.

Como he señalado antes, Warsh ha sido una figura desconcertante. En el pasado se presentó como un defensor de políticas de línea dura para controlar la inflación, destacando su preocupación, extremadamente prematura, por los riesgos, sobre todo inflacionarios, de las políticas monetarias adoptadas después de la crisis financiera mundial. De hecho ya expresó esta inquietud en marzo de 2010.

Sin embargo, más recientemente, y antes de su nombramiento como presidente de la Reserva Federal por parte de Donald Trump, parecía ceder a las presiones políticas para mostrarse optimista sobre las perspectivas de productividad e inflación. El temor era que fuera una veleta política, cuyas opiniones económicas dependían de quién estuviera en el poder.

No obstante, desde que Warsh asumió la presidencia, la situación se ve ligeramente mejor. Es cierto que, como señaló mi colega Chris Giles el 11 de agosto, Warsh no ha logrado abordar en profundidad la situación de la economía de EU, pero bajo su liderazgo, la Fed también anunció la creación de cinco grupos de trabajo para evaluar sus comunicaciones, la administración de su balance, los datos que utiliza, las perspectivas de productividad y sus marcos de política; todos ellos encabezados por figuras de gran prestigio. Espero que esta haya sido una estrategia astuta para ganar credibilidad de cara a las batallas futuras.

Ahora llega el discurso de Jackson Hole. Constaba de tres secciones principales: una reflexión sobre las implicaciones de la inteligencia artificial (IA) para la economía; una crítica a la orientación a futuro de la política monetaria, y una reafirmación de los objetivos fundamentales de la Fed. Todos estos aspectos son importantes.

La necesidad de evaluar las implicaciones de la IA para la economía, y, por tanto, para la conducción de la política monetaria, es vital. En este ámbito, lo fundamental es comprender la magnitud y la naturaleza de la incertidumbre.

Resulta evidente que la incertidumbre es también el mayor problema de la orientación a futuro de la política monetaria. No sólo es que tengamos dudas sobre cómo afectará dicha política a la economía (aunque, sin duda, las tenemos); la cuestión es mucho más profunda. Como argumentaron John Kay y Mervyn King en su libro Incertidumbre radical, hay muchísimas cosas que desconocemos. Nadie puede observar nuestros sistemas financieros y monetarios, la política nacional e internacional, el cambio climático, la irrupción repentina de la pandemia y los cambios tecnológicos de las últimas décadas sin percibir el enorme grado de incertidumbre existente. La orientación a futuro funciona bien si no se producen grandes cambios. Pero los cambios ocurren, una y otra vez.

Como dijo Warsh, la orientación a futuro se introdujo como práctica habitual durante la crisis financiera. Esta medida estaba justificada cuando existía una preocupación primordial y abrumadora que, previsiblemente, duraría mucho tiempo, como ocurrió. Sin embargo, cabe destacar lo inútil que de este tipo de orientación justo antes de la crisis, momento en el que la precisión era crucial. El entonces presidente de la Fed, Ben Bernanke, un economista de gran cualificación, afirmó en marzo de 2007 que “en esta coyuntura… parece probable que el impacto de los problemas del mercado de hipotecas de alto riesgo en la economía general y en los mercados financieros se mantenga contenido”. En aquel momento, la afirmación parecía razonable. Pero resultó ser errónea.

Otro ámbito en el que considero que la economía convencional ha resultado engañosa es, tal como señaló Warsh en su discurso, la idea de que la cantidad de dinero es irrelevante. El aumento del nivel de precios posterior a la pandemia, después de la enorme expansión monetaria del año 2000, demuestra, como ya he argumentado, que dicho enfoque es erróneo.

La cuestión fundamental es la incertidumbre generalizada que rodea a la economía, que no es una máquina que pueda ser manipulada por tecnócratas sabios siguiendo reglas predecibles. Además, la orientación a futuro genera un efecto de “laberinto de espejos”: el banco central no percibe en los mercados juicios independientes, sino un reflejo de sus propias declaraciones, ya que los participantes dejan de basarse en su propio criterio para seguir los pronósticos de la Fed sobre sus futuras actuaciones. Incluso establecer una función de reacción supera las capacidades de los responsables de la política económica, sobre todo cuando se producen grandes perturbaciones.

Esto no implica abogar por la inacción. Al contrario, como señala Warsh, existen principios clave. Entre ellos disponer de datos precisos y actualizados, reconocer que una inflación baja es condición necesaria para mantener un desempleo bajo, utilizar las tasas de interés a corto plazo como principal instrumento de política y, sobre todo, asumir que “el objetivo de la Fed, fijado en 2 por ciento, constituye una meta firme y establecida”. Cumplir con dicho objetivo es vital. La mejor manera de hacerlo es explicar por qué el banco central considera que su política de tasas de interés es la adecuada para alcanzar su objetivo, dada su interpretación de la economía en ese momento.

Trump no opina lo mismo. El 4 de septiembre de 2026, a través de su red social Truth Social, el presidente de EU ordenó: “Bajen la tasa o dejaré de tener comercio con países con los que tenemos déficit”. No hace falta analizar la (falta de) lógica económica de este planteamiento. Lo fundamental es su convicción de que “un país fuerte significa una tasa de interés más baja: es un mejor crédito… ¡Así de simple!”. Para él, la inflación carece de importancia.

Para Warsh, en cambio, esto no puede ser así. Él debe cumplir con su objetivo a pesar de los elevados déficits fiscales y niveles de deuda, de unas tasas de interés reales y nominales más altas que en la década de 2010 y de los cambios tecnológicos. Para lograrlo, debe mostrar la mayor claridad posible sobre la situación económica. Pero el requisito más importante es el valor: debe esforzarse por cumplir la misión de la Reserva Federal y garantizar una inflación baja, independientemente de las presiones políticas a las que se vea sometido.


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