La moda enfría compromisos ambientales mientras crecen producción, consumo y residuos textiles

FT MERCADOS

Empresas como H&M y Kering lograron avances y redujeron sus emisiones en más de un tercio respecto a los niveles de 2022.

Moda liquida y el manejo erróneo de las prendas por temporada. Shutterstock.
Elizabeth Paton
Ciudad de México /
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A principios de este verano, durante los numerosos desfiles de moda celebrados en París, el aspecto que más llamó la atención fue el clima.

Las temperaturas récord registradas en Francia crearon escenas en las que modelos y editores desfallecían en extravagantes pasarelas al aire libre; estos últimos se abanicaban frenéticamente o se protegían bajo sombrillas que ofrecían poca defensa contra el calor de 40 grados Celsius. Aun así, los desfiles siguieron adelante.

La imagen parecía una metáfora de la actitud de la industria de la moda frente al calentamiento mundial. Hace menos de una década, las ambiciosas promesas para mejorar la huella ambiental y las condiciones laborales alcanzaron su punto máximo

Después de la pandemia, sin embargo, los esfuerzos disminuyeron, justo cuando diversos escándalos sacudían la cadena de suministro del lujo y surgían marcas de moda “ultrarrápida”, como Shein, con tendencias instantáneas a precios bajísimos. ¿Qué cambió?

En EU, la administración Trump redujo incentivos empresariales y eliminó objetivos climáticos. Al mismo tiempo, ante condiciones comerciales más difíciles, numerosas marcas relegaron, diluyeron o abandonaron sus metas de sustentabilidad. 

Mientras empresas como H&M y Kering lograron avances y redujeron sus emisiones en más de un tercio respecto a los niveles de 2022, otras quedaron rezagada

Un paso atrás

Los retrocesos alcanzan tanto al lujo como al mercado masivo. Este año, Burberry aplazó una década su objetivo de cero emisiones netas, hasta 2050; Under Armour lo descartó y grandes emisores, como Nike, dejaron de publicar informes de sustentabilidad. 

Mientras tanto, la Unión Europea puso en marcha la esperada prohibición de destruir ropa no vendida, establecida en el Reglamento sobre diseño ecológico para productos sustentables (ESPR). 

Pero, a medida que la industria mundial sigue produciendo más ropa que nunca, pareciera que la sustentabilidad pasó de moda, si es que alguna vez estuvo realmente de moda.

“El abismo entre las promesas y la práctica es tan grande en la moda —si no mayor— como en cualquier otra industria”, dice Ken Pucker, profesor de práctica en The Fletcher School de la Universidad Tufts. “Incluso en su momento de mayor auge, cabe preguntarse hasta qué punto fueron auténticos los esfuerzos de las empresas, dado que la rentabilidad y el crecimiento siguen chocando con sus compromisos ambientales”.

Las reglas y las recompensas no han cambiado.

Durante los días más sombríos de la pandemia surgió cierto optimismo ante la posibilidad de un reinicio radical de la moda. Con centros comerciales y fábricas vacíos, los líderes del sector tuvieron que afrontar el problema de los residuos en cada etapa de la cadena de valor. 

Muchos asumieron compromisos voluntarios para construir un sistema más limpio, justo y transparente.

Pero las guerras comerciales y el endurecimiento del mercado relegaron esos objetivos. 

La moda y su impacto con el medio ambiente. AP.

Como las empresas no estaban obligadas por ley a cumplirlos y los avances se comunicaban mediante autoevaluaciones, hubo poca rendición de cuentas, especialmente entre compañías que cotizan en bolsa y cuyos inversionistas priorizan las utilidades.

“Las reglas y las recompensas no han cambiado. Si no se modifican, el comportamiento tampoco cambia”, afirma Pucker. “Si un director ejecutivo anuncia que las expectativas de ingresos cayeron 30 por ciento, las consecuencias son enormes. Pero si modifica sus objetivos de consumo de agua o emisiones, no hay repercusiones”.

Soluciones sistemáticas

Para la consultora de sustentabilidad Rachel Arthur, otro obstáculo fue la tendencia de la moda a idealizar innovaciones como el alquiler de ropa, los tejidos elaborados con algas u hongos, el reciclaje y los modelos circulares. 

Aunque atractivas para consumidores y gobiernos, muchas han tenido dificultades para escalar por sus costos y bajos márgenes.

“Se difundió un mensaje engañoso que sugería que bastaba con alquilar o reciclar para solucionar el problema. Ninguna de estas soluciones iba a ser la panacea”, señala Arthur, quien también destaca los despidos y reestructuraciones que afectaron a los equipos internos de sustentabilidad.

Jules Lennon, responsable de moda de la Ellen MacArthur Foundation, reconoce los enormes retos para implementar iniciativas como reparación y reventa dentro de una economía diseñada para un modelo lineal. 

Su estrategia se centra ahora en medidas fiscales: reducir impuestos sobre ventas y mano de obra y revisar los esquemas de responsabilidad ampliada del productor para que los fabricantes asuman el costo de los residuos que generan.

“Las marcas que realmente se esfuerzan por mejorar a menudo sienten que son penalizadas comercialmente y tienen dificultades para competir con las que no adoptan las mismas medidas”, dice. “Los problemas sistémicos requieren soluciones sistémicas”.

También están los trabajadores. Una transición hacia modelos circulares o de decrecimiento, con márgenes más reducidos, no garantiza mejores salarios ni condiciones para quienes confeccionan la ropa y enfrentan cada vez más episodios de calor extremo.

Propietarios de fábricas en Bangladesh, India, Pakistán y Vietnam realizaron importantes inversiones para cumplir las metas de sustentabilidad de las marcas. Sin embargo, cuando estas buscaron reducir pérdidas, muchos contratos fueron renegociados, reducidos o cancelados, dejando a proveedores al borde de la quiebra.

Los consumidores no pueden ser el motor del cambio.

Cada vez más consumidores dicen tener presente la sustentabilidad: compran en plataformas de segunda mano como Vinted, evitan fibras sintéticas y prestan atención a la composición de las prendas.

Sin embargo, pese a la indignación por los escándalos en la cadena de suministro del lujo o por las montañas de ropa desechada que terminan en África Occidental, los hábitos cuentan otra historia: la mayoría de las compras sigue determinada por la comodidad y el precio.

Los residuos textiles ascienden a unos 92 millones de toneladas anuales y se proyecta que el consumo mundial de ropa aumente 63 por ciento para 2030, de 62 a 102 millones de toneladas, según Boston Consulting Group. 

A la vez, minoristas tradicionales de moda rápida como Zara y H&M enfrentan la competencia de Shein, que envía directamente desde China y puede añadir hasta 10 mil artículos nuevos a su sitio web cada día.

En medio de una crisis del costo de vida y una cultura consumista persistente, los compradores tienen pocos incentivos para evitar la alternativa más barata, especialmente cuando las opciones ecológicas cuestan más. 

De ahí que los defensores de una mayor regulación insistan en desterrar la idea de que la responsabilidad de “comprar mejor y comprar menos” debe recaer principalmente en ellos.

Cada producto desechado representa agua utilizada para cultivar fibras naturales, tintes, electricidad, combustible, mano de obra y transporte. Sin embargo, fabricar más de lo que probablemente se venderá ha sido durante décadas un pilar del negocio de la moda, al igual que rebajar o destruir aquello que no encuentra comprador.

Las normas ESPR de la Unión Europea buscan modificar esa lógica. Como parte del Pacto Verde Europeo, las grandes empresas ya no pueden destruir ropa, calzado y ciertos accesorios no vendidos como práctica comercial habitual. 

él dice...

“Se difundió un mensaje engañoso que sugería que

Bastaba con alquilar o reciclar para solucionar el problema”, Rachel Arthur, consultora de sustentabilidad.

Oliver Scutt, responsable de moda sustentable y economía circular del bufete británico Bates Wells, considera que la prohibición es una de las medidas regulatorias más significativas hasta ahora porque establece un objetivo concreto.

“La Unión Europea tomó una ventaja considerable frente al Reino Unido y EU con los pasaportes digitales de producto y al presionar a las empresas para que modifiquen su forma de operar”, afirma.

Estos registros, vinculados mediante códigos QR o etiquetas de identificación por radiofrecuencia, almacenan información sobre origen, materiales, reparabilidad y reciclabilidad.

IA con propósito

Aunque las grandes compañías pueden absorber mejor el costo de reestructurar sus negocios —mediante pronósticos de demanda con IA o una administración más eficiente de inventarios—, los obstáculos son mayores para las marcas medianas y pequeñas.

Además, la donación, la reventa y el upcycling podrían generar nuevos mercados, pero también aumentar los residuos que terminan en economías emergentes.

“Los europeos muestran un mayor compromiso, pero sus buenas intenciones no necesariamente producirán los avances que buscan, porque gran parte de la regulación se concentra en divulgar información cuando la industria está lejos de ser circular”, sostiene Pucker. “Si a los consumidores no les importa, ¿de qué sirve invertir tanto dinero en decirles que un vestido contiene 70 por ciento de poliéster y 3 por ciento de elastano?”.

Algunas marcas que abandonaron objetivos de largo plazo argumentan que buscan concentrarse en metas más inmediatas y medibles. Ralph Lauren, por ejemplo, descartó el otoño pasado su plan de alcanzar cero emisiones netas para 2040. 

Sin embargo, aseguró haber reducido 34 por ciento sus emisiones de alcance 1, 2 y 3 respecto de 2020 mediante una oferta más reducida y de mayor calidad, materiales de menor impacto y colaboración con proveedores. Mantiene su objetivo de disminuir las emisiones totales 30 por ciento para 2030.

Con otra ronda de grandes semanas de la moda a punto de comenzar, ignorar las consecuencias de un sistema que se resiste a cambiar resulta cada vez más difícil.

“Es una gran miopía observar el panorama actual y evitar esta conversación”, dice Arthur. “El mundo está literalmente en llamas y nosotros seguimos comprando”.

MGS

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