Bienvenidos a Trade Secrets. Soy Peter Foster, editor de comercio mundial de Financial Times, y una vez más tomo el lugar de Alan, que está de vacaciones. Esta semana analizaré cómo funciona la gobernanza del intercambio global en un momento de evidente disfunción.
Cinco meses después de la fallida conferencia ministerial MC14 en Camerún, la Organización Mundial de Comercio (OMC) sigue moribunda en varios aspectos clave, pero en una era en la que la tecnología está transformando tanto la naturaleza como el proceso del comercio, las empresas anhelan más que nunca la elaboración de reglas globales.
Andy Burnham inundó al país de anuncios desde que se convirtió en primer ministro de Reino Unido, a menudo disfrazando cantidades relativamente pequeñas de dinero como grandes ofertas “minoristas” para los votantes que luchan contra el costo de la vida. En Charted Waters, con la ayuda de los expertos del Observatorio de Política Comercial, analizamos por qué las promesas de su predecesor, Keir Starmer, de reducir los aranceles sobre los bienes de consumo no tendrán un impacto significativo en el precio final.
Una visión positiva
Ya pasaron cinco meses desde aquella larga y tensa noche en Yaundé, la capital camerunesa, cuando un enfrentamiento político entre Estados Unidos y Brasil provocó el fracaso de la conferencia ministerial de la OMC. Las conversaciones se habían presentado como la “última oportunidad para salvar la OMC”. Pero, a pesar de los esfuerzos de los políticos, la inercia se impuso.
Como resultado, un programa integral para reformar el funcionamiento de la OMC quedó en el olvido, al igual que los esfuerzos por incorporar el Acuerdo sobre Facilitación de Inversiones para el Desarrollo al reglamento y renovar la “moratoria del comercio electrónico” que durante 28 años había impedido la imposición de aranceles a las transmisiones digitales.
Para los escépticos desde hace mucho tiempo del organismo, como el representante comercial de EU, Jamieson Greer, el estancamiento demostró una idea. Como él mismo afirmó: “Siempre he sido escéptico sobre el valor de la OMC, y la conferencia de esta semana confirmó que esta organización desempeñará un papel limitado en los futuros esfuerzos de política comercial global”.
¿Pero será así? Diplomáticos de alto nivel de la OMC en Ginebra admiten, con cierta ironía, que el desastre de Yaundé provocó una “caída de la confianza” en la organización, sobre todo al tener en cuenta la gran expectativa pública que se tenía sobre su éxito. Sin embargo, de las ruinas de la MC14 surgió un nuevo proceso de reforma, con conversaciones que comienzan este mes en Ginebra sobre cómo hacer que la OMC sea más funcional. Como dijo otro diplomático: “Prácticamente terminamos donde estaríamos si hubiéramos llegado a un acuerdo en Camerún”.
Esto no significa exagerar el progreso, dados los escasos resultados de los esfuerzos anteriores. En los niveles más altos, los diplomáticos reconocen que la organización sigue moribunda: EU no tiene intención de desbloquear pronto el Órgano de Apelación, el mecanismo jurídico que da poder a la OMC. Tampoco señales de que India vaya a superar su bloqueo a los llamados acuerdos “plurilaterales”, en los que “coaliciones de países dispuestos” llegan a acuerdos sobre áreas como el comercio electrónico o las normas de inversión, con la opción de que otros países se unan después.
El problema radica en que, si bien los acuerdos plurilaterales existen desde antes de la creación de la OMC en 1995, tal como están las reglas actuales, la postura actual de India impide la incorporación de nuevos acuerdos al marco jurídico de la organización. Esto genera una situación paradójica en la que uno o dos países pueden bloquear un pacto que ha sido ratificado por otros cien.
Así que, aunque nadie afirma que la OMC vaya a resurgir como un ave fénix de las cenizas de Yaundé, el renovado impulso hacia un proceso de reforma ofrece un atisbo de esperanza de que algo pueda salvarse. Tal vez existen dos motivos para un optimismo moderado: primero, todavía no existe una alternativa viable, y segundo, el mundo empresarial exige una regulación integrada en un momento de profunda transformación tecnológica y geopolítica.
Este es el argumento principal de un documento publicado el mes pasado por la Cámara de Comercio Internacional (CCI), que aboga por un mayor uso de los acuerdos plurilaterales ante la ausencia de un sistema multilateral. En teoría, los acuerdos plurilaterales pueden crear grupos de actores afines dispuestos a acordar normas en áreas como la inversión justa, la transición ecológica (impuestos y medición del carbono), la facilitación del comercio moderno (documentos comerciales digitalizados y otras tecnologías emergentes) y otros ámbitos de la regulación. Ya existe un caso de éxito: luego del acuerdo con Camerún, un grupo de 66 países, entre ellos la Unión Europea y China, decidió seguir adelante con el acuerdo de comercio electrónico sobre comercio digital.
Evidentemente, existe una paradoja. Crear coaliciones de actores dispuestos a colaborar, por ejemplo, en torno al comercio digital, conlleva el riesgo de agravar el problema de la fragmentación que pretenden abordar. Lo que nos lleva de nuevo a la OMC. Aunque no esté funcionando, los autores del informe argumentan que estos acuerdos deben integrarse en el marco de la organización con el tiempo.
Afirman que “la cuestión no es que estos acuerdos sustituyan la reglamentación de la OMC. Su valor reside en que permiten probar enfoques, generar confianza y crear modelos prácticos que después puedan reincorporarse a la organización, ya sea como puntos de referencia para el debate, elementos básicos para futuros acuerdos o plantillas para una participación más amplia”.
Sugieren medidas para evitar la fragmentación, como garantizar que los acuerdos estén abiertos a nuevos miembros, se mantengan actualizados con revisiones para evitar su deterioro, cuenten con un mecanismo de aplicación eficaz y proporcionen apoyo técnico para evitar la exclusión de los países menos desarrollados.
Gran parte de esto puede parecer bastante abstracto, pero en última instancia se trata de impulsar el comercio mundial para obtener beneficios concretos. La CCI cita un estudio de la OCDE en el que se estima que una mejora de 10 por ciento en los procedimientos fronterizos mediante una documentación más sencilla y una mayor cooperación entre los organismos puede aumentar las exportaciones mundiales de bienes hasta en 18 por ciento. Incluso una fracción de eso no estaría nada mal.
La jefa de comercio de la CCI, Valerie Picard, argumenta que, dada la situación mundial, es hora de dejar de considerar los acuerdos plurilaterales como una segunda opción.
“Existen coaliciones de países dispuestos a colaborar, como demuestra el Acuerdo de Facilitación de Inversiones y el de comercio electrónico”, me comentó. “Si bien lo ideal para las empresas sería contar con pactos completos, ante su ausencia, los negocios optan por lo que tienen a su alcance”.
Una actitud similar parece impulsar las coaliciones diplomáticas emergentes. La Unión Europea y el grupo transpacífico (CPTPP), por ejemplo, estudian un acuerdo de comercio digital. Y está el incipiente grupo “Asociación FIT” (FIT-P), integrado por 19 países más pequeños, que se reunió en Auckland el mes pasado y acordó trabajar en varias áreas, incluidas las cadenas de suministro y los subsidios.
La postura oficial es que la FIT-P “no es un sustituto del sistema multilateral de comercio, sino un catalizador para él”. En la práctica, argumentan los expertos, esto significa desarrollar normas y comportamientos que puedan ganar terreno con el tiempo y, cuando los grandes actores estén listos, integrarse en los marcos de la OMC.
Ya veremos. Es una ambición noble. La cruda realidad, como reconoce otro diplomático de la OMC, es que las opciones son escasas. El proceso que dio lugar a los acuerdos sobre inversiones y comercio electrónico comenzó en 2017 y concluyó en 2024. El hecho de que no haya más acuerdos en proceso, a pesar de la apremiante cuestión que plantean las transiciones digital y climática, sin duda habla por sí solo.
La alternativa es quedarse con los brazos cruzados. Y los continuos esfuerzos por resucitar la OMC y construir estas coaliciones son testimonio de una voluntad colectiva de resistencia. Con estos fragmentos nos apoyamos para evitar la ruina.
Aguas exploradas
A los gobiernos de todas las tendencias les encantan las “cifras altas”, sobre todo cuando están en problemas. Y así fue a principios de este año, mientras el gobierno de Starmer luchaba por sobrevivir luego de las desastrosas elecciones locales de mayo, cuando el entonces ministro de Hacienda anunció un plan para ofrecer “grandes ahorros de verano británicos”.
Esto incluía estudiar la suspensión de aranceles en más de 100 tipos de productos, incluidas galletas y chocolate, lo que, según el Tesoro, puede aportar 150 millones de libras en beneficios a los consumidores. La lista de suspensiones propuestas (que a su vez están sujetas a consulta con el sector) siguió a una ronda anterior de suspensiones arancelarias anunciada en abril, que el gobierno valoró entre 100 y 400 millones de libras.
En aquel momento hice cálculos rápidos: 150 millones de libras son un insignificante 0.34 por ciento de los 44 mil millones que los británicos gastaron en alimentos en 2025. Sin embargo, el Observatorio de Política Comercial de Reino Unido en la Universidad de Sussex realizó un análisis exhaustivo y descubrió —prepárense— que las reducciones de aranceles propuestas tendrán un impacto mínimo en los consumidores.
Esto se debe, en parte, a que la mayoría de estos productos ya entran en Reino Unido libres de aranceles en virtud de los acuerdos comerciales preferenciales, y a que, incluso cuando las suspensiones arancelarias provocan una disminución de precios en la frontera, la literatura especializada sugiere que esos descuentos no se reflejarán en los precios finales. Como señalan las coautoras Adriana Brenis y Sahana Suraj:
“La mayoría de los productos en cuestión ya entran a Reino Unido libres de aranceles en virtud de los acuerdos comerciales vigentes, por lo que es probable que el impacto directo de estas suspensiones sea limitado. Además, el objetivo de aliviar la presión sobre el costo de la vida de los consumidores mediante la reducción de aranceles se ve aún más obstaculizado por las bajas tasas de repercusión”.
Aun así, si no se analiza con detenimiento, el gobierno pudo conseguir su “cifra alta”.
Vínculos comerciales
-La Unión Europea y, más lento Reino Unido, están eliminando las antiguas exenciones aduaneras para paquetes de bajo valor. Es más complejo de lo que parece. La experta en aduanas Anna Jerzewska publica en UKTPO un informe, como de costumbre, muy claro.
-El antiguo negociador comercial de la Unión Europea, John Clarke, escribió un artículo muy interesante para Borderlex sobre cómo la administración Trump, maestra de lo que Clarke denomina “erosión semántica”, logró trastocar el lenguaje del comercio, de tal manera que los acuerdos “recíprocos” significan lo contrario.
-Estoy leyendo mucho sobre los desequilibrios de China. Y un perspicaz artículo del año pasado de Daleep Singh, antiguo asesor adjunto de seguridad nacional en la administración Biden, es un estudio sobre el arte de lo posible.
-La semana pasada noté la resistencia china a los documentos de la OCDE y el FMI sobre el uso sistemático de financiamiento por debajo del mercado como instrumento de subsidio. Un artículo de Gillian Tett, en Financial Times explica muy bien cómo China implementa los subsidios de una manera mucho más integrada que Occidente, dejando a un lado los argumentos cuantitativos.