Los economistas estadunidenses cuyo trabajo sustentó las respuestas de los bancos centrales a la crisis financiera de 2008 ganaron el Premio Nobel de Economía de este año, justo cuando la Reserva Federal de Estados Unidos adopta un nuevo rumbo bajo la dirección de Kevin Warsh.
Robert E. Hall, profesor de la Universidad de Stanford, y Michael Woodford, de la Universidad de Columbia, fueron reconocidos por desarrollar los modelos neokeynesianos que ahora utilizan todos los bancos centrales y ministerios de Finanzas alrededor del mundo para suavizar los altibajos de los ciclos económicos.
Su trabajo ayudó a resolver debates surgidos tras las crisis petroleras de la década de 1970, cuando la alta inflación coincidió con un alto desempleo, lo que llevó a muchas personas a pensar que las políticas keynesianas tradicionales habían causado más daño que beneficio.
“Sencillamente, no existen otras alternativas viables (a sus modelos)”, señaló la Real Academia Sueca de Ciencias al explicar la razón para otorgarles el premio, añadiendo que Hall y Woodford habían ayudado a “construir un nuevo marco desde cero” con el que demostrar cómo las millones de decisiones tomadas por los hogares y las empresas moldeaban los resultados económicos.
Sin embargo, la decisión del comité del Nobel de reconocer a un arquitecto clave de las herramientas poco ortodoxas desplegadas por los bancos centrales tras la crisis de 2008 resulta algo sorprendente, dado el enfoque tan diferente que está adoptando la Fed bajo el liderazgo de Warsh.
Una de las ideas clave presentes en la obra de Michael Woodford —que las decisiones de los hogares y las empresas se rigen por sus expectativas sobre el futuro— resultó crucial tras la crisis financiera, cuando los bancos centrales alcanzaron los límites de la política convencional y buscaron nuevas herramientas para estimular la demanda.
El gran aporte de Michael E. Hall fue demostrar que los cambios en el gasto de los consumidores son impredecibles, ya que los hogares actúan basándose en expectativas de ingresos futuros y sólo modifican su comportamiento después de un acontecimiento que no pudieron anticipar.
Woodford, en su libro de 2003 Interest and Prices (Intereses y precios), incorporó los hallazgos de Hall y demostró que las decisiones de las empresas también se rigen por sus expectativas, incluidas aquellas sobre costos, competidores y sobre las futuras tasas de interés.
El libro —que en la actualidad es una obra de referencia básica para los responsables de la formulación de la política monetaria— tuvo claras consecuencias prácticas para todos los bancos centrales, señaló el Comité Nobel, al hacer que “una comunicación clara y creíble… fuera vital para sus operaciones”.
Orientación a futuro
Woodford se convirtió en un firme defensor de la llamada “orientación a futuro”, una práctica mediante la cual los bancos centrales ofrecen información sobre la trayectoria prevista de su política para moldear las expectativas y aumentar la eficacia de las medidas actuales.
Sus investigaciones “proporcionaron a los bancos centrales un marco en el que lo que dicen sobre el mañana importa tanto como lo que hacen hoy; razón por la cual cada conferencia de prensa del Banco Central Europeo (BCE) se analiza ahora palabra por palabra”, indicó Moritz Schularick, presidente del Instituto de Kiel para la Economía Mundial, en Alemania, quien calificó el galardón como “un premio al manual operativo de la economía moderna”.
Dicha orientación a futuro fue “una parte importante” de la respuesta política a la crisis de 2008, momento en que los bancos centrales habían reducido las tasas de interés a niveles cercanos a cero y necesitaban urgentemente nuevas herramientas, declaró Woodford en una rueda de prensa después del anuncio del premio. Añadió: “No resolvió el problema por arte de magia, pero representó una contribución importante”.
Los marcos modernos que desarrolló también ayudaron a los bancos centrales a comprender cómo las políticas de expansión cuantitativa, que ellos mismos impulsaron después de la crisis, repercutirían en la economía real, agregó Woodford.
Elogios y enfoque
El premio fue elogiado por responsables de política económica. Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, afirmó que los dos galardonados habían “mejorado enormemente nuestra comprensión… y fortalecido los cimientos para una política eficaz”.
Gita Gopinath, execonomista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI), señaló que sus investigaciones habían “transformado la práctica de la política macroeconómica”, mientras que Olivier Blanchard —otro destacado economista neokeynesiano— describió el libro de Woodford como una “enciclopedia”.
Sin embargo, el trabajo de Woodford es aclamado justo cuando la Reserva Federal de Estados Unidos adopta un enfoque muy distinto bajo la dirección de su nuevo presidente, Kevin Warsh.
Warsh, crítico desde hace tiempo de la orientación a futuro, abandonó la Reserva Federal en 2011, en parte debido a su desacuerdo con la política de comunicación del entonces presidente Ben Bernanke y con su compromiso de mantener bajas las tasas de interés para calmar las turbulencias del mercado.
Desde que asumió el cargo de presidente del banco central, a principios de este año, Kevin Warsh ha marcado el inicio de una etapa de mayor reserva, limitando su comunicación a comentarios escuetos sobre las decisiones relativas a las tasas de interés e introduciendo un desfase de tres semanas entre la adopción de dichas decisiones y la publicación de las minutas que explican sus fundamentos.