Salgo de casa a dar un paseo. Sobre la banqueta, una pareja mira la pantalla del celular; levantan la cabeza y se fijan al fondo de la calle y repiten la acción varias veces: esperan un Uber. Más adelante, una persona está sentada en la banca de un parque, no quita la mirada del teléfono, está viendo videos de un influencer. Entro en una cafetería. Más de la mitad de las personas miran su celular. Poca o nula atención le ponen a quienes vienen con ellos o a su entorno inmediato. Sigo mi camino y me detengo en una tienda de electrónicos: varias personas se reúnen frente a un modelo de televisor nuevo y permanecen ancladas al suelo contemplando, con mirada fija y vacía, cualquier cosa que se proyecta allí. Esa tarde fui al cine y mi sorpresa fue que muchos estaban atendiendo el celular en lugar de ver la película. De no creerse.
La gente está inmersa, abstraída en esa realidad virtual. Absortos, han sido capturados por esta bola mágica de efectos eléctricos; su atención ha sido secuestrada por un torrente continuo de videos de todo tipo. Llego a casa. Decido hacer un experimento: voy a scrollear el feed de mi celular a ver qué pasa. Así aparece el video de un tipo vestido de soldado alemán de la Segunda Guerra Mundial explicando por qué las granadas tenían un mango de madera. Luego sale un clip de gatos haciendo cosas tontas, seguido de otro de un perro haciendo ruidos que parece que habla. Pasan ahora un video de un perfecto imbécil fumándose un chile seco por la nariz y después el de una alucinada envuelta en una bandera de Palestina, quejándose de que el mundo está a merced de los judíos. No pude más. Esta esquizofrenia de imágenes y videos desarticulados sólo demuestra que nos hemos acostumbrado a vivir una cotidianidad sin estructura ni sentido, envueltos en una morusa desordenada y oscura.
Ayer fui al parque. Me tumbé sobre el pasto y me puse a contemplar las nubes. Fui viendo cómo avanzaban lerdamente, deshilándose y reconfigurándose. Luego subí a un mirador a contemplar el aterdecer. Regresé a casa y ya para dormir me entró una cierta ansiedad por dejarme atrapar por el celular. Me costó un poco de trabajo, pero finalmente tomé un libro, leí un rato y listo.
No podemos estar un minuto sin mirar ese aparato. El apego obsesivo al celular ha cambiado nuestra manera de percibir el tiempo. Nos hemos entregado a un vertiginoso proceso de atención a un mundo virtual con el cual no sabemos interactuar, pero que nos llama poderosamente la atención. ¿Por qué negarnos a la inmediatez de nuestras vidas? ¿Acaso son tan aburridas, tan inconsecuentes, tan desprovistas de historias, de recuerdos, de deseos? La negación del presente continuo implica, necesariamente, la exclusión del pasado y, consecuentemente, de nuestro futuro. Nos hemos anquilosado en un presente ciclado en sí mismo y para sí mismo, y sin posibilidades de salir de ese encapsulamiento asfixiante y autodestructivo.
Camino despacio por un centro comercial. Observo detenidamente a la gente. De pronto caigo en la cuenta de que la mayoría son autómatas que obedecen las indicaciones y estímulos de sus celulares. Ya no piensan por sí mismos, son incapaces de tomar decisiones a mediano ni a largo plazo y deambulan con la sensación de ser felices, caminan con esta sensación de estar arropados por una fuerza benéfica que los mantiene sedados. Parece una distopía, pero es una realidad palpable y, creo, irreversible. Esta interacción va a generar un híbrido extraño que no termino de visualizar.
Me siento en una cafetería junto a la ventana. Mientras llega mi café, miro hacia afuera: carros, motos y bicis se entrecruzan frenéticamente y en la banqueta flujos masivos de gente viajan de un lado a otro, rozándose, empujándose, mirando sus celulares, sacando ritmo con sus audífonos o avanzando sin sentido mientras fijan su vista en el suelo. Arriba, en el cielo, el viento empuja suavemente a las nubes y ellas gastan su tiempo jugando constantemente a ser figuras de todo tipo, a la espera de que alguien allá abajo se fije en ellas y se una a su juego.