Se dice que el universo es silencioso. Pavorosamente grande e insondable, repleto de toda clase de objetos y fenómenos, pero callado. Y esto porque las ondas de sonido no viajan en el espacio. ¿Hay manera de traducir algunos eventos y fenómenos como una súper nova a audio? Por supuesto. Se toman los datos obtenidos por sondas espaciales y se transforman en notas. Por ahora es lo mejor que podemos hacer.
El cuento breve de Arthur C. Clarke, “El sentinela” (1948), trata sobre una expedición a la Luna y en la cual se descubre un monolito –un obelisco– en el Mare Crisium, dejado allí por una civilización extraterrestre. Este cuento sirvió para crear el guión de 2001: Odisea del espacio. En el filme, Kubrick fue muy cuidadoso en cuanto a los aspectos técnicos relacionados con el tema del espacio. Dado que Clarke había coescrito el guión, también realizó algunos apuntes importantes, entre ellos, el sonido. Por eso podemos ver la ausencia del mismo en muchas escenas de la película que ocurren en el espacio exterior. Curioso que Clarke seleccionara ese sitio en la Luna para ubicar su relato: la estructura quiere decir “Mar de Crisis”, o sea, un lugar de agitación, de cambios.
De niño, en casa, había un disco que nadie escuchaba: Los Planetas, de Gustav Holst. Lo ponía en la tornamesa y lo escuchaba todo. Especialmente el segmento de Marte y el de Jupiter, eran los que más me emocionaban (todavía).
Buzz Aldrin reprodujo “Fly me to the moon” de Frank Sinatra en la Luna, mientras que el Apolo 15 puso “Also Sprach Zarathustra”, de Strauss, pieza que había salido en 2001: Odisea del espacio, de Kubrick. Por cierto, la primera pieza del álbum Tubular bells, de Mike Oldfield, se titula “Sentinel” y está basada en el cuento de Clarke. La obra de Oldfield está llena de referencias al espacio y a la ciencia ficción. También hay que notar que Tubular bells fue el primer album de la productora Virgin Records, del empresario Richard Branson, quien años más tarde fundaría la empresa aeroespacial Virgin Galactic.
Crecí en los setenta con una oferta muy variada, profunda y experimental de música espacial; discos esencialmente electrónicos que jugaban con secuencias prolongadas, texturas envolventes, melodías cíclicas, pulsiones y atmósferas entre espaciales y oníricas que permitían imaginar y soñar viajes interestelares, inmersiones en las atmósferas de otros planetas y presenciar fenómenos astrofísicos como púlsares, supernovas y cuásares. Con grupos como Tangerine Dream y Klaus Schulze tuve la oportunidad de experimentar con estados más meditativos y contemplativos. Otros artistas, como Jean-Michel Jarré, me emocionaban mucho y casi podía escuchar procesos cósmicos inaudibles y que estas piezas otorgaron sonoridad. De Vangelis recuerdo dos álbumes, Albedo 0.39 y Heaven and hell, disco del cual salió el tema de “Cosmos”, de Carl Sagan. Y no olvidemos tres discos que grabó sobre exploración espacial: Juno to Jupiter, Mythodea y Rosetta.
En 1976 lanzamos las sondas Voyager hacia un tour por el sistema solar. Fue idea de Carl Sagan incluir un disco LP con música, sonidos y voces humanas, en caso de que alguna civilización inteligente diera con el artefacto. Fue una gran idea, aunque un poco impráctica, pero el disco posee un valor mucho más simbólico que útil.
En una noche perfectamente oscura podemos ver una cantidad apabullante de estrellas. Sólo hay que pensar en las reacciones nucleares que generan toda esa luz para quedar asombrados de la cantidad de energía liberada y que viaja a través del espacio y el tiempo hasta nosotros. Pero ya no es un fenómeno netamente visual: ahora, gracias a nuestra imaginación, podemos escuchar estos fenómenos. Y de qué manera. Le hemos puesto música a un universo que se muestra silencioso, mas no apagado ni mucho menos estático. Le añadimos ese pequeño ingrediente que le faltaba para ser, finalmente, magnánimo. Aunque sólo podamos escucharlo en este pequeñísimo mundo de roca, fuego, aire y agua.