Data, el androide más famoso de Star Trek, es una continuación interesante del señor Spock. En tanto que este último es un híbrido entre un humano y un vulcano, Data es un robot particularmente complejo y avanzado. Pero ambos comparten un rasgo en común: Spock lucha por controlar sus impulsos emocionales humanos contra su naturaleza fría, matemática y lógica vulcana. Data, por su parte, hace lo contrario: acepta de manera tácita su naturaleza tecnológica, pero debido a su constitución híbrida busca experimentar las sensaciones humanas y ver el mundo a través de ellas. De hecho, su nombre lo delata: ¡Datos!, crudo procesamiento de información.
Ambos poseen una capacidad asombrosa para analizar información, establecer conjeturas, elaborar teorías, escenarios probables y alcanzar conclusiones.
Me parece que tanto el señor Spock como Data luchan no contra los impulsos polarizados que los constituyen –y definen–, sino contra su incapacidad por integrarlos en un solo cuerpo de funcionamiento efectivo y equilibrado. Desde un punto de vista psicológico, estos personajes no logran asimilar su naturaleza y esto les causa un conflicto que les genera una tensión interna existencial. Esta dicotomía entre lo emocional y la razón es la base de un problema que va más allá de lo psicológico: el tema es cómo procesamos la información que recibimos y, a partir de ahí, cómo construimos una idea de la naturaleza.
Queremos dejarle todo a una computadora para que procese datos y genere respuestas. Pero la máquina no puede ir más allá de ciertas funciones y no es capaz de replicar los procesos neuronales y, por lo mismo, no tiene la química para crear un ecosistema propiamente creativo. En tanto que nuestro cerebro es capaz de llevar a cabo complejas tareas abstractas y matemáticas, no se limita a procesar datos de manera artificial. Lo humano va más allá; el conocimiento se genera no sólo a través de la interpretación de los datos generados por nuestros aparatos de medición ni por la sola observación, dependemos de la intuición, de una corazonada, de esa presencia misteriosa y caprichosa de procesos generados en la profundidad de la mente, de la potencia imaginativa, de emociones que actúan como catalizadores y, además, de un factor que suele ser esencial: el tiempo, el momento. Muchas veces se tienen todos los elementos anteriores para alcanzar una epifanía, pero el momento, la circunstancia o situación –llámela como quiera– no permiten que ocurra nada.
Lo que llamamos conocimiento es una amalgama compleja y cambiante de supuestos, conclusiones, modelos y escenarios ensayados a lo largo de milenios. Pero no es algo absoluto ni definitivo; lo que lo hace tan interesante es su capacidad permutativa: cambia constantemente y exhibe cosas nuevas, insospechadas. De pronto retoma ideas antiguas o conceptos calificados de obsoletos o anacrónicos y los actualiza a la luz de nuevas teorías u observaciones: las reconfigura. No importa qué tanto tiempo llevemos creyendo algo, la historia nos enseña que esos modelos de la realidad, en los cuales confiábamos que no eran correctos y fueron sustituidos por otros. ¿Quién dice que en algunos años no llegará un físico a reestructurar las viejas teorías del cosmos en un nuevo sistema imposible de imaginar hoy? ¿Quién se atreve a afirmar que uno de nuestros telescopios o sondas espaciales no va a descubrir un nuevo fenómeno, una nueva forma de energía o proceso cósmico que nos obligue a reformular nuestra idea de la realidad? ¿Y quién dice que una obra de ciencia ficción no podrá adelantar una revolución científica?
Quizá la base del problema sea que no hemos logrado conectar nuestras capacidades mentales y emocionales, y eso genera una tara que nos limita para crear nuevos modelos sobre la arquitectura y funcionamiento de la naturaleza. Ya nos encontraremos a un señor Spock o construiremos un androide híbrido mejorado, y podremos sostener interesantes y estimulantes conversaciones sobre la naturaleza y la realidad.