Música, 'cannabis' y 'whisky'

Monterrey /
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La tarde, fresca, con un nublado parejo y perfectamente horizontal que se sentía como plasmado con brocha gorda, de un gris azulado y oscuro, y tan denso que asemejaba un betún a punto de colapsar. Le pregunté qué tipo de música quería escuchar. El ambiente no pide nada alegre ni en tonos mayores. Miró hacia arriba y, sin ninguna expresión dijo: –Música clásica. Revolvió con el índice el vaso con escocés y hielo, se lo llevó a los labios y dio un sorbo breve y ruidoso. Entonces puse un disco de Philip Glass. El cielo permaneció sin cambio alguno y la brisa dejó de soplar. Luego de unos minutos (que parecieron eternos) preguntó:

–¿Ya terminó la primera canción?

–Sí–, respondí.

–Quita el disco, todo lo demás es idéntico.

Pulsé el botón de stop, puse a Shostakovich y el humor de la reunión mejoró. El cielo permaneció impasible.

Philip Glass no es para todos. Es tántrico, introspectivo, reflexivo e hipnótico. Para algunos puede parecer incluso aburrido. No siempre lo escucho, sólo cuando algo dentro de mi se activa y me exige ese tipo de composiciones y estilos. A veces esto ocurre cuando estoy escribiendo o cocinando. Me ayuda a pensar y a enfocarme.

Hay música para todos y para todo momento. No hay música mejor que otra. Sí debemos reconocer que hay música mejor confeccionada, de mejor calidad, independientemente del género, como también advertimos piezas que se vuelven virales, pero eso no confirma que estén técnicamente bien hechas. Me irrita que alguien declare que un género es superior a otro. ¿Superior con base en qué? Es pretencioso declarar que la música clásica (o “culta” como también se le llama) es superior a la música popular, o a la tradicional. Eso ya es un tema de percepción personal, es subjetivo. La consideración técnica y cultural es otra cosa. Veamos el “Huapango” de José Pablo Moncayo. Se le considera (con justa razón) un himno alternativo mexicano. Es una pieza confeccionada con retazos de música regional –sones jarochos– ensamblados bajo una estructura de música clásica. Su impacto en nuestra cultura es incuestionable. Es más: la última vez que la escuché en vivo (en un concierto dirigido por Alondra de la Parra), el público aplaudió estruendosamente para que la volvieran a tocar. Y sí: en total la repitieron ¡tres veces! Verifico.

La música es un fenómeno muy complejo y universal. Contiene y genera mucha más información de lo que suponemos y despierta estados de ánimo y emociones tremendas, radicales. La música no es una amalgama de sonidos ni un fenómeno cultural: es parte esencial de la química de nuestro metabolismo.

Glassworks, de 1982. Álbum emblemático de Philip Glass. Fenómeno de ventas y de impacto social y cultural cuando se estrenó. Tenía 13 años y cuando lo escuché me quedé paralizado; los 6 movimientos te llevan en un trip bizarro, calmante a ratos, energizante en otros, inquietante en ciertos momentos y en algunas partes me sentí atrapado en un loop que pareciera perpetuo. Hace unos años se lo recomendé a un amigo. Lo escuchó y casi me ahorca:

–Estaba fumando mariguana y puse el disco, en una de las piezas me dio “la pálida” (un ataque de ansiedad) y sentí que me estaba precipitando en un abismo terrible y, mientras caía en un espiral vertiginoso, escuchaba esa maldita música repetirse una y otra vez. No te vuelvo a hacer caso en ninguna recomendación que hagas de música. Tienes gustos muy extraños–, dijo con rostro desencajado.

Yo no hubiera recomendado escuchar esa obra bajo los efectos de esa (o ninguna) droga. Pero creo que pudo haber comprendido una parte de esa obra. Es una pena que haya aprendido a la mala y que le haya dejado un mal recuerdo.

Hoy me dio por escucharlo. Disfruto de este discazo una vez más, dándole sorbitos a un escocés en las rocas, cierro los ojos y me dejo llevar en estos ciclos perpetuos y profundos, a la expectativa de a dónde me llevarán. Y siempre que lo escucho ocurre algo distinto.

Sólo espero no tener pesadillas.


  • Adrián Herrera
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