Respetar y reconocer

Monterrey /
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Pienso que a veces debemos cambiar la palabra “respetar” por “reconocer”. “To acknowledge”, en inglés. Cuando hablamos de creencias, ya sean políticas o religiosas (especialmente estas últimas), recurrimos al concepto de respeto. Esto quiere decir que debemos aceptar de manera tácita cualquier cosa que otros puedan llegar a pensar, decir o creer, aunque sean estridentes y obvios disparates. También hay que mencionar el concepto de tolerancia; para mí, suena a que debemos aceptar esos puntos de vista a regañadientes. No se trata solamente de permitir que las personas piensen y expresen lo que quieran. Me refiero a reconocer de manera objetiva y reflexiva las posturas de las personas. Mire, las leyes protegen nuestro derecho a expresar estas ideas, pero el punto es que la inspección de tales credos es necesaria. Un ejemplo: podríamos pensar que establecer un gobierno comunista es lo correcto, pero sabemos que en la práctica aquello no va a funcionar (se tienen sobrados ejemplos de ello). Y si cambiamos nuestra atención a lo religioso, veremos cómo muchas religiones atentan flagrantemente contra los derechos humanos básicos y contra la libertad de expresión y de pensamiento y, claro, en contra de las garantías individuales.

Somos tan distintos. Este mosaico de caracteres es tan variado como nuestra genética. Estas diferencias se deben a pulsiones culturales, históricas, geográficas y fisiológicas. Ah, y viajan en el tiempo. Me resulta de una necedad insondable intentar homogeneizar tanto el carácter de las personas como su manera de pensar y de actuar. Consideremos que desde hace milenios hemos ensayado ideas, maneras de relacionarnos, sistemas de pensamiento científico, filosófico, económico y político, estilos arquitectónicos, ciudades enteras, modas y arte y expectativas de cómo podríamos confeccionar el futuro. ¿Usted cree que después de todo ese tiempo y experimentación hemos llegado a una conclusión definitiva? El escenario humano es tan vasto, profundo y complejo que no podemos sino admitir que nadie, nunca, ha tenido ni tendrá la última palabra ni la razón absoluta en nada. Sí, existen posturas, acercamientos y sistemas más prácticos, cómodos, eficientes o adecuados que otros, pero nunca ha sido una buena idea radicalizar nuestras ideas porque cuando lo hemos hecho casi siempre se han generado tragedias y pesadillas. Lo digo por los utopistas que han permeado la historia de ideas inviables que han devenido en desastres sociales y económicos de grandísima escala. Lo mismo va para religiones y sistemas políticos y los sistemas totalitarios.

Lo vuelvo a decir, porque siempre hay alguien a quien no le queda claro algo tan fundamental: no todas estas ideas, sistemas, costumbres o asociaciones funcionan ni para todas las culturas ni en todos los tiempos. No existe semejante cosa como lo universal, nos conviene pensar que sí y eso para protegernos de los abusos que cometemos contra nosotros mismos, pero la realidad es que todo está sujeto a cambios más o menos constantes y que estas permutaciones no siempre generan resultados buenos. La historia lo demuestra una y otra vez, y hasta el cansancio.

Adoptamos aquellas ideas y sistemas que nos procuran los resultados que nos alejan de la vejación, la injusticia y la falta de libertad, y las consideramos como mejores opciones de aquellas que generan lo contrario, pero no debemos caer en la tentación quimérica de que tales sistemas son absolutos y que su ejecución debe forzarse por encima de otras alternativas.

Vuelvo al concepto de reconocer el cómo pensamos y actuamos, y a partir de ahí establecer que debemos ser cautelosos al momento de censurar todo aquello con lo cual no estamos de acuerdo y de forzar nuestros puntos de vista. La cosa es no dejarnos llevar por las emociones, por el temor o por las fantasías de control y de poder. Somos proclives a reaccionar antes que a reflexionar. Y siempre estamos bajo la amenaza de caer en estos sistemas que, una y otra vez, han demostrado ser funestos. Debemos reconocer, pues, estos delirios para evitarlos a toda costa.


  • Adrián Herrera
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