Sectas y cultos

Monterrey /

Vengo de una familia muy católica –quizá demasiado católica–. Bueno, por lo menos mi mamá era así. A mi papá le valía madre: llegaba del trabajo, cenaba, se servía un vaso con hielo y whisky, se ponía a ver la tele y se quedaba dormido. No le gustaba ir a misa y nunca lo escuché debatiendo ningún tema que tuviera que ver con religión. Qué dicha la suya.

El ambiente en mi casa se tensaba entre estos dos polos: mi mamá se tomaba muy en serio la religión y creía que todo tenía que ver con sus creencias. Poco a poco todo aquello fue destorciéndose y las cosas se calmaron. Claro que fueron muchos años antes de que eso ocurriera.

Ciertos conocidos tienen un club de parrilla. Son aficionados y algunos se han vuelto realmente buenos en el ejercicio del ahumado y el grill. Pero lo que comenzó como un grupo de amigos haciendo una carne asada y pasándola bien se transformó, lenta y progresivamente, en una sociedad extraña y rígida. Ahora tienen una especie de decálogo, con principios, una “misión” que cumplir y reglas, muchas reglas. Sobre todo prohibiciones. Lo que en otrora fueran simples y divertidas reuniones para asar carne, se ha convertido en una logia confusa entre asar carne y encontrar la iluminación. Y las prohibiciones son tales que cuando llega un invitado a una de las reuniones, le prohíben sacar fotos. Por qué, no lo sé. Ah y también compusieron una especie de himno –muy tonto–, pero lo entonan antes de encender el carbón.

Hace unos años, una pequeña compañía que distribuye artefactos de cocina me fue a visitar con el objeto de que les ayudara a mover sus productos en redes sociales. El trato era recibir una parte del pago en dinero y la otra en especie. Antes de aceptar el trato estuve unos días checando estos productos para ver si tenían la calidad que ellos decían. Descubrí que sí: los productos eran buenos, pero había algo en ese grupo que me inquietó. Observé su manera de relacionarse entre ellos y vi que tenían niveles, categorías y jerarquías. Jefes, encargados, vendedores, etcétera. Nada de qué preocuparse. Hasta que escuché que había un pequeño grupo de “guiadores”. Ellos son los encargados de entrenar a otros para lograr ventas efectivas. Lo cual no revela nada preocupante, hasta que escuché la manera en que lo hacían. Los guiadores estudian un tipo de manual con una serie de normativas en las que se mezclan lo práctico, lo psicológico, new age, un acento muy notorio de autoayuda y superación, algo de magia medieval y, claro, no podía faltar: la ayuda de Dios. Ellos mismos comienzan a creerse esta morusa disparatada de principios y delirios inconexos y convencen a otros de seguirlos. Ah, y tienen un “líder” que los guía e ilumina. Y yo pensaba que aquello era sólo un tema de vender productos de cocina.

Y es que ese es el problema. Como si no fuera suficiente tener religiones, yoga, meditación trascendental, teorías conspiracionistas, movimientos ideológicos anacrónicos y un sinfín más de tendencias estrambóticas y extremas, ahora la moda está en crear sectas y cultos en actividades sociales y empresariales que nada tienen que ver con creencias ni supercherías.

Tengo amigos fanáticos religiosos. Conozco gente que toma drogas psicodélicas y pierden noción de la realidad –en general–, pero más concretamente de la realidad social y terminan enloqueciendo. También convivo con chiflados que creen cosas perfectamente inviables y absurdas. Lo entiendo. Pero transformar una carne asada en un culto es algo que trasciende a mi capacidad de comprensión.

La vida no debería ser tan complicada. Si quieres vender algo, hay técnicas probadas para lograrlo de manera efectiva. Si te vas a juntar a asar carne, no hay que suponer ni esperar a que las cosas vayan más allá de asar carne y pasar un buen rato.

Me queda claro que tenemos esta tendencia a formar clubes, organizaciones y asociaciones de todo tipo y exagerar la proporción, pero hay que controlarnos, por el amor de Dios.

No hay que tomarse las cosas tan en serio.


  • Adrián Herrera
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