Se abre la puerta del elevador y el botones del hotel aparece con una cuna de niño. Es de las antiguas: esqueleto de hierro descarapelado, exhibiendo el óxido. La cama tiene un colchón polvoso con una sábana roída y con manchas ambarinas, pálidas. Tiene llantas que chillan de manera inquietante. Salgo del elevador y, mientras camino por el pasillo, me asaltan algunas preguntas e imágenes: quizá algún niño murió ahí y trasladan la cuna a una bodega. También puede ser que se trate de una cuna vieja usada en el hotel y que, poseída por alguna vieja leyenda, ha estado generando efectos fantasmales y la administración ha decidido retirarla.
En otra ocasión manejaba de noche. Hacía frío y las luces de los arbotantes centelleaban de manera misteriosa, como por efecto de algún cortocircuito. De pronto vi un bulto grande a mitad de la calle. Lo primero que me vino a la mente fue que aquello era un animal atropellado. Luego imaginé una bolsa con cachorros de gatos muertos. Di un último vistazo por el retrovisor y vi a un ser deforme y mutilado que había emergido de alguna cloaca y se arrastraba por el pavimento.
Este tipo de visiones son comunes. Tiene que ver con la tragedia, el horror, lo oscuro, lo deprimente. Es espontáneo. Desde niño tengo esta tendencia, es parte de mi carácter, es lo que soy. No es patológico. He aceptado que es parte de mi naturaleza.
Veo el mundo de manera cruda y visceral. Una de las razones por las cuales estudié medicina (completé dos años y desistí) fue ponerme cara a cara con la muerte, con la decadencia y lo mórbido. Eso me permitió reconocer mi propia vulnerabilidad y aceptar que la mortandad latente y los procesos de decaimiento, las enfermedades y accidentes son un cuerpo de efectos al que estamos sujetos de manera constante e inevitable. En mi primera disección aspiré el aroma punzante a formol, el cual entró en mi sistema y me perfundió totalmente. Entonces me metí de lleno en aquel cuerpo inerme y descolorido; sentí que me transformaba en una rara especie de muerto viviente. Era la única manera de comprender a esos seres exánimes, fríos.
Habito en un existencialismo oscuro con un barniz surrealista y mi visión del mundo es nihilista. Empero, busco la belleza en lo incómodo: en el vacío y lo grotesco. De esa manera la visión oscura de las cosas aparece para mí con claridad. Y quizá por eso tengo una conciencia aguda del absurdo, la soledad y la muerte. Pienso entonces que el humor negro que me caracteriza es un escudo contra la desesperanza y la angustia existencial. El humor es la única metafísica digna, pone al desnudo el efecto estéril de las ilusiones y quimeras creadas para soslayar esta verdad perturbadora.
Mire, yo veo la vida como un proceso de ciclos viciados, rituales anquilosados, religiones que prometen y fallan persistentemente, mediocridad, ignorancia –y cruda estupidez– premiadas, caos, carne profanada, vidas desechables, instinto descontrolado, sangre, fracaso y muerte. Me enferman el falso orden apolíneo de la corrección política, de la fe ingenua, de la charlatanería de la autoayuda y superación, de la obscena intromisión de la cultura del chisme y el voyeurismo y de la anestesia creada por el entretenimiento banal, perfectamente vacío. Quizá sea yo un cínico pesimista que vive un surrealismo macabro, pero me queda claro que nuestra existencia es una alienación procaz y estamos atrapados en una realidad donde la lógica se ha fracturado, creando un entorno sombrío y francamente repulsivo, pues debemos reconocer que, en el fondo, no somos más que bultos de carne, huesos, fluidos y pulsiones primitivas. Nos engañamos creyendo que vivimos en un mundo controlado por leyes que generan armonía, pero así no es: dominan el caos y la desarticulación progresiva e irreversible.
Preferimos la ilusión a la verdad.
Vivo asfixiado por una existencia que genera una tensión permanente entre lo bello, lo sublime, lo grotesco y lo terrible, y esto me produce una angustia constante.