Una y otra vez el algoritmo me hacía tropezar con la sugerencia de Unabomber, hasta que una noche fastidiado por sólo encontrar series o películas echas para el disfrute –precisamente del algoritmo–, decidí darle una oportunidad.
A final de cuentas la película es la historia de Ted Kaczynski, el terrorista estadunidense que a lo largo de 17 años mantuvo en vilo a una nación con una serie de atentados dirigidos a universidades y aerolíneas, el mal no era un extraño enemigo.
Pensé entonces que por más ficcionada que pudiera estar la cinta e incluso si cumplía a cabalidad el método descrito por Matt Damon para hacer “eficaces” las producciones para streaming: acción inmediata y exposición repetitiva, algo se podría rescatar, a diferencia de los otros cientos de propuestas que atascan la red.
Y vaya que no fue tiempo perdido.
Aunque evidentemente no es el eje central del relato, la trama nos muestra un punto de inflexión entre una tradición del psicoanálisis fundado por Freud y sostenido por sus escuelas, y la del replanteado por Lacan y sostenido por sus acólitos.
Lo explico.
Ted Kaczynski “nace” en la guerra fría y la tradición de los gobiernos que intentaron apoderarse de los postulados de la incipiente psicología y del psicoanálisis, para ganar las guerras controlando la mente de los enemigos.
Cuando apenas el estudio de la mente se había logrado sacudir de la tutela de la Iglesia y estaba dando pasos tambaleantes, la prisa de los gobiernos en pugna por ganar una guerra sin disparar una bala, hicieron parir una especie de magia científica
El propio Kaczynski fue un conejillo de indias de uno de tantos experimentos contemplados en el proyecto MKUltra que tenía como objetivo descubrir el patrón que lleva a las personas a quebrar sus defensas y quedar a merced del otro.
Esta suerte de charlatanería científicamente comprobada no se quedó sólo en la investigación de los servicios de espionaje, sino que saltó a la cultura popular y claro, inevitablemente, sostuvo y quizá hasta sigue sosteniendo ciertas prácticas psi.
Ted Kaczynski colocó su primera bomba en mayo de 1978 y durante 17 años los servicios de inteligencia lo estuvieron “cazando”, empleando los mismos métodos de identificación, perfiles psicológicos basados en teorías del comportamiento y hasta un retrato hablado que no habla nada del terrorista.
Hasta que el perfilador criminal James R. Fitzgerald y el sociolingüista Roger Shuy, analizan el texto publicado por el Unabomber y logran descubrir al autor de los atentados. Claro para estar a tono con los tiempos, porque tiempos traen tiempos, ese descubrimiento se lo dejan al personaje ficticio Joanne Miller, una joven mujer que lucha en un mundo dominado por hombres.
Bueno habría que cumplir con la cuota, aunque eso implique torcer la historia.
Lo interesante aquí o al menos lo que intento transmitir es cómo a lo largo de las décadas la psicología en general y el psicoanálisis en particular era impulsado por la creencia de que lo inconsciente es algo que habita en las profundidades de la mente, guardado celosamente por pilares de represión y envuelto en velos de misterio que sólo místicos e iniciados pueden descubrir.
Pero el aporte más significativo que hace Lacan al psicoanálisis, al grado me parece de reformularlo por completo, es que lo inconsciente no es algo que habita en las cavernas de nuestra mente. Ni siquiera se trata de algo oscuro e inconfesable. Está en la superficie.
Dice Lacan que lo inconsciente tiene estructura de lenguaje, por eso hay que leer al paciente. No como si se tratara de un texto escrito en lenguas muertas que necesita de su Piedra de Rosetta para descifrarse, sino como un texto más, un discurso, un cuento, una novela.
No hay que leer, como muchas veces místicamente se supone, entre líneas. Hay que leer todas las líneas, estar atentos al discurso del paciente, a su elaboración de la cadena de significantes, en la que sabemos que cada palabra que se dice adquiere valor no por su significado particular, sino por lo que viene a continuación, por lo que produce.
Tampoco existe un abracadabra, una palabra por si misma como en la hipnosis que desencadena un comportamiento en particular. Lo inconsciente esté ahí, como el amor, flotando en el aire.