Voy a cobrarle a la vida todo lo que me debe

  • Columna de Alberto Isaac Mendoza Torres
  • Alberto Isaac Mendoza Torres

Puebla /
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A finales de la década de los noventa, el filósofo italiano Giorgio Agamben encontró en cierta librería parisina las autobiografías de dos filósofos que indudablemente marcaron la diferencia en el pensamiento occidental: Paul Ricour y Guy Debord. Estaban juntas en la misma mesita “por azar o por una irónica intención del librero”, escribiría años más tarde.

Con esta escena en mente escribe diez años más tarde el preámbulo de su gran obra El uso de los cuerpos. Le llama la atención el uso de las imágenes en ambos libros.

“Mientras las fotografías del libro de Ricoeur retrataban al filósofo únicamente durante congresos académicos, como si no hubiese tenido otra vida fuera de aquéllos, las imágenes de Panégyrique (de Guy Debord) aspiran a un estatuto de verdad biográfica que atañe a la vida del autor en todos sus aspectos”.

Agamben nos dice que en Guy Debord el creador de La sociedad del espectáculo había una convicción de que en la propia existencia o en la de sus amigos existe algo único y ejemplar que exigía ser recordado y comunicado.

Sin embargo, eso único y ejemplar carga consigo una contradicción que los situacionistas no logran resolver, debido a que “…nuestra forma de vida es tan íntima y cercana que, si intentamos aprehenderla, nos deja entre las manos únicamente la impenetrable, tediosa cotidianidad.”

La mayoría de las personas que llegan a tener poca o mucha exposición pública, se decantan por mostrar solo el aspecto que marca el hito de su vida. Como Paul Ricour y su extensa vida académica, que sin duda la tuvo, médicos, futbolistas, sacerdotes, políticos, solo “comparten”, lo que los define como en un rasgo unario y los separa de su vida misma.

Incluso el político que ama sus fotos acariciando perros, corriendo en pistas de tartán o comiendo “ropa vieja”, ha sacado de la esfera de la vida íntima estas escenas para incorporarlas al discurso político del control.

Correr el riesgo de burlar la intransmisibilidad de la que Agamben califica como la vida, la clandestina, es algo que pocos se atreven a tomar. Por eso celebré cuando mi admirado Alberto Rueda se animó a escribir sus Cosas banales y disfruté su primera entrega, como cuando niño comía una natilla.

Una parte de El tío David me cimbró como deben hacer las buenas narraciones. Escribe el buen Rueda: “El tío David tampoco me cobró nunca. Cuando yo era más joven aceptaba aquella generosidad con la inconsciencia con la que uno recibe muchas cosas en la vida.”

Recibir inconscientemente la generosidad de la vida, como si fuera una obligación, es la trampa en la que resbalamos sin querer, la mayoría de las personas. Y es una queja constante que inunda el diván en mi consultorio.

Las personas llegan dolidas, solicitando una consulta, porque tienen la enquistada creencia de que la vida les está negando algo. Eso por lo que hoy ellos están sobreviviendo. Algunos le llaman amor de pareja, otros le llaman reconocimiento de los padres, otros más el dinero merecido por su ardua entrega laboral.

Pero independientemente del disfraz que se pueda usar, detrás siempre existe el mismo fantasma. La vida les debe algo, mucho, y hay que cobrarle con interés compuesto. Parecen atrapados en su etapa de bebés, cuando eran “su majestad”.

Viven eternamente en esa edad del narcisismo primario de la cual habla Freud, en la que el bebé es el centro absoluto del universo, en el que ese ser por su perfección no debe recibir ninguna privación, sus deseos se deben cumplir de manera inmediata y sus chillos son el replicar de tambores que obliga no solo a padres, sino a todos los cuidadores a lidiar las batallas por él.

Así van por la vida. Exigiendo que el otro los ame, porque ellos decidieron que así debería ser. Que el otro les cumpla, porque sino serán tóxicos y personas que solo les roban el brillo. Atrapados en estas exigencias que solo encuentran su fin hasta que ellos mismos son consumidos.

Alcanzar la madurez o lograr la salud mental, como cada quien prefiera nombrarle, sería dejar de esperar que la vida nos llene de regalos, como los padres hacen con nosotros cuando somos bebés, y hacernos cargo de cada una de nuestras decisiones, con las consecuencias buenas y malas que estas nos acarren.


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