Antes del talento, el cuidado

Ciudad de México /
Alfredo San Juan

En  el  Mundial  solemos  ver  el  resultado  final:  el jugador  que corre,  el cuerpo que resiste, la pierna que define, el portero que ataja y el estadio que grita. Vemos el talento en su punto más visible, pero pocas veces pensamos en todo lo que tuvo que pasar antes.

Antes del gol, hubo alguien que lo llevó a entrenar. Antes del aplauso, alguien que lo abrazó después de perder. Antes del contrato, alguien que creyó cuando todavía no había nada que presumir. Antes del atleta, hubo un niño sostenido por una red.

Y casi siempre, en el centro de esa red, hubo una mamá, un papá, unos abuelos o alguien que decidió cuidar sin pedir reflectores.

Pienso en Nico e Iñaki Williams, hijos de una familia que cruzó el Sahara buscando una mejor vida. En Cristiano Ronaldo, que creció en medio de carencias, pero bajo el cuidado de su madre. En el Dibu Martínez, que ha dicho que sus padres son sus ídolos. En Haaland usando también el apellido de su madre, Braut, como una forma silenciosa de decir: yo no llegué solo.

Y pienso en Vozinha, el portero de Cabo Verde que emocionó al mundo por sus atajadas y sus lágrimas porque su mamá no había podido estar ahí. Un hombre adulto, en el escenario más grande del futbol, recordándonos que incluso cuando llegamos lejos, seguimos queriendo que quienes nos cuidaron puedan vernos llegar.

Tal vez por eso estas historias conmueven tanto. Porque el futbol habla de talento, sí, pero también de cuidado: la comida servida a tiempo, la ropa lista, el traslado imposible, la espera afuera de una cancha, la palabra que calma, la mirada que dice “yo creo en ti”.

El talento abre la puerta, pero los cuidados sostienen el camino.

Y esto no se aplica sólo para quienes llegan a un Mundial. Ese nunca debería ser el objetivo de la maternidad ni de la paternidad. El verdadero éxito no está en que nuestros hijos sean los más reconocidos, sino en que puedan convertirse en la mejor y más feliz versión de aquello que elijan ser.

Que si aman el futbol, tengan cuerpo, mente y disciplina para jugarlo. Que si aman la música, tengan confianza para crear. Que si aman la ciencia, tengan la curiosidad para preguntar. Que si sueñan en grande, tengan dentro una voz que les recuerde que vale la pena intentarlo.

Porque una infancia cuidada no garantiza una vida perfecta, pero sí puede construir algo muy valioso: confianza. Y esa confianza acompaña cuando hay presión, miedo, fracaso y cuando nadie aplaude.

Cuidar no es sólo resolver lo urgente: es acompañar sin invadir, poner límites sin romper vínculos, celebrar el esfuerzo y ayudarles a entender que la disciplina no nace del miedo, sino del amor por aquello que quieren construir.

Si más personas dimensionaran el efecto que los cuidados en la niñez tienen sobre la vida adulta, tomaríamos más en serio la maternidad, la paternidad y las redes que rodean a un niño. Y el Mundial es un ejemplo perfecto para verlo. Detrás de cada jugador hay estadísticas, entrenadores, genética, disciplina y talento. Pero también historias familiares que no salen en la tabla de posiciones.

No todos los niños llegarán a una final, ni levantarán una copa. Pero todos merecen crecer sabiendo que su vida importa. Porque vivir más y mejor también empieza ahí: en una infancia donde alguien creyó en ti antes de que tú supieras creer en ti mismo.

Antes del talento, el cuidado. Antes del éxito, el vínculo. Antes del adulto que cumple un sueño, casi siempre hubo un niño que se sintió acompañado para intentarlo.


  • Ale Ponce
  • Experta en ciencia e investigación de la nutrición con destacadas habilidades en el campo de la nutrigenómica y los alimentos funcionales. Vasta experiencia en el área de nutrición clínica y administración educativa. Publica su columna Vive más y mejor todos los lunes.
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