El amor y la amistad son supervivencia

Ciudad de México /

Apenas pasó el Día del Amor y la Amistad y, aunque las flores se marchitan y los globos se desinflan, hay algo que se queda trabajando en silencio dentro de nosotros: la huella biológica de sentirnos acompañados.

Durante años nos vendieron la idea de que la salud es un asunto individual: “disciplina”, “fuerza de voluntad”, “hábitos”. Todo eso importa, sí. Pero hay una pieza que casi nunca se menciona con la seriedad que merece: la comunidad. La gente que te rodea no solo te cambia el humor; puede cambiar tu biología. 

Cuando convivimos con personas que nos dan seguridad —un amigo que escucha sin juzgar, una pareja que te calma, una familia elegida que te sostiene— nuestro sistema nervioso se regula. Baja la alerta, desciende el cortisol (la hormona del estrés crónico) y el cuerpo sale del modo “supervivencia”. Y ahí ocurre algo fascinante: se encienden y se apagan genes de forma distinta. Eso es epigenética: no cambia tu ADN, pero sí cambia la manera en que se lee y expresa. Como si tu cuerpo dijera: “Puedo invertir en reparar mis células, en mi sistema inmune, en dormir profundo… porque no estoy solo y quiero continuar aquí”.

Por el contrario, el aislamiento prolongado no es solo tristeza: es inflamación. La soledad sostenida se asocia con peor sueño, peor control de glucosa, mayor presión arterial, más vulnerabilidad a infecciones y a depresión. Y aunque suene duro, hay evidencia de que la falta de vínculos significativos se relaciona con mayor riesgo de enfermedad y mortalidad. No porque seamos ‘débiles’, sino porque nacimos para pertenecer: cuando la tribu falta, el cuerpo lo vive como amenaza y, célula por célula, empieza a pagar el precio.

Me gusta pensarlo así: el amor no es un lujo emocional; es un modulador biológico. En presencia de conexión, sube la oxitocina (que amortigua estrés), mejora la variabilidad de la frecuencia cardiaca (una señal de resiliencia), y el cerebro interpreta el mundo como un lugar menos amenazante. Esa señal se traduce en química, y la química se traduce en comportamiento: comemos mejor, nos movemos más, dormimos más profundo, pedimos ayuda a tiempo.

Y aquí entra una idea que no puedo soltar: quizá la calidad de nuestra “tribu” también depende de nuestra capacidad de verla. Hay gente buena alrededor… pero a veces vamos tan rápido, tan distraídos, tan “en automático”, que no la registramos. Las buenas personas no solo se encuentran: se reconocen, se cuidan y se agradecen. Y sí, eso también entrena al cerebro: gratitud y pertenencia no son cursilería; son higiene mental.

Entonces, si este Día del Amor y la Amistad te dejó un huequito —o te dejó el corazón lleno— úsalo como recordatorio práctico: invierte en tus vínculos tanto como inviertes en tu alimentación, ejercicio y en ese nuevo smartwatch. Haz una llamada al amigo que extrañas. Agenda un café con tu pareja y dejen a un lado los celulares. Pide perdón, y perdona. Pon límites. Únete a algo: un club, un voluntariado, una caminata grupal. La comunidad no aparece por arte de magia; se construye con microdecisiones y a veces hay que ser nosotros quienes demos el primer paso.

Porque al final, uno de los factores más importantes para tu salud física (no solo emocional) es la gente que te rodea: quienes te regulan, te retan con cariño, te devuelven a ti cuando te pierdes: te recuerdan quién eres y por qué el mundo es mejor contigo en él. Y esa, para mí, es una de las formas más concretas de vivir más y mejor.

Alfredo San Juan

  • Ale Ponce
  • Experta en ciencia e investigación de la nutrición con destacadas habilidades en el campo de la nutrigenómica y los alimentos funcionales. Vasta experiencia en el área de nutrición clínica y administración educativa. Publica su columna Vive más y mejor todos los lunes.
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