“Disfruta el camino, intenta ser mejor cada día y no pierdas la pasión ni el amor por lo que haces”. Un año antes de fallecer, mi papá me mandó esta frase de Nadia Comăneci que escuchó en un documental. Me dijo que le parecía importante tenerla presente. Hoy la recordé después de ver a esta gran gimnasta recibir un reconocimiento por los 50 años de aquella calificación perfecta de 10 que marcó la historia de este deporte.
Nadia tenía apenas 14 años cuando, en los Juegos Olímpicos de Montreal, una rutina de segundos la convirtió en leyenda. Pero, como ella recordó al aceptar su reconocimiento, detrás de esos segundos que el mundo pudo ver, hubo años de entrenamiento, repetición, cansancio, correcciones, disciplina y compromiso que casi nadie vio.
En su mensaje habló también del deporte como una herramienta para la vida; como un espacio donde se aprende responsabilidad, resiliencia, compromiso y motivación. Habló de lo importante que es para los niños tener acceso al deporte, porque ahí descubren no solo lo que pueden lograr con su cuerpo, sino también lo que pueden construir con su mente, su carácter y su comunidad.
Y como se acerca el Día del Niño, pensé en todos los regalos que solemos buscar para hacerlos felices. Juguetes, ropa, tecnología. Pero quizá uno de los mejores regalos que podemos darles es la oportunidad de practicar un deporte.
No hablo del deporte como exigencia excesiva o búsqueda de perfección. Hablo del deporte como una escuela de vida.
Un espacio donde un niño aprende que mejorar toma tiempo, que equivocarse no significa fracasar y que los resultados no siempre llegan de inmediato. Aprende a levantarse después de perder, a respetar reglas, a escuchar a un entrenador, a convivir con otros y a entender que su esfuerzo puede impactar a un equipo.
En cualquier disciplina, los niños entienden algo que será fundamental para su vida adulta: nadie avanza completamente solo. Hay momentos en los que alguien más te impulsa, y otros en los que tú eres quien tiene que impulsar. Así se aprende sobre responsabilidad compartida, sentido de pertenencia y comunidad. Y la comunidad, también es salud.
Por eso, este Día del Niño, pensemos en el deporte como un regalo para toda la vida. No porque deban ser atletas, sino porque todos merecen descubrir lo que son capaces de construir con constancia. Muchas de las herramientas que un niño desarrolla en el deporte terminan acompañándolo en la vida adulta: en su manera de trabajar, de cuidar su salud, de relacionarse y de levantarse cuando algo no sale como esperaba.
Un adulto que de niño aprendió a entrenar, esperar, corregir y volver a intentar probablemente entiende mejor que la vida no se construye con inspiración de un solo día, sino con hábitos que se repiten. Entiende que una profesión requiere práctica y amor por el proceso, y que cuidar la salud no depende de una sola decisión, sino de pequeñas elecciones que se sostienen todos los días.
Mi papá me mandó aquella frase pensando en mi trabajo. Hoy entiendo que, sin saberlo, también me estaba hablando de la vida. Nadia necesitó solo unos segundos para hacer historia, pero esos segundos se construyeron mucho antes de que el mundo los viera. Tal vez esa fue una de las enseñanzas más valiosas que él me dejó y que hoy podemos transmitirle a las siguientes generaciones: vivir más y mejor no se trata de buscar la perfección y los aplausos, sino de aprender a caminar la vida con compromiso, alegría y propósito.