Lo que Haaland puede enseñarnos sobre criar para el éxito

Ciudad de México /
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CRISMAR PÉREZ

Mientras muchos futbolistas parecen cargar el Mundial sobre los hombros, Erling Haaland da la impresión de estar haciendo algo más sencillo: jugar.

Marcó siete goles en sus primeros cuatro partidos de Copa del Mundo y ha devuelto a Noruega a un Mundial después de 28 años de ausencia. Rompe récords y, aun así, se muestra relajado. Tal vez parte de esa ligereza se explique por la forma en que creció.

Su padre fue futbolista profesional y su madre compitió en heptatlón. La genética importa, pero el potencial biológico nunca trabaja solo: necesita un entorno que lo desarrolle sin agotarlo antes de tiempo.

Creció en Bryne, un pequeño pueblo de Noruega, rodeado de familia y naturaleza. Entró al futbol desde niño, pero también practicó balonmano, atletismo y esquí. En lugar de que los adultos lo trataran desde pequeño como una promesa futbolística, le permitieron explorar, probar y jugar.

Esto refleja la filosofía del deporte infantil en Noruega. Hasta los 12 años se da prioridad a la participación, el aprendizaje y el disfrute por encima de los rankings y la selección temprana. No se trata de eliminar la competencia, sino de no imponer demasiado pronto la idea de que únicamente vale quien gana.

Quizá por eso no parece consumido por demostrar que merece estar ahí. Se exige y cuida su alimentación, descanso y recuperación, pero conserva algo que muchos adultos pierden: el gusto por lo que hace.

Hoy muchos niños crecen rodeados de expectativas más altas, comparación constante en redes sociales y actividades que dejan de ser juego para convertirse en preparación para el futuro. Sin que nadie se los diga directamente, aprenden que equivocarse es decepcionar, que detenerse significa quedarse atrás y que valen más cuando destacan. Años después, esa idea puede llevarlos a vivir su trabajo bajo presión, sentir culpa al descansar y dejar su salud en un segundo plano.

El problema no es enseñar disciplina, ambición o constancia. El problema es enseñar que el amor, la aprobación y la pertenencia dependen del desempeño.

El trabajo ocupa una parte de nuestra vida, y la manera en que lo vivimos afecta al cuerpo. El estrés sostenido y las jornadas laborales excesivas se relacionan con mayor riesgo cardiovascular. Además, deterioran el sueño, desplazan el ejercicio y dificultan la recuperación. El organismo puede responder a periodos intensos, pero no puede vivir indefinidamente como si cada día estuviera jugando una final.

Como padres, si buscamos criar hijos exitosos en el ámbito que ellos decidan, podemos permitirles probar distintas actividades, evitar convertir cada interés en un proyecto profesional y separar su valor personal de sus resultados. También podemos enseñar con el ejemplo que cuidarse, dormir y disfrutar no son distracciones del camino: forman parte de él.

No todos nuestros hijos serán futbolistas profesionales. Pero casi todos dedicarán muchos años de su vida a trabajar.

Ojalá lleguen a hacerlo con compromiso, pero no desde el miedo. Que puedan mejorar sin sentir que nunca son suficientes, esforzarse sin destruirse, descansar sin culpa y disfrutar aquello que eligieron.

Tal vez lo más admirable de Haaland no sea únicamente que marque goles como si hubiera nacido para hacerlo. Es que, en el escenario de mayor presión, todavía parece recordar que el futbol es un juego.

Y quizá criar a un adulto sano y feliz empiece justo ahí: no obligándolo a ganar demasiado pronto, para que no olvide cómo disfrutar cuando finalmente llegue lejos.


  • Ale Ponce
  • Experta en ciencia e investigación de la nutrición con destacadas habilidades en el campo de la nutrigenómica y los alimentos funcionales. Vasta experiencia en el área de nutrición clínica y administración educativa. Publica su columna Vive más y mejor todos los lunes.
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