¿Medicamentos o estilo de vida? No tienes que elegir

Ciudad de México /
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Hace poco recibí en consulta a una paciente a quien acababan de recetar un medicamento para controlar la presión arterial y otro para disminuir el colesterol. Llegó con una petición muy clara: mejorar ambos problemas sólo con la alimentación y el estilo de vida, sin comenzar a tomar los medicamentos.

Después de revisar sus estudios, le expliqué por qué era importante seguir las indicaciones de su médico. También le aclaré que tomar los medicamentos no significaba renunciar a mejorar sus hábitos. Ambas medidas debían trabajar juntas para controlar sus niveles, reducir riesgos y ayudarla a sentirse mejor.

Con frecuencia pensamos que debemos elegir entre los medicamentos y el estilo de vida, pero no cumplen la misma función. Los fármacos están diseñados para actuar sobre mecanismos específicos. Así sucede con los tratamientos para controlar la presión arterial, el colesterol o la glucosa, regular la función de la tiroides o tratar la depresión.

El estilo de vida tiene una función más amplia. La alimentación, el ejercicio, el sueño, el manejo del estrés y evitar el tabaco influyen en distintos sistemas al mismo tiempo. Estos hábitos favorecen la respuesta al tratamiento, disminuyen riesgos y ayudan a evitar que la enfermedad avance. En algunas personas, incluso permiten que el médico valore reducir las dosis, aunque esto no siempre sucede.

Debemos entender que los buenos hábitos, aunque son poderosos, tienen límites. Existen niveles de presión, colesterol o glucosa que representan un riesgo y necesitan disminuirse con mayor rapidez. También hay enfermedades, cambios neurobiológicos y factores genéticos que no pueden corregirse con fuerza de voluntad, comida saludable o ejercicio.

Esto no significa que la persona haya fallado. Significa que su cuerpo necesita una herramienta adicional. Los medicamentos fueron creados para intervenir cuando los hábitos no son suficientes o cuando esperar a que produzcan resultados podría aumentar el riesgo de una complicación.

El otro extremo también es frecuente. Algunas personas comienzan un medicamento y creen que ya pueden olvidarse de sus hábitos porque “la pastilla las protege”. Pero tener una cifra controlada no elimina los efectos de dormir mal, fumar, beber alcohol, no moverse o de una alimentación poco saludable. El medicamento atiende una parte del problema, pero la salud depende de muchos otros factores.

El miedo a los efectos secundarios también lleva a algunas personas a rechazar tratamientos. Es válido hacer preguntas, conocer beneficios y riesgos o buscar una segunda opinión. Lo peligroso es sustituir la recomendación médica por un consejo de redes sociales o por la experiencia de alguien con una historia clínica diferente.

Tampoco debemos suspender un medicamento porque nos sentimos bien o porque los últimos estudios salieron normales. Muchas veces, esos resultados indican precisamente que el tratamiento está funcionando. Reducir la dosis o suspender el medicamento debe decidirse siempre con el médico.

Un tratamiento completo utiliza cada recurso de acuerdo con lo que puede aportar. El medicamento ayuda a controlar la enfermedad, mientras que los hábitos cuidan otros aspectos de nuestra salud y ayudan a obtener mejores resultados. No se trata de elegir uno u otro, sino de entender que cuidarte no significa demostrar que puedes hacerlo todo por tu cuenta, sino permitirte recibir la ayuda que necesitas para vivir más y mejor.

Alfredo San Juan


  • Ale Ponce
  • Experta en ciencia e investigación de la nutrición con destacadas habilidades en el campo de la nutrigenómica y los alimentos funcionales. Vasta experiencia en el área de nutrición clínica y administración educativa. Publica su columna Vive más y mejor todos los lunes.
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