Durante muchos años, en La Laguna existía una frase que definía la vida cotidiana de nuestra región: “en Torreón todo queda a quince minutos”.
Era una ciudad cómoda, cercana y con un ritmo distinto.
Hoy, esa realidad ha cambiado. Nuestra región crece aceleradamente, la movilidad es cada vez más compleja, las necesidades urbanas aumentan y el desarrollo económico avanza a una velocidad que nos obliga a pensar de manera distinta el futuro que queremos construir.
Pero el verdadero reto no es únicamente crecer. El reto es cómo vamos a crecer.
Las ciudades pueden expandirse físicamente, atraer inversiones y desarrollar infraestructura, pero si no fortalecen al mismo tiempo su sentido de comunidad, corren el riesgo de crecer sin dirección y sin identidad.
Por eso hoy más que nunca debemos hablar de algo fundamental: la importancia de construir comunidad para lograr un crecimiento regional más ordenado, humano y sostenible.
Hablar de proveeduría local no es únicamente hablar de economía; es hablar de identidad, de desarrollo regional y de la capacidad que tiene una comunidad para crecer con sus propios talentos y empresas.
Cada vez que una obra, un servicio o una inversión pública o privada integra a empresas locales en su cadena de valor, el impacto trasciende mucho más allá de un contrato: se convierte en empleo, capacitación, derrama económica y fortalecimiento institucional para toda la región.
En una ciudad o región como La Laguna, donde históricamente el esfuerzo empresarial ha sido uno de los motores del crecimiento, impulsar la participación de proveedores y contratistas locales debe entenderse como una estrategia de desarrollo y no como un privilegio.
Las empresas locales generan arraigo, conocen las necesidades de la comunidad y reinvierten sus utilidades en la misma región donde trabajan. Eso significa más empleos formales, mayor consumo local y una economía más dinámica.
Crear comunidad en donde veamos a los jóvenes participando en cámaras empresariales, en asociaciones civiles, en proyectos comunitarios, en política y en espacios donde se toman decisiones.
No únicamente como espectadores, sino como protagonistas del futuro de la región.
Porque las ciudades que evolucionan son aquellas que logran integrar nuevas ideas, nuevas visiones y nuevas formas de entender los retos actuales.
Muchas veces se habla de los jóvenes como el futuro, pero la realidad es que también son el presente.
Son ellos quienes vivirán la ciudad que hoy estamos construyendo y quienes enfrentarán desafíos relacionados con movilidad, seguridad, desarrollo urbano, empleo y sustentabilidad.
Impulsar la proveeduría local tampoco significa cerrar las puertas a la competencia. Al contrario, significa generar condiciones más equitativas para que las empresas regionales puedan competir con base en capacidad técnica, experiencia y calidad.
La competencia sana eleva los estándares, pero también debe reconocer el valor estratégico de fortalecer a quienes generan empleo y desarrollo en la propia comunidad.
Hoy más que nunca, México necesita regiones fuertes, competitivas y con empresas sólidas.
Apostar por lo local no es limitar el crecimiento; es sembrar bases más firmes para un futuro sostenible.
Construir ciudades más fuertes también implica construir economías regionales más fuertes.
Y eso comienza dando oportunidades a quienes todos los días trabajan, invierten y creen en su propia tierra.