¿Es posible enseñar a pensar?

  • Apuntes pedagógicos
  • Alfonso Torres Hernández

Hidalgo /
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En un contexto donde el pensamiento y acción humana se ha colocado en una zona de riesgo frente a la inteligencia artificial, el desarrollo del pensamiento cobra relevancia como una finalidad en el ámbito de la escolaridad. Al respecto, una interrogante surge como una necesidad y/o deseo pedagógico en la formación de los estudiantes: ¿Es posible enseñar a pensar? La pregunta interpela a la intervención docente, al contexto escolar, a la formación y a la tradición pedagógica que caracteriza las prácticas. Si el pensar, lo reconocemos como la puesta en juego de las facultades intelectuales para la toma de decisiones basadas en el buen juicio y la razonabilidad, entonces la interrogante se complejiza y nos exige un posicionamiento crítico frente a la lectura de la realidad y la construcción social del conocimiento. Inicialmente pensaríamos en que se nos exige un proceso de reflexión-acción-reflexión en, sobre y para la práctica, acompañado de procesos formativos permanentes sobre filosofía, currículum, teoría pedagógica, teorías de aprendizaje y didáctica. Constituirnos en andamiaje, mediadores, apoyo y sujetos de cooperación con nuestros alumnos son roles inevitables y necesarios para promover el desarrollo del pensamiento.

Nuestra acción pedagógica, pensada e intencionada toma un sentido diferente, planteamos entonces situaciones de aprendizaje que son contextualizadas y significativas en el proceso de aprendizaje de nuestros alumnos. Situaciones que, además, se acompañan de conflictos cognitivos que colocan al estudiante en dilemas, momentos de reflexión y diálogo, en situación de investigación y búsqueda de alternativas, lo cual genera un distanciamiento con la ortodoxia de la enseñanza y el “conocimiento dado”, ya construido. Se invita al alumno a la colaboración y colectividad en la comunidad de su grupo y en situaciones que pueden involucrar el juego como un dispositivo de gusto, deseo y aprendizaje.

Como podemos advertir, enseñar a pensar en el ámbito escolarizado, resalta la importancia del papel que juega el docente. Al respecto, Giroux (1990) nos dice que la posibilidad de enseñar a pensar se centra en el papel mediador y facilitador quetiene el profesorado en el proceso de aprendizaje del alumnado y se centratambién en la dimensión del profesorado como agente cultural, crítico y activo en elentorno social en el que desarrolla su profesión. En este sentido, podemos afirmar que la posibilidad de enseñar a pensar se sustenta en el desarrollo de estrategias cognitivas que le permitan a los estudiantes dar un mejor sentido y usos a lo que ya conocen y hacen. Esto supone que enfrenten nuevos desafíos y problemas con alternativas y respuestas diferentes.

Elosúa (1993) recupera de distintos autores (Carr, Kemmis, Elliot, Ruggiero) algunas actitudes que debería asumir un docente reflexivo para enseñar a pensar, entre ellas: una actitud tolerante, respetuosa y valorativa del pluralismo vigente ennuestras sociedades; favorecer un clima emocional y afectivo positivo en el aula; desarrollo de la escucha ante las opiniones de los demás; ofrecer oportunidades para trabajar técnicas de aprendizaje cooperativo; actitud abierta al cuestionamiento de las cosas y un sentido vivo parapreguntarse por todo; interés en la explicación de las cosas y en la relación de los hechos; actitud positiva hacia la novedad e interés por ampliar las experiencias; y desarrollar habilidades que fomenten la producción de ideas.


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