En tiempos en que el uso de dispositivos digitales en exceso y el incremento descontrolado de la inteligencia artificial en cuestiones asociadas a nuestra vida cotidiana, y de manera particular en el campo educativo, es momento de una reflexión-acción que haga frente al desafío de que el desarrollo del pensamiento en niñas, niños y adolescentes no disminuya. En este sentido, la escuela tiene que recrearse y reconstituirse en un espacio comprometido con la crítica, la razón, la reflexión y la autonomía, como lo establece el Plan de Estudios para la educación preescolar, primaria y secundaria 2022 al considerar “el aprendizaje de un conjunto de conocimientos, saberes y experiencias para que las y los estudiantes desarrollen su propio juicio, así como autonomía para pensar por sí mismas y mismos de manera razonada y argumentada, con el fin de que se acerquen a la realidad desde diferentes perspectivas, la interroguen y, en su caso, puedan contribuir a transformarla” (SEP, 2022).
La escuela debe procurar ambientes de aprendizaje que no empobrezcan el pensamiento, sino todo lo contrario, descubrir nuevos caminos para potenciarlo. Pensar lo educativo como una cuestión política, ética y pedagógica y no limitarlo a una cuestión técnico-operativa. La escuela debe ser un lugar donde el conocimiento se recree y no solo se transmita literalmente sin posibilidad de cuestionarlo. En la escuela, la incertidumbre, la sensibilidad, la capacidad de asombro, la curiosidad, el disenso, se constituyen en dispositivos para interpelar la realidad y son puntos de partida para que el pensamiento no permanezca estático. La práctica docente debe procurar movilizar estas capacidades con estrategias de diálogo, colectivas y dinámicas.
Pensar en la escuela significa trascender las formas tradicionales de enseñanza. Distanciarse de la acumulación vana de conocimiento. Significa interrogar a la realidad, interpelarla y encontrar vías para transformarla. Significa encontrar sentido al mundo que nos rodea y a la sociedad en que vivimos. Desarrollar el pensamiento en la escuela nos lleva a un aprendizaje más crítico y creativo, que implica el desarrollo de sus habilidades cognitivas, emocionales y sociales en la formación de estudiantes que formulen sus propios juicios y esten preparados para ejercer una ciudadania más democrática. Al respecto, Lipman (1985) se refiere a la construcción de los juicios como parte importante del desarrollo de un pensamiento crítico, expresa la necesidad que tenemos de facilitar un trabajo con nuestros estudiantes para que sean cuidadosos en sus afirmaciones y que puedan desarrollar la capacidad para distinguir aquellas situaciones en las cuales elaborar un juicio puede o no ser pertinente.
Desarrollar el pensamiento en la escuela, se constituye así, en un eje que articula las distintas capacidades de los estudiantes que le permitan favorecer su criticidad, el pensar por sí mismos y tomar posiciones y decisiones más pertinentes ante la vida. Un ambiente educativo-escolar configurado desde estos planteamientos posibilita la emancipación de las estructuras tradicionales que han sedimentado las prácticas y aspiraciones educativas. La filosofía no es ajeno a ello, tiene que ser considerada en la formación de seres humanos más razonables, democráticos, justos y conscientes del mundo que les rodea.