La proclividad de Winston Churchill a escribir iba más allá de los discursos políticos o de sus partes de guerra. Cuando utilizó la expresión “la mortal gravedad del momento” en algún episodio determinante de la II Guerra Mundial, en 1940, se dice que un funcionario británico comentó exasperado: “Sigue pensando en sus libros”. También se sabe que cada acción suya dejaba atrás un rastro escrito, a extremos tales que, aun viviendo bajo el mismo techo, muchas veces se comunicaba con su esposa por carta. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1953.
Condiciones distintas las de Charles de Gaulle, uno de los grandes oradores del siglo XX, pero del que se pondera sobre todo una cualidad poco frecuente entre los líderes políticos de su época, no se diga en el británico: la capacidad de guardar silencio. Antes que por falta de elocuencia, de la que podía echar mano en la hora oportuna, el francés se guardaba, detestaba la divulgación de su vida privada y se le reconoce más por la defensa de una idea de Francia, una heroica y como superpotencia, que de los propios franceses.
De todo esto nos da cuenta el catedrático Richard Vinen en su libro Churchill y De Gaulle: los últimos titanes (Paidós-Planeta-Crítica, 2026), que nos pone ante una pregunta sencilla, pero con respuesta sin mucha certeza: ¿hablaban Winston y Charles el idioma del otro? “Sabemos que Churchill hablaba un francés abominable, pero expresivo, y que De Gaulle recibió clases de inglés cuando estuvo en Londres durante la guerra”.
Cuenta Vinen que la imagen pública de De Gaulle era como una armadura de la Baja Edad Media: incómoda y diseñada para uso ceremonial, mientras que el británico se sentía “caminando con el destino” cuando fue nombrado primer ministro en 1940. El autor cita a George Orwell con aquello de que hubiera sido mejor para la reputación de Churchill que hubiera muerto antes de que terminara la guerra.
El libro, novedad que ya está en librerías, incluye una valiosa selección fotográfica.