Quienes, como un servidor, suman años en la edición de diarios, saben la relevancia que tenía cargar con algunos diccionarios de forma permanente como complemento de los que había de consulta en las bibliotecas de los medios. Hoy ya no es necesario salir con ellos, porque casi todo está disponible en internet y porque hay aplicaciones específicas.
Entre los que iban conmigo a todos lados estaban uno de escritores, uno de conceptos de arte, otro de dinosaurios y unas miniaturas amarillas de variadas lenguas: inglés, francés, italiano, alemán. Los Larousse de gramática, por supuesto. Entre los que más atesoro, pero resultaba imposible llevar de aquí para allá, están los dos tomos del Diccionario de política, de Norberto Bobbio y compañía, y el de María Moliner del uso del español.
Recuerdo todo esto porque es imposible dejar de lado los cuatro tomos del Diccionario enciclopédico de México a la muerte de su autor, Humberto Musacchio, que era una fuente indispensable. En los medios impresos eran los correctores y secretarios de redacción, como se dividían entonces las mesas de edición, los más asiduos al mentado libro, no así muchos reporteros.
Una noche, hace unos 25 años, una reportera de guardia vio en los obituarios un nombre que le parecía conocido y le preguntó a una compañera si le sonaba. La colega le señaló con el dedo la mesa de redacción, “los sabios”, decían con sorna, con una recomendación: “pregúntale a Musacchio”.
Debió ser un sábado, porque yo estaba a cargo de la mesa de redacción. La mujer se acercó y me preguntó en voz baja:
—Oye, ¿quién es Musacchio?
No entendí de bote pronto la inquietud.
—Es que se murió fulanito —no recuerdo ya quién— y me dicen que le pregunte aquí a Musacchio.
Dos secretarios de redacción, que en teoría estaban ocupados en lo suyo, soltaron la carcajada y la reportera seguía sin entender nada y cada vez más afligida. Uno de ellos la llevó a un pequeño librero en el que había de todo para consulta y le presentó los cuatro tomos del reconocido periodista muerto esta semana.