Ray Lewis es un jugador retirado de la NFL, la liga gringa de futbol americano. Jugó 15 temporadas con los Cuervos de Baltimore, ganó un anillo de Supertazón y es el hombre más temible que haya pisado un emparrillado, intimidante aun para sus propios compañeros de equipo. El más agresivo tacleador que haya dado este deporte, cuya naturaleza es el golpeo en medio del empeño de llevar el balón de un extremo al otro.
En una escena de un documental hoy en la oferta de Netflix, el mentado Lewis, apoyador central de posición y por ello gigante y musculoso y demoledor, taclea de frente, casco contra casco, a Aaron Hernandez, ala cerrada de los Patriotas de Nueva Inglaterra, otro muchacho fortachón, alto, lleno de tatuajes y poderoso, como manda su lugar en la cancha, cuya responsabilidad es recibir pases. El golpe es terrible, pero ambos se levantan aparentemente sin acusar algún efecto mayor.
Para cuando esa jugada ocurrió, en un partido regular de temporada, Aaron era de forma pública el deportista ideal del american dream. Con un paso exitoso en la universidad, becado por los Gators de Florida, fue seleccionado en cuarta ronda por Nueva Inglaterra para el profesional, que ya para entonces dominaba la liga y se perfilaba para ser el más grande de la historia de la NFL: le ofrecieron un contrato por 40 millones de dólares a lo 23 años. Pronto se convirtió en uno de los receptores favoritos del mariscal de campo superestrella Tom Brady.
¿Qué podía fallar?
La mente de un asesino: Aaron Hernandez es el documental con formato de miniserie que estos días ha estrenado Netflix, con el timing del Supertazón en puerta, en el que narran la vida de este jugador hallado culpable de asesinato de su amigo Odin Lloyd, condenado a cadena perpetua y muerto por ahorcamiento suicida en su celda a los 27 años. Relaciones peligrosas, desencuentros familiares, sexualidad desvelada por sus amigos de adolescencia y reveladoras llamadas desde la cárcel conducen al espectador a una trama que va desgranando las claves que llevan a una exitosa figura del deporte a tomar las peores decisiones.
Dentro de la cancha convive con las grandes estrellas de uno de los deportes más populares en el mundo y, a diferencia de casi todo el resto del plantel, tiene una relación magnífica con el propietario del equipo, quien acabará testificando en el juicio. Pero fuera de la cancha Aaron es otro y sus amistades gozan de pésima reputación: vagos, parásitos, delincuentes. El joven comienza a exhibir un temperamento peligroso, anda armado y aunque solo fue hallado culpable de un asesinato, se le acusa de dos más y de una tentativa. Cuando ya era el futbolista de los 40 millones de dólares.
El pasaje más polémico viene con el análisis de su cerebro, dañado con encefalopatía traumática crónica (CTE en inglés), equivalente a los daños de una persona de 60 años. Inevitable revivir los casos de otros dos ex jugadores suicidas con el mismo padecimiento, Mike Webster y Junior Seau, y el filme Concussion (Ridley Scott, 2015). La cabeza humana no está hecha para el futbol americano.
@acvilleda