La universidad frente al alumno que ya no le cree

Tamaulipas /
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¿Qué ocurre cuando el alumno deja de asumir que la universidad tiene razón?

Durante mucho tiempo, el aula tuvo una distribución bastante clara, alguien explicaba y los demás escuchaban. El conocimiento llegaba acompañado de un título, un escritorio y una institución que respaldaba la voz de quien enseñaba. Hoy, esa voz puede ser contrastada antes de que termine la clase.

Imaginemos la escena. Un profesor explica un concepto y un estudiante consulta una inteligencia artificial. Obtiene otra respuesta, encuentra una contradicción y levanta la mano. Lo que suceda después revelará mucho más que el dominio de un tema. Revelará cómo entiende esa universidad su propia autoridad.

¿Se examina la diferencia? ¿Se revisan las fuentes? ¿O se interpreta la pregunta como una falta de respeto?

Una respuesta generada por inteligencia artificial puede ser falsa, incompleta o convincente sin fundamento. Precisamente por eso, el desafío educativo exige enseñar a distinguir, argumentar y verificar. Descalificar la herramienta no resuelve la duda. Exigir obediencia tampoco.

La pregunta incómoda es cuánto de nuestra autoridad académica se sostiene en el conocimiento y cuánto en la costumbre de que nadie nos cuestione.

El estudiante también puede preguntarse por qué debe memorizar algo que puede consultar, qué sentido tiene una tarea que una herramienta resuelve en segundos o para qué sirve un contenido que parece desconectado de su realidad. Cada pregunta merece una respuesta pedagógica. “Así se ha hecho siempre” difícilmente será suficiente.

Esto nos obliga a revisar qué ofrecemos cuando abrimos las puertas de una universidad. Información hay en abundancia. Formar criterio requiere acompañamiento, exigencia, conversación y la posibilidad de equivocarse sin renunciar a pensar.

Como directivos, también debemos preguntarnos si nuestros discursos sobre pensamiento crítico sobreviven cuando la crítica se dirige hacia nosotros. Resulta sencillo promover estudiantes autónomos mientras sus decisiones coinciden con las nuestras.

La universidad tendrá que hacer comprensible el valor de lo que enseña y aceptar que su credibilidad se juega en cada respuesta. Un profesor capaz de decir “revisémoslo” puede enseñar más sobre el conocimiento que uno empeñado en parecer infalible.

Quizá una de las pruebas más exigentes de la educación sea formar a alguien que pueda cuestionarnos con mejores argumentos que los nuestros.

Y tener la madurez institucional para reconocer que eso también es un logro.


  • Alicia Ivette Sierra Sosa
  • alicia.sierra@mailune.mx
  • Directora de Liderazgo Académico de la Universidad del Noreste Lic. Filosofía y Letras Máster en Gestión Universitaria Máster en Dirección de Instituciones Educativas
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