Soy feliz. Me encantó el final de La isla 2017. ¿A usted no? Se transmitió el sábado pasado y fue la cosa más cardiaca y justa del mundo.
¿Por qué? Porque ganó Luis Arellanes, nuestro queridísimo Kong de la Banda.
En el remoto caso de que usted no haya visto este programa o de que no sepa quién es Kong, déjeme lo pongo en antecedentes para que entienda lo que sucedió aquí.
La isla 2017 es la más reciente edición del reality show extremo más famoso, exitoso y que más ha durado en toda la historia de la televisión mexicana.
Es un programa de Azteca 7 donde diferentes personas, entre figuras públicas y gente ajena al medio artístico, son desterradas a un lugar inhóspito donde deben enfrentar pruebas de una rudeza física, emocional e intelectual bárbaras.
Por si esto no fuera suficiente, los participantes son divididos en algo así como clases sociales. La meta: que alguien quede en primer lugar y se lleve dos millones de pesos.
Este año hubo un grupo de gente pobre etiquetada como La Banda y, entre muchas otras sorpresas, la participación de Facundo (sí, el conductor de varios programas de Televisa).
Kong es un señor muy humilde, de oficio salvavidas, muy moreno y con una maravillosa historia de vida (tiene una hija, una novia y su mayor ilusión era juntar dinero para casarse).
Aunque usted no lo crea, Facundo resultó ser un tipazo divino, excelente atleta, que se coló a la gran final junto con Kong y con otros dos competidores, un hombre (Sebastián) y una mujer (Fernanda).
Imagínese la batalla entre Kong, el negro, y Facundo, el blanco (más los otros dos). Entre el pobre y el rico. Entre el desconocido y el famoso.
Fue la cosa más emocionante y simbólica del mundo, un cañonazo que cambió estrategias de programación y comercialización y que nos mandó un mensaje de esperanza en tiempos oscuros.
Por favor, si puede, busque los videos en internet de esta joya porque, además de todo lo que le acabo de decir, ese capítulo final fue una maravilla de la producción, de la adrenalina, de la conducción y de lo extremo.
No sé usted pero yo veía aquella prueba tan complicada, tan larga, que en más de una ocasión pensé que a alguno de los participantes le iba a dar un infarto.
Mis respetos para Kong, para Facundo, para los demás, para el conductor Alejandro Lukini y para toda la gente que estuvo detrás de esta experiencia. ¡Así se hace! ¿A poco no?
El regreso de un clásico
Me queda claro que una de las tendencias más importantes de toda la industria del entretenimiento a escala mundial es el retorno al origen.
Pero volver a Dinastía es como para ponerse de pie y ovacionar a sus responsables, en nuestro caso, Netflix. ¡Qué cosa tan más sublime!
Déjeme le explico: a principios de los años 80, cuando el país estaba hecho pedazos, cuando solo existía la televisión abierta y cuando prácticamente solo teníamos Televisa, Canal 5 guardaba su material de lujo para los sábados y domingos por la noche.
Era la hora de las miniseries pero un día, sin previo aviso, sorprendió a las multitudes con una serie enloquecedoramente telenovelera titulada Dinastía que era tan buena o más que Dallas.
El caso es que aquella Dinastía era muy sexosa, coincidía con nuestra ideología en el sentido de que Los ricos también lloran y abordaba temas tabú como la homosexualidad.
¡Era una gloria! Hoy, obviamente, es como cine mudo para las nuevas generaciones pero en su momento, aunque nunca vimos el final, marcó a toda una generación.
¡Pues qué cree! A alguien en Estados Unidos se le ocurrió volver a hacer Dinastía (Dynasty), Netflix participó de alguna manera y nos la acaba de estrenar a un ritmo de un capítulo por semana.
¿Está buena? No. ¿No? No, está buenísima, mil veces mejor que los remakes de Dallas, Melrose Place y muchas otras primetime soap operas (telenovelas diseñadas para el horario estelar).
Ahora ya no tenemos a puros blancos y gente de clóset peleándose pausadamente sino a latinos, blancos y negros, conflictos de diversidad sexual, un ambiente mucho más perro que el original y… ¡Donald Trump!
¿Se podría contar el horror del mundo de los ricos en Estados Unidos sin abrir con Donald Trump?
No, y ni hablemos de la producción porque es fastuosa. No le voy a vender trama pero en el capítulo uno hay una escena con uno de esos molinos que sirven para generar energía eólica como de concurso de tan espectacular.
En resumen, aquí hay algo que promete. Ojo: apenas va un capítulo y luego resulta que para el tres o cuatro las cosas se derrumban pero conociendo lo que fue Dinastía, créame, vale la pena voltear a mirar esta serie.
¿Cuál es la nota? Que Netflix se la ganó a los canales de los cables y de las antenas directas al hogar que cada vez ofrecen menos novedades en nuestra región. ¡Qué grueso! ¿O me equivoco?
alvaro.cueva@milenio.com