Vero: La mujer que se comió el mundo

Ciudad de México /
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Qué pena por toda la gente que se ha dejado apantallar pero la mejor televisión no es la de las plataformas.

Es la de los canales que saben que son eso: canales, vías para transmitir mensajes, experiencias, personajes.

Y en el caso de la televisión de paga, esto se pone mil veces más riguroso porque usted no está regalando su dinero. Está pagando por algo.

En el canal El Gourmet hay una señora que se merece todo mi amor, admiración y respeto.

Se llama Verónica Zumalacárregui, tiene un programa que se llama “Me voy a comer el mundo” y es, objetivamente, de lo mejor que existe en nuestro idioma. Así: de ese tamaño.

¿Cuál es la nota? Que “Me voy a comer el mundo” está celebrando 10 años de vida.

¿Usted sabe lo que es durar 10 años en este negocio tan ingrato? Es casi, casi un milagro. Y ella lo ha hecho sin gritar, sin encuerarse, sin pelearse con nadie y sin hacer escándalo en las redes sociales. Lo ha hecho comiendo.

Pero comiendo de verdad. Comiendo en el suelo de la sabana africana con los masai. Comiendo trucha sacada con las manos debajo del hielo en Laponia. Comiendo una cucaracha gigante con sabor a fresa en un mercado de Bangkok.

¡Qué cosa tan hermosa! ¡La amo!

Conocí a Verónica hace muchos años, cuando nadie daba nada ni por ella ni por su formato y la defendí.

¿Por qué? Porque en aquellos tiempos lo “normal” era ver producciones inglesas o estadounidenses con hombres viajando por los cinco continentes en diferentes tonos y estilos.

Nosotros, en español, no teníamos a nadie. Mucho menos a una mujer.

Verónica Zumalacárregui iba a cambiar la historia de la televisión gastronómica en toda Iberoamérica y, lo más bonito de todo, sin poses, sin hacerse la culta, la fina, la experta.

Ella fue, es y será por siempre una chava de barrio, nuestra comadre, alguien como nosotras, como nosotros, que viaja y que no le da pena preguntar.

Ahí está su genialidad. Ella no nos da clases. Nos hace sentir que estamos ahí, descubriendo sabores, abriendo refrigeradores, comiéndonos un mundo que difícilmente podremos conocer en la vida real.

Y eso, perdón, supera por mucho a un montón de influencers que, desde que me acuerdo, han estado haciendo contenidos de comida.

La señora Zumalacárregui es auténtica, humilde, espontánea y, repito, mujer. ¡Mujer!

¿Sí se da cuenta de lo que le estoy diciendo?

En estos 10 años, Verónica ha recorrido más de 715 mil kilómetros. Ha visitado más de 70 países. ¿Puede usted imaginar lo que es eso?

“Me voy a comer el mundo” es ya una parte fundamental de la historia de la televisión global. Es el programa de cocina y viajes en español más longevo de todos los tiempos.

Tiene el premio Best of Europe de los Taste Awards de Los Ángeles.

¿Pero sabe qué es lo más maravilloso? Que si usted, como yo, ve El Gourmet, sabe que hubo una promoción para festejar la primera década de este clásico internacional en la Ciudad de México con la mismísima Verónica.

¿Cuántos programas de televisión de cuántas televisoras conoce usted que hagan eso?

Ojo: no es una podcastera cobrando por entrar a un teatro. Es una comunicadora profesional celebrando con sus audiencias completamente gratis. ¡Gracias!

Ojalá que pronto pueda volver a ver a mi Vero y darle un abrazo cariñosísimo. Amo las historias de éxito y la de ella se me hace particularmente especial.

Si usted tiene El Gourmet, únase a la fiesta y vea “Me voy a comer el mundo”. Vienen cosas muy buenas.

Si no, exíjaselo a su proveedor de cable o de antena directa al hogar. Búsquelo en redes. Son 10 años de televisión inteligente, humana, necesaria.

Hoy que todo el mundo se quiere comer al mundo a mordidas, urge reconocer que ella lleva 10 años haciéndolo pero con cubiertos, con respeto y con amor. ¡Felicidades, Verónica! ¡Muchísimas felicidades, El Gourmet! Así se hace. ¿A poco no?


  • Álvaro Cueva
  • alvaromilenio5@gmail.com
  • Es el crítico de televisión más respetado de México. Habita en el multiverso de la comunicación donde escribe, conduce, entrevista, da clases y conferencias desde 1987. publica de lunes a viernes su columna El pozo de los deseos reprimidos.
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