Meta, Google. El juicio y el infierno

Ciudad de México /

Yo pensé que esto se iba a convertir en un escándalo mundial, en el principio de un cambio mil veces superior al de “Me Too”, pero no.

Aquí hay tantos intereses o más que los que hubo y hay alrededor del caso Epstein. Es una vergüenza que no haya trascendido.

¿De qué hablo? Del daño que las redes sociales le han ocasionado a la humanidad puesto sobre la mesa como una demanda que se le ganó a Meta (Instagram) y a Google (YouTube) en Estados Unidos.

Usted, como millones de personas en los cinco continentes, seguramente también escuchó esta historia y la interpretó mal.

Nos la vendieron como un chisme del corazón, como que Mark Zuckerberg pasó un mal momento en la corte, pero no. Esto fue mucho muy serio.

Fue la confirmación de que nadie ha sabido (o de que nadie ha querido saber) de qué se trata cuando hablamos de redes sociales. Ni sus creadores ni sus usuarios.

He leído y he visto todo lo que he podido desde que salió la primera nota y me da vergüenza el juego en el que prácticamente todas y todos hemos caído alrededor de este evento.

Por un lado está la gente de estas corporaciones, lavándose las manos, culpando a los usuarios de las redes y a sus padres como quien culpa a las mujeres de provocar a los feminicidas por usar minifalda o por permitir que sus hijas salgan de noche.

Y, por el otro, las personas que viven pegadas al celular hablando, con palabras irónicamente censuradas, de suicidio, pornografía, anorexia, narcotráfico, bulimia y pederastia.

Pero espérese, se pone peor. ¿Qué hacen los medios de comunicación, los medios tradicionales?

Se van por el lado del algoritmo, de la inteligencia artificial. ¿Así o más candoroso?

¡Pobres! En lugar de aprovechar esto para reposicionarse, lo están usando para hundirse todavía más.

No y ni hablemos de las interpretaciones de los analistas que forman parte de la guerra ideológica porque entonces sí nos vamos a dar de topes contra la pared.

En su afán por defender o por atacar una posición de derecha o de izquierda, no ven lo que tendrían que estar viendo.

Esto no se arregla con alfabetización digital y no se justifica apelando a la libertad de expresión. Esto es demasiado serio para ser cierto.

Las redes sociales son el fentanilo de la comunicación y tendrían que ser tratadas así, con el mismo respeto con el que la industria farmacéutica trata este poderosísimo opioide sintético.

¿Por qué? Porque por primera vez en la historia la humanidad está haciendo de la comunicación intrapersonal algo masivo.

Se lo explico rápido: en comunicación hay niveles. Está el cara a cara, el cara a caras, el masivo y uno que casi nunca se menciona pero que es el más delicado de todos: el intrapersonal.

Palabras más, palabras menos, la comunicación intrapersonal es el diálogo que todas y todos sostenemos con nosotras mismas, con nosotros mismos.

Antes de la era digital, nada ni nadie se enteraba de lo que pasaba en nuestro interior.

Como las redes sociales penetran directamente ahí, todo eso que tenemos adentro, en lo más íntimo, se vuelve público y no sólo eso, se convierte en moneda de cambio para la creación de comunidades y para la compra y venta de productos y servicios.

Cuando hablamos de comunidades, como estamos a nivel intrapersonal, no sólo estamos hablando de aficionados a la ciencia o de coleccionistas de juguetes antiguos.

¡No! Estamos hablando de fobias, filias, fetiches, perversiones y de todo lo que antes nadie ni sabía ni debía saber.

Cuando hablamos de productos y servicios, como estamos a nivel intrapersonal, no sólo estamos hablando de maquillajes, hoteles y suplementos alimenticios.

¡No! Estamos hablando de procesos electorales, conversiones religiosas, encuentros sexuales y de temas que, en otros niveles de la comunicación, serían inimaginables.

Por eso la gente, en las redes sociales, dice y hace cosas que jamás diría ni haría con sus parejas, con sus hijas, con sus hijos, con sus amigas, con sus amigos, con sus compañeras de trabajo, con sus compañeros de escuela o con sus padres.

¡Cuidado! Esto no es un juicio moral. La comunicación intrapersonal siempre ha sido intrapersonal.

El problema es que, al volverse pública, no sólo entra en el terreno de los juicios morales, nos vulnera por completo.

Son demasiados estímulos, demasiadas ideas y demasiadas emociones por nanosegundo.

La adicción es sólo uno de los efectos que se generan cuando nos enfrentamos a las redes sociales. Falta que hablemos de lo demás.

Por supuesto que la chica que demandó a Meta y a Google en Estados Unidos tuvo toda la razón al hablar de que esto le ocasionó depresión y ansiedad cuando era niña.

Pero dejar este conflicto ahí es quedarse en un nivel muy superficial considerando que las redes sociales se han convertido en el eje de la vida en el siglo XXI.

Estamos jugando con un nuevo tipo de “radioactividad”, no nos queremos dar cuenta y, lo más delicado de todo, no la vamos a dejar de usar.

Las redes sociales llegaron para quedarse y Meta y Google jamás van a desaparecer como jamás van a desaparecer ni la Iglesia Católica ni el crimen organizado.

¿Qué se hace en estos casos? Una columna no alcanza para todo lo que tengo que decir en este sentido pero comenzaré por pedirle un favor tanto a Meta como a Google como a las usuarias y los usuarios:

No hablemos de esto como una película de Hollywood con héroes y villanos.

Entendamos que estamos iniciando una nueva era en la historia de la comunicación y que todas y todos nos tenemos que hacer responsables del papel que estamos jugando en ella.

Mientras nos ponemos de acuerdo, protejamos a nuestras infancias y adolescencias como lo haríamos si se tratara de fentanilo y no dejemos de reflexionar.

Yo pensé que esto se iba a convertir en un escándalo mundial, en el principio de un cambio mil veces superior al de “Me Too”, pero no y esto es lo verdaderamente preocupante de esta historia. ¿O usted qué opina?


  • Álvaro Cueva
  • alvaromilenio5@gmail.com
  • Es el crítico de televisión más respetado de México. Habita en el multiverso de la comunicación donde escribe, conduce, entrevista, da clases y conferencias desde 1987. publica de lunes a viernes su columna El pozo de los deseos reprimidos.
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