Estamos en guerra

Ciudad de México /

La compuerta a ras del horizonte se abrió mostrando la imponente cabeza del misil. El humo de los motores en ignición salía de debajo de la tierra anticipando el infierno que provocaría. Solo faltaba la orden para apretar el botón. Ese instante preciso en que todo mandatario se siente lo suficientemente en peligro como para dar la instrucción. Un juego de paciencias, un juego de vencidas. No es cualquier cosa, se trata de un misil. No hay marcha atrás. Esa mañanera la decisión estaba tomada. “Sería bueno que se conocieran los videos”, dijo el Presidente. Y así fue. Era el código previsto en el protocolo: se encendieron las luces, se giraron las llaves, se siguió la secuencia que lo pondría en el aire. Y lo pusieron en el aire.

El video con las maletas de dinero y la demanda del ex director de Pemex estaban por todos lados. Con su impacto, el misil de crucero había regado esquirlas ardientes que encendieron las redes. No faltaron las voces que advertían que al haberse lanzado el misil ya no valdría como prueba. ¿Y a quién le importa que un misil vaya a juicio o que siga el debido proceso? Con que siga la ruta es más que suficiente. Los misiles que se lanzan entre políticos siempre llevan ojivas electorales. Da igual el debido proceso, la justicia está democratizada y se imparte en las redes. “Que lo vean todos”, decía el Presidente, mientras en la conferencia matutina se apretaba de nueva cuenta el botón. Play.

Y en ese juego andábamos: contando bajas, heridos y deslindados cuando, sin que nadie lo escuchara ni lo viera venir, el bando contrario lanzó un misil hipersónico de tremenda envergadura. Pegó justo en el Centro. En Palacio Nacional. El hermano del Presidente recibiendo dinero en bolsas de pan. Un delito electoral. Pío y León en una casa, Pío y León en un restaurante. Pío y León, los de los nombres de fábula, recibiendo su moraleja a la mañana siguiente.

¿Cómo justificar que el dinero que recibe uno por debajo de la mesa es bueno y el que recibe el otro es malo? Es aportación, no corrupción, decían. Era menos. Las bolsas eran más pequeñas. Ya sabía. ¿La semántica puede lograr una separación moral?, ¿y el tamaño de la bolsa? Argumento que termina en meme, termina también con el argumento. Y las redes se llenaron de memes. “Que se investigue, que no se linche a nadie”, pero linchamiento digital significa que te juzguen las redes y que alguien en nuestro mundo de carne y hueso ejecute la condena. Y así fue. Ese mismo día León fue linchado en la mañanera pública, el Presidente tuvo que encender un cerillo.

Empezó la guerra. De seguro se están armando más misiles, mientras algunos tratan de normalizar la práctica de dar y recibir dinero. ¡Yo di!, ¡yo también!, ¡yo quiero dar! ¡Pues toma esto! ¡y esto! ¡y esto también! Despostillada quedó la figura de Leona Vicario, la de Madero y la de Flores Magón. A ver si esta semana no nos enteramos de algo turbio sobre las limosnas que el cura Hidalgo recibió.

Usted acomódese en el sillón y disfrute el espectáculo. No meta el cuerpo y mucho menos el intelecto para defender a nadie. Esto apenas comenzó.
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Postdata: Mi solidaridad con Nexos y su director, Héctor Aguilar Camín. A favor de la libertad de palabra y pensamiento. Hoy me suscribo.

@olabuenaga

  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
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