El miedo provoca reacciones insólitas. Acelera el corazón y lo obliga a meter más latidos dentro del mismo respiro, como quien mete a la fuerza más ropa de la que cabe en una maleta. El tórax se aprieta. Los broches del esternón parecen a punto de saltar. El corazón golpea desde dentro con la desesperación del que quiere salir. La presión sube. Unos se marean y otros escriben.
Muchos me escribieron. La semana pasada hablé del miedo frente a la inteligencia artificial y a algunos les dio miedo. Otros se resistieron. ¿Cómo me atrevía a compararla con la bomba atómica? Trump y Xi Jinping —me corrigieron— se reunieron por muchas otras cosas: tierras raras, Taiwán, aranceles.
Tienen razón en algo: yo no inventé la comparación. Me la prestaron. En 2017, Putin dijo que quien encabezara la IA gobernaría el mundo. Geoffrey Hinton, Nobel y padre de esta tecnología, calculó entre 10 y 20 por ciento de probabilidades de que acabe con la humanidad. Alex Karp, de Palantir, dijo que la pausaría si su país no tuviera adversarios. Carrera, dominio y extinción son palabras de quienes la construyen. Yo solo tomé nota y escribí.
Lo de las otras cosas tiene su ironía. Taiwán fabrica los chips sin los cuales ninguna IA piensa. Las tierras raras son su materia prima, y los aranceles se pelean por ambos. Quien me dijo que la cumbre no fue por la IA me dio la lista de sus ingredientes. Xi Jinping lo sabe, y por eso insiste en citar a un griego. En Pekín y luego en Washington le habló a Trump de la trampa de Tucídides. Hace casi 2 mil 500 años, el general ateniense explicó así la guerra del Peloponeso: la hizo inevitable el crecimiento del poder de Atenas y el miedo que eso provocó en Esparta, por entonces la superpotencia. Cuando Xi cita a Tucídides no da una lección de historia, le dice a Trump que conoce su miedo. Que no inicie una guerra contra China solo para no tener competencia. Trump, mientras tanto, llama farsa a los temores sobre la IA. Uno nombra el miedo y el otro lo niega. Dos rivales que se miran con miedo solo saben correr más rápido. La carrera armamentista del siglo XXI, dije la semana pasada. Armarse de lo más potente que tiene nuestra especie: la inteligencia.
Hubo un presidente que intuyó la salida. En Ginebra, en 1985, durante una caminata, Ronald Reagan le preguntó a Gorbachov si la Unión Soviética ayudaría a Estados Unidos ante una invasión extraterrestre. Gorbachov dijo que sí. Parecía una broma, pero encerraba algo que la guerra fría nunca resolvió: dos rivales dejan de temerse cuando aparece un tercero al que temerle más. Alguien que los mire desde fuera y les recuerde que habitan el mismo planeta.
Reagan tuvo que imaginar a sus marcianos y repitió la idea en 1987 frente a la ONU. Nosotros estamos fabricando a los nuestros: una inteligencia sin pasaporte, que no distingue entre Washington y Pekín, y a la que temen hasta sus creadores. En septiembre, ambos gobiernos acordaron un canal para avisarse de incidentes graves de IA. No es suficiente. El miedo no está bien repartido. No puede ser que nosotros tengamos miedo de lo que pueda pasar y ellos, de quién vaya a ganar.
La semana pasada escribí que para salvar a la humanidad había que matarla de miedo. Me faltó algo: todos, ellos y nosotros, tenemos que temerle a lo mismo.