Tal vez no debería empezar un texto de esta manera. Harta. Sin poderme sacar de la cabeza que son una sarta de frívolos. Cansada de ver cómo se llenan la boca con palabras enormes, convencidos de que basta pronunciarlas para contagiarse de su grandeza. No se dan cuenta de que es precisamente eso lo que los convierte en frívolos. Confunden solemnidad con seriedad. Disfrazan de gravedad lo que no la tiene y pretenden que las palabras hagan importante aquello que no lo es. Se llenan la boca con palabras para las que resultan muy pequeños. Les dan vueltas y vueltas con la lengua, las ensalivan y terminan haciéndolas babosas. Traición. Traición a la patria. ¿Qué significa a estas alturas semejante acusación, después de traerla en la boca como caramelo de farmacia, pasándole furiosamente la lengua hasta que se les escapa un dentellazo que le parte una esquina al concepto?
Si cualquier cosa puede ser traición a la patria, entonces nada lo es.
Si se trivializa uno de los delitos más graves que existe en nuestra legislación, ¿en dónde queda entonces la dichosa patria?
¿Tan débil piensan que es nuestra patria?
Estas preguntas surgen después de que ayer un juez vinculara a proceso por traición a la patria a César Jáuregui, exfiscal de Chihuahua. Seguro recuerda el caso. Se le acusa de haber permitido que agentes de la CIA participaran, junto con autoridades mexicanas, en el desmantelamiento de un narcolaboratorio sin la autorización del gobierno federal. Suena rarísimo. Un contrasentido. ¿Destruir un narcolaboratorio es traición a la patria? Entendámonos. Autorizar una colaboración extranjera sin las facultades para hacerlo puede ser una falta grave, incluso un delito. Pero entre eso y la traición a la patria hay una distancia que no se recorre simplemente cambiando el nombre a la acusación.
Textualmente el artículo 123 del Código Penal Federal considera traición a la patria realizar “actos contra la independencia, soberanía o integridad de la Nación Mexicana con la finalidad de someterla a persona, grupo o gobierno extranjero”. ¿Se fijó? No habla solamente de soberanía. Sino de hacerlo con el propósito de someter al país. ¿De qué manera destruir un narcolaboratorio supone querer entregar a México a un poder extranjero?
Frívolos, insisto, y peligrosos. Traición a la patria es un delito grave. Hasta 2005 nuestra Constitución contemplaba la pena de muerte en algunos casos. Hoy puede llegar hasta 40 años de cárcel. Tan grave es que nadie hasta hoy había sido procesado en los últimos 80 años. Y, sin embargo, desde el sexenio pasado se ha trivializado. Se acusó de traidores a la patria a los legisladores que rechazaron la reforma eléctrica. A opositores. Ahora a un exfiscal por un operativo contra el narco. Si todo esto es traición ¿cómo llamaremos a la verdadera?
Y ahora, con ese hartazgo que cargo desde la primera línea, hablo de mis amigos entusiastas de la 4T. Los que me miran, bajan la mirada y sin argumentos repiten: es grave, gravísimo. En esta no se las paso . No podemos encontrar justificación en toda desmesura. No debemos perder la capacidad de distinguir lo verdaderamente grave. La patria no puede tolerar ninguna injusticia en su nombre.