“Una familia”

  • La pantalla del siglo
  • Annemarie Meier

Jalisco /
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Entre las muchas películas con un título que alude a la familia hay una europea de reciente producción que llamó la atención en el Festival de cine de Berlín y llegó de manera rápida a las plataformas de “streaming”. Su título es “A Family” (“Una familia”) y está dirigida por el holandés Mees Peijnenburg como coproducción entre Países Bajos y Bélgica y aunque está claramente situada en el contexto holandés en cuanto a cultura, personajes, instituciones e idioma hablado, los conflictos y su desarrollo son perfectamente universales. Centrada en las reacciones de dos hijos, atrapados en la difícil situación de una pareja que se está divorciando y peleando su custodia, la película observa, desde adentro, cómo están cambiando las rutinas diarias y de qué manera las emociones, la tensión, el coraje, los miedos y angustias se apoderan de cada uno de los miembros de la familia que se disolvió.

El filme empieza en la oficina de una asistente de juez – probablemente una psicóloga o abogada – que está dialogando con la adolescente Nina y Eli, su hermano un par de años menor, acerca de la separación de sus padres. Cuando aborda la pregunta de con quien les gustaría vivir en el futuro, los niños parecen entrar en pánico ya que no sólo se trata de decidir por uno de los dos padres sino que también existe la posibilidad de que sean separados como hermanos. Las dudas y repuestas de los dos son conmovedoras. Es obvio que la idea de separarse les provoca pánico y que, en el fondo, su único deseo es que la situación familiar regrese a la normalidad, que los hermanos estén juntos y con sus padres. La impotencia frente a la situación que los obliga a tomar una decisión es un peso que define el tono de todo el filme.

A través de la decisión del director y su coguionista Gian Bastiaan de no centrarse en los personajes adultos y sus conflictos sino en los niños que se ven envueltos en el dilema y proceso de definición del futuro de la familia y de cada uno de los personajes por separado, las emociones afloran y los sucesos se aceleran. El día a día de los hijos está en constante movimiento entre la asistencia a la escuela, sus pasatiempos organizados, su convivencia con amigos y la necesidad de empacar ya que circulan entre los domicilios de sus dos padres. No sólo la familia y los dos hijos, sino también el filme está partido en dos: En la primera parte los sucesos se narran desde la perspectiva de Nina, quien trata de vencer su crisis mediante el baile, pero experimenta un cambio en la relación con su íntima amiga y ataques de pánico. La segunda parte de la película se centra en la perspectiva de Eli, quien responde a la situación con agresiones, ataques de coraje y un profundo malestar en cuanto a la relación con sus amigos de natación, su deporte favorito.

Durante la exhibición, el filme nos obliga a ver los conflictos de cada personaje por separado, incluso los padres, a los que los vemos de lejos y desenfocados o al lado de uno de los hijos, pasan cada uno por su propio infierno. En la segunda parte, sin embargo, nos volvemos cómplices de la narración ya que al ensamblar las distintas perspectivas como si fueran las piezas de un rompecabezas y, sin juzgar a ningún personaje, caemos en cuenta de que sí, la situación de la familia y la reacción de los hijos fueron actos de total impotencia. “Una familia” es una lección de vida que no juzga ni toma partido.


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