FIFA

Estado de México /
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Pocas organizaciones en el mundo pueden presumir el éxito que tiene la FIFA. Como lo hemos vivido de cerca en México, ningún otro evento deportivo reúne a tantos países, moviliza semejante cantidad de recursos, genera audiencias tan grandes ni despierta emociones comparables a las de una Copa del Mundo. Paradójicamente, pocas instituciones han estado también tan frecuentemente rodeadas de escándalos éticos y financieros. La contradicción obliga a formular una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿por qué alguien que ya ganó tanto siente la necesidad de seguir haciendo trampa?

Esta semana volvió a ocurrir. Más de cincuenta eurodiputados solicitaron investigar al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, por una presunta vulneración al principio de neutralidad política, después de la polémica generada por la intervención de la administración del Presidente Donald Trump para retirar una suspensión al delantero estadounidense Folarin Balogun. Paralelamente, fiscales estadounidenses mantienen una investigación distinta pero vinculada, sobre operaciones financieras relacionadas con la Asociación del Fútbol Argentino por presuntas irregularidades y posible lavado de dinero.

Más allá de que ambas investigaciones concluyan o no en responsabilidades, el fenómeno de fondo resulta mucho más interesante que los casos particulares. En principio, la FIFA no necesitaría favorecer selecciones para vender derechos de transmisión, no necesitaría poner en riesgo su prestigio para llenar estadios y no necesitaría atajos para seguir organizando el espectáculo deportivo más rentable del planeta. Y, sin embargo, todo eso hace. Una y otra vez aparecen decisiones que parecen demostrar que el verdadero combustible de la corrupción rara vez es la necesidad. Es la impunidad.

Con frecuencia imaginamos que las conductas ilícitas nacen de la desesperación económica o la carencia, cuando la realidad suele ser exactamente lo contrario: las mayores redes de corrupción aparecen donde existe más dinero, más poder y menos control. Esto no quiere decir que el éxito automáticamente produzca corrupción, pero sí hace pensar que, cuando una institución deja de temer a las consecuencias de sus actos, empieza a creer que las reglas fueron hechas para los demás y no para ellos. Esta es la lección que nos podría dejar la FIFA de hoy, pero también innumerables gobiernos, empresas y organismos internacionales que operan igual. El verdadero desafío no consiste en construir organizaciones grandes y exitosas, sino en impedir que el éxito las convenza de que el poder y la integridad son temas contrapuestos. Y es que el éxito construye poder, pero el poder sin ética lleva a la perdición. Es la reflexión deportivamente moral de tu Sala de Consejo semanal.


  • Arnulfo Valdivia Machuca
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