M+.- Hace algunos años, un amigo mío se metió en problemas en internet. Estaba escribiendo un libro que adoptaba una postura firme sobre un tema polémico y estuvo hablando de eso en las redes sociales. No tenía muchos seguidores, pero algunos activistas que se oponían a su punto de vista empezaron a darse cuenta y decidieron que debía ser castigado por sus ideas “incorrectas”.
Sus furiosos vituperios sobre la obra de mi amigo extendieron la conversación a personas que de forma anónima y deliberada buscan ofender y provocar a los demás en línea; estos trols comenzaron a acosar implacablemente a mi amigo.
“¡La gente me dice que me suicide!”, me dijo con desesperación en la voz. Empezó a temer que revelaran su información personal (que le hicieran doxing) o algo peor. “¿Necesito seguridad privada? Tal vez debería mudarme”.
Por curiosidad le pregunté cuánto tiempo pasaba en las redes sociales, pendiente de todos los insultos y ataques. “Prácticamente todo el día”, respondió.
Para él tenía sentido, ya que sentía que la gravedad de la situación exigía toda su atención: una amenaza es una amenaza, ¿verdad? Le hice una sugerencia sencilla: borrar las aplicaciones y dejar de usar las redes sociales durante una semana.
Siguió mi consejo a regañadientes, pero en los días siguientes dejó de pensar tanto en el problema. Cuando volvió a abrir las aplicaciones, descubrió que los trols ya habían superado el tema y buscaban nuevas víctimas y objetivos.
Lo que mi amigo aprendió de ese acoso fue que podía disiparse casi por completo utilizando dos armas poderosas: la percepción y la atención.
Lo que funciona en nuestra cultura digital puede aplicarse igualmente a otros ámbitos de la vida moderna. Estas dos herramientas pueden ayudarte a erradicar problemas que parecen imposibles de resolver.
¿Cuál es, para ti, la realidad que se esconde detrás de estas líneas que estás leyendo? ¿Son los unos y ceros que componen el código informático que hace visibles estas palabras en la pantalla? ¿O lo real son las palabras mismas, como signos lingüísticos dotados de significado? ¿O acaso la realidad subyacente reside en los conceptos e ideas que esas palabras evocan en tu cerebro?
Para el filósofo Edmund Husserl, padre de la fenomenología. Lo que experimentas puede diferir de cierta realidad objetiva, pero esto no es relevante. La realidad que importa, según argumentaba Husserl, es lo que percibes.
La siguiente pregunta, entonces, es: ¿de dónde proviene esa percepción? De acuerdo con el psicólogo cognitivo Donald D. Hoffman y sus colegas: “Nuestros sistemas perceptivos, al igual que nuestras extremidades y nuestros hígados, fueron moldeados por la selección natural”. Es decir, percibes aquello que la evolución determinó que ayuda de mejor manera a tu seguridad, tu supervivencia y la propagación de tus genes.
Por ejemplo, podrías encontrar en el bosque un hongo que, objetivamente hablando, es un hongo llamado Amanita phalloides. Pero para ti -si la percibes correctamente- esa seta mortal representa una fuente de veneno letal que hay que evitar a toda costa. En este aspecto, y en muchos otros, confiar en tu percepción como tu realidad es algo muy positivo.
Sin embargo, la percepción también puede engañarte. Lo que percibes puede basarse en una equivocación; un ejemplo histórico de ello es la creencia, común hasta el siglo XIX, de que los tomates eran venenosos. Así, los habrías percibido como peligrosos cuando, en realidad, son nutritivos y deliciosos. Por otra parte, te pueden engañar o manipular personas malintencionadas: individuos que buscan que tengas temor a algo o a alguien para controlar tu comportamiento, como influir en tu voto o hacer que sigas determinados medios. El troleo que perturbó a mi amigo fue algo similar a esto.
Por último, la percepción se puede distorsionar por fallos en el cerebro. Un ejemplo de esto es la “ilusión de la mano de goma”. En un famoso experimento de 1998, los sujetos observaban cómo se acariciaba una mano de goma con un pincel, mientras simultáneamente se acariciaba su propia mano, oculta tras una pantalla. Aunque sabían lo que estaba ocurriendo, después de diez minutos, más de la mitad de los participantes no podía evitar percibir la mano de goma como una parte auténtica de su propio cuerpo. Como expresó un participante: “Me encontré viendo la mano artificial y pensando que realmente era la mía”. Investigaciones recientes de neurocientíficos demuestran que este efecto se produce porque, en respuesta a estos estímulos contradictorios, el cerebro regula la corteza motora primaria de tal manera que reduce la sensación de conexión con la parte real del cuerpo e incorpora la parte ajena.
Esto nos regresa a la percepción generada por las redes sociales, que es propensa a todas las distorsiones de la realidad objetiva que se mencionaron anteriormente: nos llevan a percibir erróneamente amenazas fantasma como si fueran reales, ya que incluso una sola persona distante que actúe de forma sociópata puede crear la ilusión de un ejército de troles. El cerebro trata de forma natural a una persona amenazante o abusiva en la red social X como trataría la presencia de un intruso hostil en casa. No descarto la posibilidad de que, en casos extremos, una ciberamenaza se convierta en una amenaza real, pero las investigaciones sobre el ciberacoso describen daños de naturaleza mucho más psicológica que física.
El arma principal de los acosadores y troles en línea es tu propio cerebro; concretamente, su tendencia a construir una realidad en torno a la percepción de una amenaza. El ciberabuso es el tipo de peligro que el sistema límbico evolucionó para detectar: cuando dicho sistema se activa ante la acción hostil de un desconocido, el cerebro interpreta instintivamente que tu integridad física corre peligro.
Tu primera línea de defensa, entonces, es la propia percepción. Imagina que tuvieras el poder de transformar a un agresor violento y aterrador de la calle en una persona patética y desvalida que pasa el día entero viendo la pantalla de su computadora. Eso es, básicamente, lo que puedes lograr si comprendes mejor cómo funciona el troleo. Estudios publicados en la revista Personality and Individual Differences en 2014 revelaron que los acosadores en internet suelen presentar rasgos psicopáticos como el sadismo, el maquiavelismo y la psicopatía: la Tríada Oscura (o Tétrada) sobre la que he escrito anteriormente. Otras investigaciones llegan a mostrar que ellos mismos sufren ciberacoso de manera desproporcionada; además, los adultos jóvenes con rasgos de la Tríada Oscura son mucho más propensos a padecer ansiedad, depresión y tendencias suicidas que el promedio de la población. En la vida real, estos troles acosadores son personas que inspiran más lástima que temor.
Del mismo modo que tienes cierto control sobre tu percepción, también lo tienes sobre tu atención. Si tu percepción de un trol de las redes sociales coincidiera con su perfil psicológico real, tu reacción natural ante sus provocaciones podría pasar de la interacción al distanciamiento teñido de compasión. Si un individuo detestable con rasgos de la Tríada Oscura tratara de enfrentarte en público -algo poco probable, al tener en cuenta su tendencia habitual a escudarse en el anonimato de internet- casi con toda seguridad cruzarías la calle para evitar cualquier interacción. Puedes aplicar la misma lógica en el mundo virtual recordando el dicho de internet: “No alimentes a los troles”. El objetivo del troleo es provocar una reacción, por lo que negarse a interactuar deja a la bestia sin alimento. Mi forma personal de poner esto en práctica consiste simplemente en ignorar a cualquier persona anónima en línea. A efectos prácticos, no existen.
Si te ves atrapado en un conflicto más grave en internet -como le ocurrió a mi amigo- podrías optar por una retirada de atención más sistemática y alejarte por completo de tus plataformas habituales durante un tiempo. Recomiendo hacer una limpieza total de redes sociales de al menos una o dos semanas cada año, independientemente de si te has topado o no con depredadores digitales. Si aprovechas esa pausa para eliminar la aplicación, te librarás también de los molestos acosadores.
Por supuesto, ninguna de estas estrategias privadas anula el valor de las intervenciones más colectivas. La psicopatía en internet es una molestia social que reduce la calidad de vida de la mayoría de las personas de una forma u otra. Las tácticas que sugiero aquí equivalen a insonorizar la casa para protegerse de vecinos molestos. Tomar medidas defensivas propias no impide que se promulguen leyes para proteger a toda la comunidad de conductas antisociales. Las compañías de redes sociales deberían encontrar mejores formas de eliminar los comportamientos patológicos y, al mismo tiempo, proteger la libertad de expresión.
Mi amigo logró que los troles de Internet desaparecieran de su vida resistiéndose a las reacciones automáticas de su propio cerebro: cambió deliberadamente su percepción y retiró su atención. Como aquello funcionó a las mil maravillas, empezó a preguntarse: ¿había otras áreas de su vida donde esta estrategia pudiera servir? Después de informarse sobre el consumo de alcohol, cambió su percepción de la bebida y evitó relacionarse con esa sustancia. También decidió replantearse su opinión sobre el medio de noticias que antes prefería; al verlo con ojos mucho más escépticos, decidió retirar su atención y cancelar su suscripción. Esa misma técnica la ha utilizado para abordar diversas relaciones y conductas que, según se dio cuenta, eran tóxicas y le impedían avanzar. Dice sentirse libre.
Una cosa son las amenazas de troles y acosadores en línea, pero no todas las amenazas deben ignorarse. Si, por ejemplo, notas un bulto extraño en la axila, intentar percibirlo de otra manera o negarte a prestarle atención sería una insensatez y un peligro. Es poco probable que puedas evitar una posible emergencia médica, pero en gran parte de lo que sucede en la vida, seguramente tienes más control del que crees. El uso estratégico de la percepción y la atención también puede lograr que te liberes.